Patrón

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Vuelve Adrián Calviño con un ‘Alta Definición’ en el se mezclan recuerdos, deportivismo y el sufrimiento del Deportivo el pasado domingo para dejar la portería a cero


A mí me gustaba llamarle así: ‘PATRÓN’. Surgió sin más, como a menudo surge lo que vale la pena, un día tonto de cualquier mes de a saber qué año. Visto con perspectiva, qué bien le cuadraba la palabra. No hablábamos mucho, no nos hacía falta. Tampoco nos gustaba. Sin embargo, fue por falta de tiempo, el suyo, y no de ganas, que no pudiésemos charlar de Lucas. Seguro que lo vio alguna vez, aún en el Victoria, jugando por la Torre, en vez de mirar como su nieto amedrentaba delanteritos de botas limpias y pelo lacio. No pude contarle que contra el Valencia, antes del gol que tenía guardado bajo una papelera rota del Barrio de las Flores, subió a reñirme Luquitas a la grada por no aplaudir un buen centro, y que luego discutió con el de al lado por no sé qué historia, justo después de gritarle al equipo entero, utilero incluido, mientras Wilk se apuraba en sentar a los últimos señores que quedaban por entrar al campo y devolver a Pabellón a los chavales que saltaban para Preferencia. Qué partido, qué actitud, qué intensidad. Le hubiese encantado. Justo diez años mayor que Riazor, el patrón fue productor, presentador y tertuliano, de los debates a voces del Paseo, esos que mezclan años e ímpetu de juventud, vida y fútbol. Ya no. Ayer recogí de sus cosas un llavero de plata con la silueta del escudo del Dépor grabado con sus iniciales. Bigote espeso y caminar erguido, elegante vigía, ya nunca más gritará a la vera del Atlántico. Se fue ‘Lucho’, el patrón, mi abuelo, con la caja cubierta de flores blancas y azules, azules y blancas, y un ‘Forza Dépor’ para la eternidad convertida en polvo y llantos.

“Te voy a pintar el cajón, verás”, le decía su hija medio en broma, completamente en serio. Él negaba con la cabeza y torcía el gesto. Le gustaba torcer el gesto casi tanto como tronar contra el Madrid y sus dianas periodísticas de cabecera. Quizá se había cansado de ser del Dépor, que todo agota, y por eso, como su hermano, llevaba años alejado de Riazor, desentendiéndose de un éxito que por aquel entonces llegaba imparable, como un tren al que jamás quiso subirse. “Neno, que ya lo veía en Tercera. Ahora no voy, no quiero”, respondía siempre a mi insistencia. Quizá, teniendo ya el petate lleno de recuerdos, abandonaba preocupaciones antes de partir para no perder esa sonrisa, escasa en las veces, inquebrantable ante la fatalidad, inexpugnable hasta la última mirada de sus ojos perdidos en la habitación del hospital.

No le iba la vida en el Dépor al patrón, pero se lo acabó por llevar a la muerte, convertido en ramo y banda. “O qué? Cala ho, cala, co malos que son”, lo imagino en un alarde de contención si llega a enterarse de la jugada. Y torcería el gesto. O reiría con los ojos. O ambas cosas a la vez, probablemente. Y, coño, al poco de llegar arriba, los once más tres que saltaron ya le estaban dando la razón, zozobrando calamitosamente entre una goleada y la fortuna. Salió cara, o casi, la moneda, pese a obcecarse los vinotinto en llenar de plomo la cruz. Sucede que ocurren acontecimientos incomprensibles de vez en cuando, esos que escapan de toda lógica o razón, como lo de aquel paisano obstinado de Camariñas (cómo iba a ser, sino obstinado) que iba a pescar calamares en plena tarde -uniformado para la ocasión y caña al hombro- a una fuente del pueblo día sí, día también. No haber encajado en Cornellá tampoco tiene explicación. Pero, lo que son las cosas, era tal la convicción de aquel hombre, que hay quien cuenta que un 23 de julio sacó anillas ya rebozadas, fritas y con limón de aquella fuente. Quien la sigue, consigue calamares. Así, buscando peces en las fuentes y goles en los córners, empezó el Atlético del Cholo a pelear una liga y acabó en Neptuno, y ‘Lucho’ disfrutando con cada agarrada contra los de blanco. No hay nada como creer en lo que se hace.

El Dépor del domingo pasado de fe iba bastante justo. Parecían los jugadores estar sobre el campo como por el sofá de casa, que uno ya no sabe si pensar que los teletransportan mágicamente desde Coruña sin tiempo de quitarse siquiera las legañas o si se les sale la pachorra por las mangas de la camiseta así sin querer, sin maldad ninguna. Incluso Víctor Fernández se animó a la fiesta y tiró por momentos a José Rodríguez a una banda, invento a la altura de las pinzas de depilar con luz o el programa del amor y las pirindolas. Un partido de esos que hacen afición, lo del domingo. “Oye, ¿y si volvemos para casa y vemos el Lugo o limpiamos o, no sé, nos damos cabezazos contra la pared o algo?”, me insinuaban muy sutilmente cerca de las seis, por si yo, en mi locura, no había caído en la cuenta del terrible partido que nos regalaban. Como para no caer en la cuenta. Ni resaca llevaba para parar aquello. Solo espero que en China durmiesen o celebrasen el año de cualquier animal de esos suyos mientras duró el show. A ver si ahora que empieza la feroz expansión tebasiana nos van a coger manía y ni con arroz nos quieren.

