¿Una moda?

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Alberto Becerra | A Coruña | - 21:30

Muchos fueron los que suspendieron estos días su viaje a Valladolid para ver el partido del Depor. Es hora de pedirle a los clubes que no miren para otro lado: ellos tienen la culpa, por haber vendido su alma al diablo, y si no toman medidas, podrían terminar con el negocio.

Corría el año 1990 cuando tomé por primera vez contacto con el mundo del fútbol. En aquel entonces, el Deportivo luchaba por ascender a Primera División, con un equipo en el que predominaban los jugadores vascos y que, durante toda la temporada, sostuvo una lucha sin cuartel por el ascenso con Murcia y Albacete. Sus aficionados eran pocos, aunque por lo general bastante fieles: los domingos que había fútbol en Riazor se citaban entre 4000 y 5000 espectadores, y dejaban de media una recaudación en taquilla que superaba el millón de pesetas, algo que en aquel entonces importaba muchísimo, tanto como buscar que en los desplazamientos a los campos de Avilés, Salamanca o Sestao hubiese el mayor número de deportivistas posible; para ello, los dos clubes participantes en el encuentro se ponían de acuerdo y buscaban un horario que no perjudicase a ninguno y permitiese a la afición visitante viajar con comodidad para arropar más a su equipo, y dejar, de paso, un poco más de dinerillo en las arcas del club anfitrión.

El tiempo pasó y en 1991 el Depor ascendió. Con esto emergieron nuevos deportivistas que no sólo se conformaron, como los que ya había, con ver a su equipo en Riazor, sino que miraban el calendario y planificaban viajes a San Sebastián, Bilbao, Santander, Madrid, etc. Fue así como me di cuenta del alto componente socializador que tenía este deporte, además de constituir una excusa perfecta para conocer otros sitios durante un fin de semana, y lo seguí comprobando con el paso de los años. Creo, por ejemplo, que para cualquier deportivista resulta inolvidable un partido ante el Logroñés a finales de la temporada 1993-1994 para ver ganar al equipo blanquiazul por 0-2 y acariciar un título liguero que se escapó en la última jornada.

Los años fueron pasando y, cada vez más, lo que comenzó siendo un deporte y una competición en 1928, derivó en un negocio puro y duro en el que, con tal de recaudar, se sacrificaba lo que hiciese falta: muchos clubes dejaron de ser propiedad de sus socios, otros para continuar con su status saquearon las arcas del Estado, su Comunidad Autónoma o Ayuntamiento, y aún hoy todos deben enormes cantidades de dinero a la Hacienda Pública. Y ello, pese a recibir cantidades millonarias que superan con creces las recaudaciones taquilleras de las que antes hablábamos, que provienen de las televisiones y que están comenzando a atacar lo más sagrado que dice tener hoy un club, desalojando a mucha gente de los estadios.

Son precisamente éstas las dueñas de este negocio llamado Liga de Fútbol, tanto en su Primera como en su Segunda División A: si bien ellas no realizan el sorteo del calendario, sí es cierto que se procura –especialmente en Primera- que determinados partidos –como un enfrentamiento Barça-Madrid- caigan cuando mejor les venga; y además, son las televisiones –porque para eso pagan- las que deciden los horarios de cada jornada en base a sus intereses. A pesar de que los aficionados siguen pagando y dando colorido al estadio –algo que siempre conviene valorar muy positivamente en época de crisis-, los clubes, tras haber vendido su alma al diablo, poco o nada piensan en quienes además de poner su dinero, se dejan la garganta cada fin de semana, para facilitarles su único capricho: poder ver a su equipo. Así, comienza a ser común observar cómo se ponen partidos a las diez de la noche en vísperas de días laborables, y cómo lunes y viernes también sirven para la disputa de encuentros ligueros, con las dificultades que eso entraña para viajar, algo que parece haber pasado de moda.

Nos ha tocado digerir estos últimos días que el partido del Deportivo ante el Valladolid se dispute un domingo a las 20,30. Esto, una vez confirmado, conllevó que muchas peñas deportivistas que tenían pensado aprovechar el cómodo trayecto por autovía para viajar hasta Zorrilla y animar a su equipo, suspendiesen dicho desplazamiento ante la imposibilidad de llegar a una hora decente para trabajar al día siguiente. Es algo que hay que lamentar, y el Deportivo debería hacerlo más que nadie viendo cómo ha respondido la afición a su descenso, con miles de nuevos socios dándolo todo en la grada. No se puede seguir mirando para otro lado y cargando a las televisiones con la culpa que sólo los clubes tienen, ya que fueron ellos quienes decidieron hace años que les compensaba más el dinero de las plataformas de pago que el ánimo de sus aficionados; estos tendrán que elegir, tarde o temprano, teniendo en cuenta que resulta fácil echar a medios de comunicación y espectadores de los campos, mas si luego uno se arrepiente, mucho hay que mendigar para recuperar lo perdido. Es algo que otros deportes saben ya muy bien.