Libretas

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Nuevo artículo de Adrián Calviño en jornada de parón por selecciones. Nuestro columnista habla de todo un poco. Como siempre. Como nunca.

Me gusta contarles cosas en las semanas de parón. Me gustaría, casi. Por aquello de variar. Porque es una semana difícil, sin Dépor y con selecciones, de obligado aletargamiento. No sé, por darles algo nuevo, les interese o no, que tampoco les voy a mentir (siempre). Decía Frédéric Beigbeder de El País en el ya lejano 2.008 que su forma de escribir era tomar notas durante todo el día, todos los días, en una pequeña Moleskine, para luego transformar toda esa verborrea anotada al paso, todas esas frases brillantes o deslustradas, todas esas ocurrencias presas entre la cotidianidad, en una historia con sentido, al menos, en su cabeza. Y le sale bien, parece ser. No sé qué hacía yo un martes a las dos de la mañana en la amplia ventana de un bonito primer piso viendo la noche, fumando un cigarro que sabía riquísimo y leyendo entrevistas de 2.008, pero lo que decía ese tipo del que yo jamás había oído hablar en mi vida –debería escribir menos y leer más, creo- se me antojó, de repente, como la mejor idea del mundo. Al menos, en ese momento. La cocaína o el éxtasis como vehículos hacia la escritura fueron otras de las ideas que el fulano, mitad enfant terrible, terriblemente rico, parecía inyectarme con los alardes del que se sabe en la cima, con el vaivén de los que siempre lo han tenido todo. Descarté tales extremos, tal vez por pereza, tal vez por la edad. Es por eso que la gente acaba madurando sin querer, supongo: por la edad y la pereza. Qué bonita es la pereza y qué pronto se gasta. Como todo.

Con esa intención de contarles algo, bonito o no, futbolístico o no, quizá y con suerte interesante, acompañé aquella mejor idea del mundo de una madrugada sobria de martes con la pequeña libreta que requería para llevarla a cabo; para tomar notas, trazar frases inconexas, retratar pequeños momentos o, incluso, las sensaciones tras un buen polvo o, sobre todo, las sensaciones tras un mal polvo, si acaso los hubiese del todo malos.

Ojalá tuviera esa libretita antes, de todas formas, porque de la entrevista solo recordaba el contenido y para encontrar el nombre del autor he tenido que estar embadurnándome en Google un tiempo precioso que podría haber aprovechado para fumar uno o cuatro pitillos y haber leído a cualquier otro tipo que dijese cualquier otra cosa que hubiese desembocado en cualquier otra idea mejor para este texto. Pero, al final, Google lo escupe todo. El muy cabrón. Y encontré la entrevista, y el nombre del tipo, lo que me lleva a la libretita y ésta a pensar que apuntaría un sinfín de singulares acontecimientos urbanos que convertirían este texto en una magnífica colección de frases, calles, fútbol y camas. Finalmente, pasó lo que tenía que pasar: que perdí la libreta de las narices hace semana y media, cuando tenía apuntadas, solo, un par de camareras de elegante dulzura, tres canciones que no me habían gustado mucho y dos recetas alcohólicas. Entre medias, nombres de jugadores que hubiesen estado en el Dépor con anterioridad al 4 de julio de 1.996 o alineaciones blanquiazules históricas por nacionalidad.

Más al objeto de que no me leyeran que con la intención de recuperarla, volví dos días después al lugar donde creía haberla perdido. “Se ruega devuelvan libretita roja. Importante cóctel de ginebra en juego. Diríjanse a la chica del mostrador”. Grande sin excesos. Claro y conciso, llamativo e intrigante. Con mi letra saltarina y en elegante negro. Tenía que dar resultado. Sí o sí. Y sí. A las dos horas, ya tenía noticias: me había dejado el paraguas allí olvidado. Para un puto día que llevaba paraguas. Decidí no volver a aquel lugar. ¿Qué iría a perder la siguiente vez? ¿La petaca? ¿La foto dedicada de Radchenko con el Baio? ¿La portada ‘Lotin Lover’ del DéporSport que siempre llevo en el bolsillo de la americana? No, no, aquello era un agujero negro al que no tenía intención de regresar. Seguro que fue allí donde Canella perdió su pierna izquierda de dos mil y pico. Seguro que en la misma esquina extravió Postiga un saco de goles y Cuenca un millón de pases fáciles.

No cumplió su cometido, la libreta. Ni mi memoria, pero eso ya lo sabíamos todos. Y les juro que me hubiera gustado contarles cosas en una semana de parón como esta; una semana difícil, a la espera de Moyes con la clasificación durmiente y sensaciones extrañas. Por aquello de variar. No sé, por huir de esa imagen que parece no dejar de repetirse este año –los años se miden por temporadas, que yo sepa-, y que comienza una mañana fría y desangelada con un “Rápido, venid aquí”, que grita alguien que organiza cosas, y todos, capitanes, entrenador y directiva, se van sentando tranquila y pachorrudamente en la fila de mesas que el señor del bar de Abegondo había juntado para la ocasión entre el incesante ajetreo de las nueve y el frenético movimiento de oficinistas de las once. El calendario planteaba un nuevo receso y los allí reunidos deben traer de vuelta lugares comunes, situaciones habituales, páginas cien millones de veces escritas. Un par de lesiones por aquí; “o no, ponle otro par mejor, que tenga emoción el asunto”. La típica tarjeta amarilla que se recurre así sin ganas, como quien come cereales directamente del paquete un jueves a las doce de la mañana aún en pijama; no sé, como si la recurriese Tallón durante el camino de casa al bar y del bar a casa. Una conjura cualquiera; “de papas arrugas y no asado”, que susurra un cabrón con la cabeza gacha. Una retahíla de teletipos de entrenamiento, mejoras, puestas a punto y filosofadas tácticas suficientes para sobrepasar la línea de lo suficiente. Tres o cuatro canteranos con el primer equipo. Y poco más. Suficiente. Ahí sí que la línea debe mantenerse escasa y con barreras, no vaya a ser que alguno destaque antes de ser padre o, peor aún, tenga que repetir entrenamiento. Un parón más, misma monotonía, mismas historias y calamidades. El mismo parón desde hace no sé cuántos años repetido. Que la máquina no pare. Que los infortunios y la mediocridad no cese, no vaya a ser que cojamos costumbre de otra cosa. Y las costumbres, como las resacas a partir de los 25, son muy malas de sacar.

