Adiós fantasmas

2011 supuso desterrar los miedos que atenazaban a muchos deportivistas durante los últimos años ante un posible descenso. Éste, por desgracia, se produjo, pero no trajo consigo la desaparición del club, y menos aún el vacío de las gradas de Riazor. ¡Todo lo contrario!

Desde mediados del año 2005, con la marcha de Javier Irureta, Fran y Mauro Silva, todos tuvimos claro que se terminaba una época en el deportivismo. Atrás quedaban los gloriosos años de títulos y las grandes noches europeas en Riazor; tocaba padecer tiempos duros, con economía de guerra, y soñar con volver a vivir cosas semejantes. Fue ahí cuando muchos comenzaron, cada año, a augurar el descenso del Deportivo: unos por pesimismo, otros por envidia de no haber vivido y celebrado con su equipo lo que aquí sí pudimos…. El caso es que, pese a esos malos augurios, el descenso se resistía; es verdad que tanto el segundo año de Joaquín Caparrós como el primero de Miguel Ángel Lotina éste se vio de cerca, pero el equipo supo sobreponerse.

Sin embargo, en 2011 ya no fue posible. El conjunto deportivista, lastrado por una nefasta planificación deportiva, un entrenador que dio bandazos sin saber qué hacer ni aqué jugar y unos futbolistas que, en muchos casos, no dieron todo lo que podían y debían, dio con sus huesos en la Segunda División A. Mucho habían escrito hasta entonces los mismos agoreros, y también otros que llevamos al Deportivo en el corazón, sobre lo que podía ocurrir si este momento llegaba: ley concursal, desaparición del equipo, vacío en las gradas, etc. Mas nada de eso pasó: hubo cambio de entrenador y, en el plano deportivo, el equipo lucha por el ascenso como el que más.

A nivel económico, el Deportivo sigue padeciendo la misma penuria que en los últimos tiempos de Primera División, la cual no le impidió fichar este verano a hombres como Bruno Gama (pretendido por equipos de Primera como el Zaragoza), Jesús Vázquez, o Ayoze; que, si bien es verdad que han dado rendimientos dispares en lo que va de temporada, no menos lo es que nadie negaba su valía cuando vinieron. De hecho, desde que comenzó la temporada, nadie discute que el Depor posee la mejor plantilla de la categoría, con una combinación de veteranía y juventud que hace que su nuevo entrenador, José Luis Oltra, tenga mucho donde escoger. Además, desde el club se ha sabido aprovechar lo que ya había en casa: gente como Álex Bergantiños -que en los últimos años se curtió en diversos equipos-, u otra como Juan Domínguez –que gozaba de pocos minutos y, además, no jugaba en su puesto- fueron utilizados para la causa, ahorrando dinero en fichajes.

Pero donde hay que poner el acento es en la reacción de la afición deportivista; mucha de ella joven, que no ha conocido otros tiempos que no fuesen los del Depor campeón, que paseaba su nombre y el de la ciudad por Europa levantando pasiones. Muchos éramos los que pensábamos, al ver las gradas semidespobladas en la mayoría de los partidos de Primera División durante los últimos años, que quizás aquí existiese mucho elitismo, provocado por esas etapas de triunfos; eso llevaba a cualquiera a preguntarse qué pasaría si el equipo bajase a Segunda A. La respuesta, la conocimos este año: tuvo su prólogo en las últimas jornadas ligueras de la temporada 2010-2011, en las que la afición no dejó de animar a su equipo, llenando el estadio; y su nudo antes de la pretemporada, nada más descender, cuando se pidió a voces que el club comenzase antes de lo habitual con su campaña de abonos para el año en el infierno. Sin saber ni siquiera qué proyecto se traería entre manos el club, sin conocer de primera mano fichaje alguno, todo el deportivismo corrió hacia las taquillas dispuesto a poner su dinero para bajar a los infiernos con su equipo y tratar, entre todos, de auparlo de nuevo al cielo de la Primera: animando constantemente en cada partido, provocando entradas de entre 25000 y 30000 espectadores en el estadio con total y absoluta indiferencia del horario y del rival y haciendo, en definitiva, que cada quince días, tengamos un ambiente en Riazor propio de un Depor-Madrid, o Depor-Barça. Desde luego, es éste un fenómeno sociológico que desde fuera cuesta entender, y a lo mejor desde la propia ciudad también; pero en categorías como la que se mueve el Deportivo, pone a muchos equipos los dientes largos: y es que la afición, efectivamente, no gana partidos; pero ayuda, ¡y mucho!

Alberto Becerra

Volver al reportaje