Desapego

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Nueva edición de la columna de opinión de Adrián Calviño, Alta Definición. Sin duda, un artículo que no dejará indiferente a nadie.

IV

Desapego.
(De desapegar).
1. m. Falta de afición o interés, alejamiento, desvío.
Desapegar.
(De des- y apegar).
2. prnl. Apartarse, desprenderse del afecto o afición a alguien o a algo.

-¡Hagámoslo ya, joder! ¡Hagámoslo!–gritó J entre el alboroto del bar antes de volcarse otro último trago de garimba por la garganta–. Es el momento, ahora sí lo es. Esto es una mierda–y todos asintieron sin gestos ni parafernalia, mucho menos palabras–. Llama al fenómeno de las manualidades industriales y que acelere. En unos días me pasaré por su taller que el fulano de la fábrica, el primo del tipo de segundabé, me confirmó lo del hormigón y la maquinaría–dijo dirigiéndose a D–.

Todo era siempre una mierda para J, que pidió otra más. También D, M, H y S. Yo seguí con ginebra pensando que quizás J tenía razón esta vez. Comencé a mirarles con cierto miedo. Un miedo que viajaba a través de la ilusión, expectante y alterado. Un miedo que no era miedo, sino entusiasmo que subía por el sistema nervioso confundido. Conocía lo que tramaban, pues el plan había surgido aún con las hojas sin caer, y no era la primera vez que la conversación etílica –o de cafés, o de Nesteas, o de cualquier basura- de esos cinco acababa dejando actos. Al contrario, yo prácticamente jamás convertía desvaríos en realidad, aunque la mayoría de veces se debiese a la falta de memoria una vez cruzada la frontera ámbar imaginada a mitad de botella. De ahí que la expectación viajase así, desorientada y traspuesta, quizás.

Debía ser la sexta o séptima vez que los veía. Era casi todo lo que yo hacía: verlos y beber. Cinco fulanos, una mesa de madera de una terraza cubierta, cascos vacíos y la primera ropa de los atardeceres invernales. Gente confusa y desordenada. De palabras que hierven como el aceite al juntarse, que centellean tras cada sílaba. De temas cambiantes y tono de picos. La luz, cálida, amarilla, de las de antes, dejaba ver los rostros y filtraba las expresiones. Cinco fulanos invadidos en su blanquiazul como por la lánguida y lúgubre atmósfera del Detroit de Jarmusch en Only Lovers Left Alive, pero sin la calma y sí la prisa, comidos por una oscuridad que creían ver cernirse sobre ellos. Entre ronda y ronda así lo detallaban. Una sensación de desapego insoportable, una losa a plomo sobre un escudo que llevaban dibujado en cada gesto, presente en cada acto y clavado doloroso hasta en las uñas de los pies. Cinco fulanos ardiendo por construirse una trinchera y yo, cada vez más borracho, cada vez más dentro de la idea, fuese cual fuese, sin preguntarme qué cojones hacía allí. ¿Para qué? Solo molestan, solo traen complicaciones, las preguntas.

Pero de alguna forma llegué allí. Conocí al que me presentó al resto, M, meses antes de esa noche, cuando lo topé bailando solo en una oscura gasolinera en mitad de la nada de la Galicia durmiente, solo ruidosa en su silencio, con la camiseta de Kiriavov metida por dentro de unos vaqueros llenos de barro de la Tercera y botas altas de piel. Creo que era verano, julio, y comenzaba la pretemporada pero no llegaban nombres, ni hombres, ni nada. Bastó cruzar colores, tabaco y una fila de quintos en el bar donde, parece ser, se había matado “Paco o da Fiuña”, para que me hablase del desapego como lo hacía con sus colegas. EL DESAPEGO. Esa idea. Esa sensación de alejamiento y falta de cariño que el Dépor le empezaba a provocar, de extravío o ajenidad o qué sabía él, explicaba. No el escudo, ni los colores o el estadio, sino la parte humana menos humana de la institución.

–“Jodidos pijos y sus fichajes de cero carisma” –decía sin parar.

No le tomé por un loco, porque lo estaba, probablemente. No tomas por loco a quien lo está. Quizás por ello, de hecho, lo escuchas con más atención. O no lo escuchas jamás. No hay término medio. Lo escuché, claro. ¿Qué podía hacer yo como simple deportivista ante tal exhibición? Tampoco me encajaron en ese momento, de todas formas, sus críticas y añoranzas, su tremendismo descontrolado. Tres meses y una fila de fiascos más tarde, quizás el desapego no fuese la teoría de un deslustrado sin garbo que vagaba aparentemente despojado de rumbo por las gasolineras del rural de autopista bramando contra los Fernández.

–¡Carisma o muerte! ¡Carisma o muerte!”–y se marchó dando saltos a sabe Mauro Silva dónde.