Sin ir más lejos, el médico de mi pueblo llevaba más de veinte años ejerciendo sin tener siquiera la carrera de medicina terminada y la gente, luego de tomar la noticia con el correspondiente asombro, dejó ir el asunto como quien pierde un mechero de propaganda. Hasta que vieron que no volvía y ahí sí se indignaron. Bueno, hombre, cómo no va a ser médico el médico. ¿Estamos locos o qué? Qué papeles ni qué hostias. Así que el médico terminó lo que tenía que terminar y volvió al pueblo con trabajo atrasado, colas y quejas de por qué había tardado tanto. Costumbres, claro.

Al final, con las ganas de huir a ninguna parte, tiene uno que ver fútbol de selecciones por no pensar en el Dépor o hablar de Mateu Lahoz. “El problema con los árbitros es que conocen las reglas, pero no el juego”, decía Shankly. Y claro, uno acaba viendo fútbol malo de selecciones, pensando en el Dépor y hablando de Mateu Lahoz, y viceversa. “Discutir con un rival sin llegar al insulto”, apuntó en el acta el, parece ser, mejor árbitro español de la temporada pasada por la segunda tarjeta a Postiga. Que si te hace eso el mejor, qué no te hará el peor. Qué clase de oscuras fantasías arbitrales podrían pasar por la cabeza del peor. Pero no era el peor éste, parece ser. Perdería el brazo el bueno de Mateu si nos aplicase tal criterio una noche cualquiera. “Mostradas 486 tarjetas amarillas al equipo de Calviño por discutir con cuatro rivales, tres farolas, un camarero, siete camareras y 472 veces entre ellos mismos, sin llegar al insulto o la agresión”. Todo eso, ojo, sin llegar al insulto o la agresión. Incluso aunque la mereciesen. Nos acabaría expulsando a todos antes de llegar siquiera a Monte Alto, supongo. Como aquel árbitro que, en mis tiempos de juvenil, nos dejó jugando siete –nosotros- contra ocho – ellos- en el precioso campo da Zapateira. Ocho bien peligrosos aquellos cabrones, por cierto. Uno de aquellos contrarios aún cuenta hoy en día que, ya harto y después de la última roja, aprovecho para tirarle las tarjetas al monte. Siete contra ocho y ganamos cinco a tres, que cuando se leía el acta parecía un libro de matemáticas.

Qué equipo aquél nuestro de juveniles. Pocas semanas después de aquello, fuimos siete a jugar pero ya por propia voluntad. “A ver si así tiene cojones a expulsar a alguno”, desafiaba el presidente, que era a la vez entrenador, utilero, contable, director deportivo y todo lo que a uno se le pueda ocurrir que alguien pueda hacer en un club de fútbol. También era compañero de clase de la mayoría del equipo. Una mezcla entre el Lendoiro del Ural y Caneda, que le tiraba el Compos al pequeño hombre orquesta. El caso es que tuvo razón y aquel partido acabó sin expulsión alguna. Aguantamos siete contra once durante media hora, empatando a uno, hasta que uno de los nuestros se retiró sobresaltado al banquillo y el partido se paró unos minutos. “Chorbo, yo no puedo, no puedo”. Chorbo no puedo. Que si alguien te dice eso, hazte a la idea de que es grave el asunto. Era quien había metido el gol y corrido por los cuatro que nos faltaban. “Es que ayer fui a la LP y me metí speed y mira ahora cómo me va el corazón, me va a dar un chungo”. Y lo cierto es que aquel corazón se le salía del pecho. En un acto de consideración enorme por nuestra parte, dejamos que se fuera a la ducha, que el speed lo carga el diablo. El árbitro pitó final por incomparecencia. Tres a cero y para casa. Todo aquel espectáculo podría haberse adivinado ya meses antes, cuando en uno de los primeros partidos de la temporada, y del club, el entrenador-presidente-todoloquepuedasimaginar le gritó un “colócate” al interior izquierdo, que respondió bravucón y balbuceante, de todo punto simpático. “¿Más? Pero si estoy colocadísimo, presi”.

Eso sí que era sacar resultados bajo mínimos. Creo que debería olvidarme de tomar notas y pedirle al presi su libreta, aunque está empeñado en hacérsela llegar a Víctor Fernández. El otro día lo vi corriendo bajo la lluvia, persiguiendo a alguien frente a Riazor con una pizarra en la mano y un cigarro mojado en la otra. A mi amigo, digo. Quién sabe. El asunto es que “ganar es mejor que empatar y empatar es mejor que perder”, como decía Boskov. Que no estamos tan mal. Tan solo falta que también ellos, y no solo nosotros, se acostumbren al fango.

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