Hay muchas formas de construir. También destruyendo. Y un ejemplo fue la actuación del Dépor el pasado domingo. Porque el conjunto herculino solventó una dura prueba con otra nueva goleada, un Deportivo 4-1 Lugo algo mentiroso pero en el que, a la vez, volvió a demostrar que a día de hoy puede ganar e incluso acabar triturando a casi cualquier rival de múltiples formas.
Porque no, no hizo falta la versión brillante con balón con la que el Dépor desarboló a Osasuna Promesas. Ante un Lugo con las ideas claras sobre cómo defender al cuadro blanquiazul y una capacidad para aguantarle el ritmo mayor que la media, el equipo coruñés basó su dominio en el contragolpe. Construir destruyendo.
Transiciones desde muy abajo, como el 2-0 de Mella. Transiciones desde la media cancha y, sobre todo, transiciones desde tres cuartos de campo. Porque con una presión asfixiante en defensa posicional y tras pérdida, el bloque herculino se cansó de recuperar balones e inclinar el campo hacia la meta de Lucas Díaz. Tan solo su desacierto en la toma de decisión final, los palos y alguna mala ejecución le negaron un botín mayor y no sentenciar hasta el tramo final del choque.
Más alto todavía
A lo largo de esta temporada, el Dépor ha sido un equipo eminentemente presionante. En tramos de una manera más agresiva y en tramos menos, el equipo herculino apenas se ha caracterizado por esperar a su rival, salvo en ocasiones contadas. Pero esta tendencia se ha ido radicalizando en las últimas semanas. Conforme el equipo ha ido ganando confianza a partir de los resultados, Idiakez una presión que ante el Lugo fue más alta todavía.
El Deportivo sabía que el Lugo de Roberto Trashorras iba a querer jugar de manera combinativa y pretendió que ese acabase siendo su pecado capital en Riazor. Que muriese por atrevimiento. Lo cierto es que lo consiguió, porque el dominio del partido fue directamente proporcional al éxito del conjunto coruñés en la presión. Y teniendo en cuenta la enorme cantidad de errores forzados y no forzados del colectivo lucense que acabaron en recuperaciones, se puede decir que el mando fue del Dépor en alta proporción.

El equipo local salió a morder. A morder mucho y muy fuerte. Partiendo de una estructura 4-1-3-2 fue capaz de emparejarse con sus hombres más avanzados, dividir marcas con los de fuera y acosar al poseedor de balón. Por todo el campo. Sin descanso. Y así, provocó que ningún visitante tuviese tiempo y espacio ya no para recibir, sino ni tan siquiera para pensar antes de tener el balón.
Lucas y Barbero se emparejaban con los dos centrales, Villares se ubicaba sobre el pivote Thiago Ojeda. Y a partir de ahí, el resto. Porque Yeremay y Mella se posicionaban en intermedias, controlando tanto a los interiores como de los laterales. Así, ayudaban a un José Ángel Jurado que ejercía como único pivote ‘de facto’ y partía más pendiente del interior derecho Jozabed, pero no dudaba en ‘saltar’ una y otra vez hacia delante si el juego avanzaba por el otro lado. El efecto disuasorio de Villares en esos primeros metros fue clave, pero quizá lo fue todavía más la capacidad de Jurado para iniciar las ‘emboscadas’ cada vez que el equipo visitante jugaba en corto por el carril central.

Si el que recibía era Jozabed, ahí estaba Jurado. Si era Fran Mérida el enlazado, el ex del Tenerife abandonaba su marca e iniciaba el acoso para acabar recuperando, pues a su presión se le sumaba la de un Mella muy implicado en esa labor de presionar al centrocampista visitante y equilibrar la teórica inferioridad numérica de tres medios del Lugo por dos del Dépor. Si aparecía Quintana desde el extremo, perseguía Ximo para, en la práctica, realizar una presión hombre a hombre en zona de balón con Jurado ejerciendo de apoyo en el dos contra el poseedor para robar, siempre a costa de dejar libre a su par. Daba igual: el riesgo merecía le pena.
Así, con una mezcla de fabulosa activación y gran interpretación, el Deportivo recuperó una cantidad ingente de balones en el primer tercio rival. Fueron en total 18, una de las cifras más altas de la temporada. Un volumen altísimo que no le sirvió para concretar ningún gol desde esos robos altos por la falta de tino en el último pase y la definición, pero sí le permitió desactivar a su rival y llevar el partido a su terreno.
Encontrar la salida
El robo y contragolpe fue el mejor método del Dépor para hacer daño a su rival. Pero lo fue porque el Lugo tuvo muy controlado el ataque posicional del cuadro herculino durante gran parte del primer tiempo. Sobre todo cuando los locales trataban de iniciar jugando desde atrás, su rival supo cómo complicarle la fluidez en las circulaciones.
El Lugo fue a presionar arriba en los reinicios del Deportivo, a partir de un 4-1-4-1 en el que, en ocasiones, uno de los interiores se descolgaba para presionar a Vázquez o a Barcia si detectaban posibilidad de incomodar. Mientras, los dos interiores se repartían a Villares y José Ángel y los dos extremos se ocupaban de los laterales blanquiazules. Un reparto lógico que se completaba con Ojeda, teóricamente libre y situado por delante de la defensa, pendiente de la espalda de esa segunda línea de cuatro.
Así, el Lugo quería incomodar el inicio de juego del Dépor. Pero, sobre todo, pretendía que Lucas y Yeremay Hernández no recibiesen en esos apoyos tan dañinos con los que el cuadro de Imanol Idiakez logra progresar desde atrás. Y para ello, no dudó en mirar hacia delante, pero sin dejar de proteger esa citada espalda. De este modo, fue muy habitual detectar cómo los futbolistas del sector derecho visitante tapaban una y otra vez las líneas de pase con el canario, que no solo tenía muy encima al lateral Carlos Julio, sino que también contaba con la alta atención de Ojeda, Jozabed y hasta el extremo Dacosta.