Probablemente, el patrón sí hubiese cambiado al Lugo. Iba sobrado de pragmatismo. Yo me quedé, claro, refugiado en la esperanza de un gol al noventa, un penalti injusto o un par de patadas violentas. Nada pasó. Cuando el árbitro pitó, hubiese agradecido hasta el hecho de que un perro soltase su mierda allí donde Casilla. Incluso un triste pájaro me valía. Y no será por las veces que he festejado, con más alegría incluso, no haber jugado y ganar, casi por mera comparecencia, haciendo parecer que ése 0-1 lo consigue el Dépor como lo podía haber conseguido Talleres Manolo. No será porque no he hablado veces de lo que me gusta jugar mal. La belleza de jugar mal, mal de poco vistoso pero efectivo, que viene a ser jugar perfectamente. Sin embargo, no siempre se está preparado para el espectáculo al que sometieron lenta y festivamente al deportivismo, obviando por bien si medió o no premeditación y alevosía. Incluso hago loa de las derrotas, de la belleza de las derrotas, muchas veces mejores, y más importantes, que las simples victorias, ésas tan vacías, tan insípidas, tan contigo pero sin ti.

El despropósito, por el contrario, no tiene belleza alguna salvo que lleve piernas largas y mirada sedosa, de ésas que te envuelven tan lenta y suavemente que sin saber cómo estás preparando dos desayunos a la mañana siguiente. Pero aquello era la nada –“naaaaada, non xojan a nada”-, como salir da terra y que la carretera empiece a perderse por esas interminables llanuras amarillentas, sin curvas, sin verde ni emoción, sin vida. Al final uno busca que lo vuelvan loco. En el buen sentido, en el malo y en el intermedio. No hay nada como eso. En el fútbol también, sea ganando, perdiendo o empatando. Sea palmando en Marsella con Caparrós y el ‘Toro’ Acuña, remontando hasta la victoria con goles engendrados en el bigote de Ricardo Rocha o igualándole al Valencia con el falo de Taborda.

Acuña, Taborda, Caparrós. Visto así, tampoco vamos a ponernos exquisitos ahora por un mal empate aunque venga coronado de discursos oscilantemente tristes y flores de plástico. Dejando pues el sibaritismo de calle y pasión, queda el milagro de la portería a cero, que debe ser eso de época Champions, a lo poco, y un punto que suma en esta carrera por salvar la mediocridad que es la lucha por la permanencia. Hay una escena en Relatos Salvajes en la que dos tipos inconexos se cruzan en una carretera perdida de la Argentina profunda. Luego de lanzarse diversos improperios, y esto y lo otro, acaban por bajarse del coche y descubrir lo más hondo de su naturaleza animal para terminar luchando a tumba abierta bajo un puente. Al final, se las arreglan como buenamente pueden para morir ambos de forma estúpida y, por si fuese poco, abrazados. Hablaba de la permanencia el director, claro. ¿No? ¡Pero si es argentino! ¡Cómo no a hablar un argentino de irse a la B! La permanencia, esperando a que te mates. Ahí, saludándote escondidita, con las manos llenas de sangre y trampas.

No parece difícil, no obstante, seguir el camino sin parar con extraños con los que es previsible que puedas acabar ardiendo bajo un puente. No le fue mal así, esquivando peligros, a ‘Lucho’. El Patrón. Torcía el gesto y negaba con la cabeza. Pero se marchó con una sonrisa. Una sonrisa entre llantos y un ramo azul y blanco, blanco y azul, símbolo de los quedan sufriendo, cuerda hacia ninguna parte pero camino hacia recuerdos, miedos, preocupaciones y alegrías. Lazos hacia los que no están, aunque a ellos no les importe ya.

Arthur Schopenhauer: “Querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. (…) La vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. (…) Es una historia natural del dolor, que se resume así: querer sin motivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y después morir… Y así sucesivamente por los siglos, de los siglos hasta que nuestro planeta se haga trizas”.

Qué es la vida, sino sufrir. Qué es la vida, sino buscar pequeños detalles, sino rastrear en pequeñas cosas píldoras que mitiguen el dolor. El fútbol, el abrazo y la conversación de después. Unión, aunque el fútbol siga siendo solo fútbol. Querer. Tratar de olvidar. Una victoria de viernes, una mirada al cielo, una permanencia cualquiera. Un simple ramo de rosas, blancas y azules, azules y blancas, y un ‘Forza Dépor’ alrededor.

A Luis Calviño. Abuelo. Patrón.

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