Fue pocos días después de aquello cuando conocí al resto de la tropa con la que esa noche, cerrando la clasificación, compartía alcohol y fútbol. Se habían presentado odiando a las pipas, cantándole a Renaldo o Martins y haciéndome pormenorizados análisis táctico-técnicos de la Ponferradina de Claudio. Hasta nos encontramos a B vociferando una preciosa oda a Antonio Tomás. A cada nuevo esperpento me convencía más todavía de la genialidad que había sido que Jorge parase el coche en aquella estación de servicio donde el cabrón de M aguardaba incautos. Dos eran amigos desde niños, S y H, y no callaban ni juntos ni separados. No se callaba nadie, realmente, como si les gobernase una puntita de coca en la lengua. El resto se habían conocido sin querer, o no habían podido evitar conocerse, más bien. J, el más alto, llevaba una imagen de Antonio ‘El Gitano’ enganchada a un abrigo verde militar, y M portaba esa vez una camiseta negra con la cara de Lendoiro warholizada.
Hablaban de su idea frente al desapego. De sus ideas. Tenían decenas de ideas esperando, o escondidas llenas de miedo. Y ahí escuché por primera vez el nombre de Luigi, el genio del cartón piedra y otras historias artísticas, megalómanas o no, similares.

Luigi, un italo-americano alto y de espeso bigote que dice golominas en vez de gominolas, que sabe más gallego que castellano veinte años después de llegar de ningún sitio, no entiende mucho de fútbol, ni quiere, pero todo el barrio lo recuerda llorando desconsolado con el penalti del serbio. Aquel precioso penalti. Fue verlo y aparecerme la imagen de Abel, un amigo de mi padre que tenía un mono en los ochenta, o eso dice él; yo solo recuerdo a un hombre alto, grande, con la cabeza pelada y la barba espesa, algo así como el Malamadre de Tosar. Cuenta aún hoy mi padre que no iba a ningún sitio sin su mono al hombro, hasta que un día el mono quedo solo en casa, abrió el gas, saltó de aquí para allá y explotó la vivienda entera y parte de otras, mono incluido. Luigi tiene como mascota un mapache al que deja suelto por una habitación casa. Todavía no ha hecho explotar nada, de todas formas, y a él le encantó la historia de mi padre. Creo que por eso le caí bien. Aunque es probable que todo el mundo le cayese bien a Luigi. Había entrado en el asunto porque D lo conocía desde que era un chaval. Unos meses antes le había avisado de que tenía que preparar algo, y le contó la idea.

–Me gusta, cabrones, me gusta–dijo con su acento de ninguna jodida parte, y sus carcajadas, abriendo aquella enorme boca de dientes amarillentos, resonaron por toda la habitación.

Y de aquel germen, virus que el extraño grupo había inoculado una vez las bombas arrasaron el Manjar primero y Castrofeito después, al bar, y a las derrotas; a la apatía, el parón, las reuniones vacías y Lucasalacaraces, y de nuevo al bar y de vuelta al desapego de julio, ya crecido, ya monstruoso. Y de ahí al “hagámoslo” de J, cuando acabamos la noche como pudimos y se fijó el viernes previo al Espírito Santo como día clave.

Poco después avisó D: la idea, mezclada con hormigón y no sé qué historias, pesaba “de la hostia”. Mierda de la buena. Acabó de fraguar en la semana de reflexión. Qué mejor momento si todo estaba derrumbado. Si muchos deseaban dejar de creer.

Así que allí estábamos, diecisiete de octubre del catorce, en una nave medio derrumbada de un polígono industrial a las afueras de Coruña, frente a una grúa que cargaba en un camión de no sé cuántas toneladas una estructura de seis por seis, o diez por diez, o cualquier cosa demasiado grande para que yo pudiese cuantificarla, tapada con una lona blanca y aparentemente indescifrable e indescriptible.

Tres de la mañana. Arrancamos al punto clave con los cascos, blancos cortados al medio por una gruesa línea azul, los monos naranjas y unos petos amarillo fosforito puestos. El artista, multidisciplinar de verdad, ya había salido antes con la grúa. J conducía el camión. Llegamos a la rotonda de Manuel Murguía y Avenida Buenos Aires, frente a Las Esclavas, frente a Don Arsenio. M y D empezaron a colocar señales de obra unos metros atrás, para luego empezar a rebanar el poste blanco del medio, mientras los demás desbrozábamos los arbustos y la maleza, dejando el camión y la grúa a un lado. Mil maldiciones más que goles de Bebeto después, había hueco para la descarga y un círculo enorme de bengalas.

Por un momento se paró todo. El templo, en silencio, nos observaba riendo. J, que para algo era ingeniero, se puso a los mandos con sus ojos en brillo y bajó la enorme escultura en mitad de la noche y el humo anaranjando. Yo me quedé a un lado y el resto tiró de la lona, descubriendo la inscripción.

Míralos, ahí están. Grandes, duros, peludos. Blanquiazules.

Y ahí estaban, en cartón piedra y cemento, o alguna mezcla extraña. Ahí estaban, en enorme escultura, entre el Atlántico y Riazor. Ahí estaban, pintados, imponentes, valerosos, luchando contra el desapego. Ahí estaban: LOS COJONES DE LAUREANO. Grandes. Del Deportivo. De la grada.

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