La prioridad de Trashorras pasaba por el hecho de que Peke no recibiese. Y aunque lo consiguió en los primeros instantes, poco a poco el partido fue abriéndose, lo que permitió al ’10’ del Deportivo comenzar a aparecer con más asiduidad. Básicamente, porque es imposible atender de manera constante con cuatro, seis u ocho ojos a un futbolista salvo que el choque esté muy trabado.
Con el balón en sus pies, Yeremay fue capaz de nuevo de acelerar y pausar el juego. Salió de presiones, atrajo a rivales -le intentaron frenar una y otra vez con faltas- y liberó a compañeros. A pesar de su evidente desacierto en muchas ejecuciones de pase o chut, así como a la hora de decidir y forzar un regate más, fue un elemento desequilibrante en la construcción. De hecho, casi siempre a partir de sus apariciones el Deportivo fue capaz de enlazar posesiones más largas y acabar juntándose, como en Pamplona, en la derecha.
Fue de nuevo en ese carril en el que el Dépor encontró el maná. Lo hizo a través de la brillante mezcla de Ximo, Villares, Lucas y Mella, capaces de asociarse y repartirse de manera racional alturas y pasillos. Desacelerar con posesiones en teoría poco fructíferas pero, en realidad, muy dañinas. Tenerla y moverse hasta generar el desajuste y atacar esa teórica ventaja. Villares soltándose al espacio generado por Lucas. No sucedió en un volumen alto, pero sí suficiente como para encontrar el resquicio y provocar el 1-0.

Mella y Ximo por fuera fijando a dos, Lucas conduciendo hacia dentro fijando la atención y hasta tres futbolistas atacando el boquete: Yeremay y Barbero, que parecían no participar en la acción, y Villares, que atrajo al central Morgado hasta separarlo demasiado de Gorka Pérez y le rompió a su espalda. Penalti tras una combinación entre el trío y gol de Lucas, ejecutor de la pena máxima que su zurda había empezado a generar. Con dificultades, pero encontrando la salida.
Los duelos que todo lo permiten
El Dépor pudo construir el ataque necesario para marcar el primer gol y empezar a decantar el partido. Pero antes y después de ese 1-0, utilizó el juego directo como otra arma válida cuando las conexiones con Yeremay o Lucas no aparecían. En este recurso el bloque herculino gana enteros con la entrada de Barbero, un futbolista capaz de disputar todos los balones aéreos.
Sin realizar un partido brillante, la presencia del ariete almeriense permitió al equipo ganar esa salida en largo, sobre todo en los momentos en los que el equipo pretendió arriesgar menos. Clave para darle continuidad a la jugada fueron no solo las disputas del punta, sino las ubicaciones de Mella, Lucas o Yeremay, lo suficientemente cercanos al hombre más adelantado como para ganar esos segundos balones, como en el caso de la acción de la expulsión provocada por Mella o, en caso de no hacerse con ellos, presionar tras pérdida.

Precisamente esa presión tras pérdida volvió a ser una de las señas de identidad de un Deportivo que, en cuanto desfalleció, recuperó la energía con los cambios. No le hizo falta relevar a Villares -fue sustituido con el partido ya ganado- ni a Jurado porque ambos tuvieron el físico y la capacidad interpretativa suficiente como para sostener el arriesgado plan del Dépor. Todo desde su colocación y su habilidad para ganar duelos. El sostén del plan.
Porque si el Deportivo puede presionar a campo abierto es gracias, en gran parte, a sus dos mediocentros, especialistas no solo en ir hacia delante para acosar al rival, sino también en corregir a campo abierto. De este modo, cuando el Lugo superó la presión inicial del cuadro herculino y tuvo espacio para correr ante el riesgo asumido por el cuadro local, siempre aparecieron Jurado o Villares, acompañados por unos Ximo o Pablo Vázquez que también manejan ese arte de intimidar al adversario hasta minimizar su ventaja.

Ganar duelos en defensa y en ataque. Llevar el partido a ese terreno físico para elevar el ritmo y acabar estresando al rival e imponer el talento si este no puede aparecer ante las precauciones contrarias. Destruir para construir como argumento igual de válido para acabar con la resistencia enemiga, lograr un llamativo Deportivo 4-1 Lugo y seguir conquistando etapas. Ahora, sin nadie delante pero mirando sin la necesidad de empezar a mirar hacia atrás.
