Demasiado pronto, princesa

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Regresa ‘Alta Definición’. Regresa Adrián Calviño. Y lo hace con una mezcla de nostalgia, apuro y estoicismo, la que identifica al Deportivo actual.

Llega a veces de golpe la felicidad, arrebatadora e imparable, poderosa y certera; tanto, que solo queda sucumbir, empaparse, dejarse embestir, gritar ante la explosión. Otras se acerca lenta, silenciosa y en calma, como adormecida, esperando detrás de la puerta u oculta tras cualquier día gris de un noviembre (salado), hasta acabar meciéndote suave, narcótica, inconsciente, perpetrándote esa aturdida sonrisa contra la que es imposible batallar. También la tristeza o el odio tienen velocidades y formas, convoyes o calesas, calles, avenidas y escondites. Como cualquier sentimiento. Salvo cuando no hay ninguno. No hay nada que se aproxime entonces. Y eso es, sin duda, lo peor que puede pasar.

Ni vi el resumen esta vez, ya cuatro días después. Del bar al estadio y del estadio al bar. Tampoco el camarero pregunto qué tal fue. No comentó jugada alguna -tal vez porque no había jugada alguna que comentar- ni insistió con su optimismo desbordante mezcla de sí mismo y su interés. Puso lo mismo de siempre, simplemente. Lo de hacía hora y tres cuartos. Con poco hielo. Lo único que necesitábamos. Este Dépor entra mejor alcoholizado. También sale mejor. Y es probable que eso sea más importante. Porque uno necesita que este Dépor le salga cuando antes de la cabeza, si es que, por error, descuido o ilusión le ha entrado en algún momento de la temporada. Porque este Dépor, salvo etapas o episodios puntuales, empuja a su afición a la bebida. O a cualquier cosa lejana o que sirva para olvidar.

El de Arsenio, el de Djalma o el de las orgásmicas noches europeas producían abstemios y jolgorios, drogaban con fútbol y victorias, movían acompasadamente masas en su vaivén de goles y filigranas, en aquel paraíso en el que se acumularon títulos mordiendo manzanas. Celestial cautiverio condenatorio. Sucia bacanal. De unos años a esta parte, sin embargo, los equipos que nacen del club –y el club mismo- producen funerales y miradas perdidas, silencios y jugadas extraviadas, botellas vacías. Constantes llamadas a las armas de la voz y la unión, el cántico y los colores, el apoyo incondicional. Esperanza. Llantos. Una puta mierda. Un ejercicio de desgaste que muchos, incluso demasiados, aguantan, pero no soportan. Otros que también siguen en la brecha parecen ir relevándose con el paso del tiempo, una vez la hinchazón de las penurias los obliga, una vez saben que el rezagado volverá a ocupar el frente y así sucesivamente. Pero la subida al Mortirolo es dura aun chupando rueda, más todavía con el tío del Mazo apareciendo cada pocos metros. La subida al Mortirolo es dura, sobre todo, si se trata de alcanzar una meta que se te cruza bajando descontrolada; tanto, que no sabes si subes o si bajas, si la dejas caer o la acompañas o te va a llevar por delante. Así que ni subes, ni bajas. Sin decisión, mermado el ímpetu y las ansias, tenue la luz, todo se nubla, todo es oscura materia indolente.

La perdición reside en la tibieza. Desencanto y hartazgo. Al menos es la sensación que empieza a dejar Riazor, desbordado ante la nada, conducido mansamente hasta la apatía más profunda, hasta el hastío más silencioso. Hasta volver a 12K máximo, frío, calma tempestad y ambición majada. Los niños, en azul y blanco revestidos, juegan con el móvil y no cesan en su empeño de saber cuándo termina; los siempre enterados no saben quién es éste o aquél y se pasan el partido sudando gilipolleces mientras sacan fotos con el Ipad; los amargados ni siquiera pagan sus frustraciones con cualquier cuerpo que pise verde; los árbitros que huyen de gritos se pelean por venir a Coruña; y los que aplauden lo hacen cuando recuerdan que iban al fútbol a aplaudir y, ante la falta de alternativas, o pipas, lo hacen por inercia, recreándose en un ritual despojado de toda pasión o sentido. Ni los córners se celebran. Y todo cobra mucho más sentido cuando hasta un córner se celebra. Sensaciones, quizás, tan solo. Tengo la fea costumbre de hacerles caso. Al menos a las mías. Que para algo son mías.

Ni el camarero habló ni nosotros, entregados al vidrio y lo banal, dijimos nada. Mejor no decir nada cuando no se puede decir mucho. Que si defensa de cinco, de cuatro o de siete. Que si la Junta, esto o aquello. Bah. Déjanos en paz. Lárgate de aquí, balón. Mejor no hablar de lo que no se tiene ganas. Así, pasaron las horas sin una mísera ocasión que recordar, sin un solo ‘¡uy!’ con el que acompañar cada trago, sin rabia siquiera al posar el vaso sobre la mesa y conseguir otra de lo mismo con un gesto. “No siento nada”, dijo uno, blanco y pálido, sin expresión aparente, sorbiendo Mombasa y tónica, deslizándose lánguido por la silla y los grados. Quizás no haya cosa igual. No la hay. No puede haberla. “Y eso es lo peor: no sentir nada con tu equipo”, recalcaba. No sentir, no luchar, no mostrar alegría o tristeza, pesadumbre o ilusión, solo dejarse llevar, que la vida (los partidos) pasen, que las metas se pongan delante para tenerlas en cuenta. Las copas siguieron. Y el fútbol ya no. Ya apenas estuvo. Quizás nunca se llegó a presentar este sábado, ni los anteriores.

Llega a veces de golpe la felicidad, como con el obús de Lassad que nos sacó de nuestro cuerpo por un instante o esa noche rota de pub, lenguas frenéticas y labios mojados y todo aquello que no vas a contar. Llega a veces en calma, silenciosa, como el ascenso con Vázquez antes de eclosionar o un domingo de sofá con Sly Stone surcando feroz las paredes entre partidos sin brío y las piernas de ella que lo revuelven todo sin dejar de mirarte. Otras veces no llega nada. Y es que a veces, de tanto usar a la afición, ésta se acaba apagando. Quizá solo dormita, solo espera. Quizá solo falta que las jornadas pasen, y una vez cerca del precipicio de nuevo, le inunde la necesidad de rescate. Quizá, tan solo, es demasiado pronto, princesa.

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