Hace ya tiempo que los clubes de fútbol de primer nivel dejaron de ser la casa de una simple entidad deportiva. La estructura de cualquier equipo profesional se ha multiplicado y modernizado en pos de optimizar el rendimiento en todas las áreas. Entre ellas, está la denominada como RSC (Responsabilidad Social Corporativa). O lo que es lo mismo, el compromiso para generar un impacto positivo más allá de su actividad principal. Y, curiosamente, desde ahí llegó el fichaje más imprevisto y querido del verano: Oito.
Solo hay que chequear las diferentes redes sociales del club para ver las sonrisas que ha despertado la llegada del pequeño labrador retriever. Un animal que también aportará grandes dosis de relajación y felicidad entre los futbolistas y empleados de Abegondo, pese a los pequeños mordiscos que ya han ido sufriendo diferentes pertenencias. El club lo ha integrado de pleno en su comunicación, mostrando, sutilmente, un mensaje de cuidado responsable de los animales. Un dos por uno marquetiniano en toda regla: aumento de la visibilidad y refuerzo de tu marca.
Lo cierto es que la relación del deportivismo con los perros no es nueva. Que se lo digan a Enrique Romero, lesionado en un glúteo tras sufrir una caída en bicicleta al chocar contra un can en una finca de Oleiros. El lateral no pudo viajar a Mónaco en 2004 ‒no hay mal que por bien no venga, pensaría al ver el humillante e histórico 8-3‒. Lo curioso, es que el mismo jugador había sufrido la picadura de una víbora el mismo día un año antes tras aterrizar en el aeropuerto de Pamplona. Tampoco pudo jugar con aquel Dépor que en ese momento era líder.
Volviendo a los perros, quién no recuerda a los canes pintados de blanquiazul en víspera de grandes citas históricas como la Liga ganada en el 2000 o la perdida en 1994 con el fallo de Djukic.
Los más longevos volverán a reír rememorando que una semana antes de ascender contra el Murcia en 1991, varios miembros de Riazor Blues también hicieron su adopción canina particular en Valencia. Gulundrú, que así lo bautizaron, era un perro callejero que disfrutó del Levante 0-2 Dépor y de una posterior y feliz vida coruñesa. Un poco antes, el delirio animaldeportivista lo puso Rambo, la cabra adoptada por la peña Barrio Sésamo que recorrió cientos de kilómetros por amor al blanquiazul (Burgos, Eibar, Avilés, Vigo…) y que es recordada, entre otras cosas, por beberse las cervezas que le daban sus compañeros humanos. Eran otros tiempos.
Con Oito llega ahora otra forma de vincular a un animal con el club. Una mascota que muchos asocian al sueño del octavo título. Una quimera tras la que hay otro objetivo más realista y, seguramente, más cercano: el ascenso… ocho años después. En caso de retornar a Primera esta temporada el club habrá pasado ocho tediosas temporadas fuera del máximo escalón. Y ahí, en ese hipotético caso, a buen seguro Oito habrá jugado su papel de amuleto.
Que ruede el balón. Y que Oito no sea el único que lo disfrute.
