La derrota del Deportivo ante el Córdoba iniciará una nueva semana de debate en torno al equipo blanquiazul y el propio Idiakez, que después de cinco jornadas todavía no ha encontrado un once que ofrezca fiabilidad. Pero más allá de los continuos cambios de posición de algunos futbolistas, ha habido una constante en este regreso al fútbol profesional y que conviene solucionar, porque de lo contrario cualquier debate será estéril: la fragilidad a balón parado.
El encuentro ante el Arcángel, un ida y vuelta en el que los dos equipos caminaban sobre el alambre en medio del vértigo, volvió a decantarse cuando el balón se detuvo. Ya pasó ante el Oviedo, ya pasó ante el Huesca. Tres tantos encajados en la estrategia generados entre pizarra y despiste, sin que ningún atacante rival se impusiese en el duelo a un defensor blanquiazul.
Porque ese ha sido el gran debe en este tipo de acciones en las que, a veces, queda poco más que felicitar al jugador que salta más y mejor. No ha sido el caso. Del Moral remató solo una falta lateral en la primera jornada, Pulido tocó el balón sin oposición en el segundo palo para que Blasco empujara el balón sobre la línea en el Alcoraz, y ayer Carracedo no tenía a nadie a varios metros a la redonda. Fue una jugada compleja y a la que hay que conceder mérito por el remate del extremo, ajustado al palo, pero también reconocer que un balón que viaja desde una esquina del campo al pico del área contrario debería estar abortada antes de la ejecución del disparo.
Frágil en área propia, sin amenaza en la contraria
El Deportivo ha encajado seis goles en lo que va de Liga y sólo uno, el de Pablo Martínez en propia contra el Granada, llegó con la pelota en movimiento (dos penaltis además de los tres citados). Pero esas no son las únicas malas noticias que deja el equipo a balón parado. Porque en el área contraria tampoco está siendo capaz de sacar rédito de la estrategia y ya no es que no haya marcado, sino que apenas ha sido capaz de generar peligro.