Vivir el Dépor desde El Cairo

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Periodista freelance desde Egipto, Ismael Monzón -antiguo redactor de Riazor.org- nos manda este artículo en el que nos habla de su relación con el conjunto blanquiazul desde Oriente Próximo.

Ismael Monzón. El Cairo

Los egipcios distinguen a los españoles según hayan aterrizado desde Madrid o Barcelona. Es decir, entre merengues y culés. Algún neófito abunda en las últimas semanas que pregunta por el Atleti, haciendo buen uso de su tradicional oportunismo de apoyar al que gana. Aunque el cholismo está aún por desarrollar en el mundo árabe. La filiación futbolística será el primer aspecto por el que se interesen los cairotas al conocer tu nacionalidad. Y en ese momento surgen básicamente dos opciones, relacionadas directamente con el tiempo que quieras perder. La primera consiste en negar tu simpatía por cualquiera de esos clubes y salir corriendo antes de que haya un por qué. Y la segunda, sociológicamente más interesante, se resume en: Deportivo de A Coruña, ¿lo conoces?”.

Muchos confesarán que no e intentarán convencerte de que la verdadera devoción emana de Messi y Cristiano. Si se trata de un taxista o vendedor y su intención es camelarte, por supuesto dirán que es el mejor equipo y que su gente representa lo más grande. Pero apasionados, como son, del balón otros muchos responderán con honradez afirmativamente. El comentario más extendido en este caso es que “era un equipo muy bueno, pero hace algún tiempo”.

Si intentamos adentrarnos en detalles, el panorama se complica. Por ejemplo, ¿qué jugadores pueden identificar los egipcios? Poco resueltos en cuanto a memoria histórica, Djalminha, Tristán o Makaay les quedan lejos; Bebeto –no tanto Mauro– curiosamente sí les suena, pero lo relacionan más con Brasil que con el Dépor; Valerón ha sido engullido por Xavi e Iniesta; con los Luisinho, Juan Domínguez o Toché mejor no intentarlo… Y en esas, alguno hace memoria, “sí hombre, aquel marroquí, como se llamaba… Naybet. En ese instante, surge un chispazo de complicidad.

Han pasado casi tres años de sostener a diario esta conversación de recién llegado. No importa que seas periodista y tus preguntas vayan más encaminadas al fervor por Abdel Fatah al Sisi, el presidente recién elegido en las urnas, o a la simpatía por los islamistas. El debate futbolístico es válido para el vendedor de higos chumbos o para los altos representantes del Estado. Implacables en la aplicación de la mano dura, la letanía puede surgir mientras esperas a un superior en un puesto de control militar por grabar en un terreno de alto valor arqueológico sin un permiso que los agentes solicitan, pero que las autoridades no expiden. La discusión sobre si Samuel Eto’o jugó en el Deportivo -como el uniformado sostiene- o en el Mallorca termina ante la orden de trasladar el asunto a otra instancia supuestamente competente.

¡Cuánto mercado se pierde por no tener las arcas llenas para preguntar al Chelsea por el egipcio Mohamed Salah! Aunque el blanquiazul fuera un tejido made in Vietnam… Los cafés lucen abarrotados ante cada partido del equipo de Abramovic, pese a que en la Premier el favorito para los egipcios sea el United. Entre las banderas que se vendían en la plaza Tahrir los días de manifestación no faltaban, junto a las enseñas nacionales, las de Madrid y Barcelona, pero el rastro del Dépor sólo se encuentra de puertas hacia dentro. Gracias a los canales de pago de Al Jazeera y a una buena carga de paciencia con la conexión a internet cuando otros partidos sacan de la parrilla a los herculinos, es posible volcarse con un ascenso a Primera.

Partidario de seguir una final de Champions infiltrado entre la masa vociferante, reconozco que prefiero la soledad cuando el que se la juega es el Dépor y la conversación principal no gira sobre lo que pasa en el césped. Así, la celebración se produjo en la más absoluta intimidad. Mi novia, por la que dejé Madrid para venir a El Cairo, consideró que tres partidos decisivos ya eran demasiados. El navarro y el catalán que me arroparon el día del descenso contra la Real tampoco estaban. Ni la almeriense que también sufrió mi tristeza, a la que poco le interesa el fútbol, pero que mucho sabe de sufrimiento interpuesto por Osasuna. Y a última hora se cayó el madridista que presenció en mi salón apasionantes choques contra Hércules, Eibar o Numancia y que incluso siguió las últimas derrotas de Las Palmas que dejaban el objetivo en bandeja.

Quedaban los nervios, la envidia de ver un Riazor hasta la bandera y los mensajes de whatsapp con mis compañeros de facultad, hiperactivos en cuanto al debate futbolístico se refiere. El gol de Marchena apaciguó la radio y las páginas de internet y ya poco importaba que el comentarista de la cadena catarí siguiera confundiendo a Rabello con Ifrán y a Juan Carlos con Juan Domínguez. Llegó la felicitación de mi padre, colchonero incapaz de conseguir que siguiera sus pasos. Y al postrero festejo de barrio ya sí se sumaron la novia, un amigo andaluz al que el balompié le provoca urticaria y otra marroquí, nacida en 1993, que ha oído hablar lo mismo de Naybet que de la última perla de Abegondo.

Hace algunos meses un buen egipcio y musulmán me recitaba que el Dépor se había fundado en 1906, que su entonces presidente llevaba 25 años en el cargo, que había ganado una Liga, dos Copas del Rey y tres Supercopas de España y que su época dorada llegó con la década de los noventa. Su principal afición es conocer la historia de los equipos de fútbol y se lamentaba porque los ingresos por los derechos de la televisión hayan estrechado tanto la competencia. Le puse el vídeo del partido contra el Milan, otro de los mejores momentos de Djalminha y el penalti de Djukic. La noche del sábado me escribía diciendo que el Dépor será su equipo en la liga española para la temporada que viene. Probablemente este verano no venga otro Rivaldo, pero el conjunto que hace años deslumbró a Europa sigue siendo simpático en todo el mundo.

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