Hay muchas formas de celebrar un ascenso: abrazar a las personas que más quieres, llorar, gritar, saltar y hasta quedarse en shock. Todas son absolutamente válidas, de hecho, seguramente te reconozcas en alguna de ellas (o en varias). En mi caso, y como gran parte del deportivismo, las protagonistas fueron las lágrimas. Ocho años en el barro, eliminaciones dramáticas -no he perdonado todavía al guionista de la cruel eliminación contra el Castellón-, y demás episodios que han dejado cicatrices bien marcadas. Así que, tras ver las lágrimas de Alti, las mías se solidarizaron con las suyas.
A partir de ahí, un abrazo rápido, varias felicitaciones, más lágrimas y mensajes entrando sin descanso. Mientras la gente ya se concentraba en Cuatro Caminos, en la Fan Zone o apuraba para volver a tiempo desde Valladolid, yo ya estaba sentado en mi escritorio, organizando el espectacular trabajo que mis compañeros estaban haciendo desde allí, pensando qué publicar y cómo. Hasta sonó el teléfono con una llamada de mi padre para felicitarme por el ascenso, que se extrañó por el tono de mi voz, que más que alegría era incapaz de transmitir todo lo que pasaba por delante de mis ojos. Fue entonces cuando entendí algo que seguramente llevo haciendo muchos años. Mi verdadera felicidad es justamente esto, contarlo. Y una vez lo hemos contado todo, poder disfrutarlo en perspectiva.
Con los pensamientos todavía atropellados, vi que me recordaban por Twitter un artículo que escribí en enero. Justamente cuando dos Raposos -sí, con mayúscula- visitaron Riazor. En una época en la que se dudaba de las posibilidades de ascenso directo o hasta de si sería bueno un cambio en el banquillo. Lo quise interpretar como una señal, y hoy puedo escribir esto como medio de comunicación de un equipo de Primera División.
Y es que la compañía de Arsenio Iglesias no se limitó a aquel artículo, lleva ya varias temporadas con nosotros. Lo recordaron los Riazor Blues, que en el año del ascenso a Segunda desplegaron en el fondo aquella pancarta con su imagen y una petición que acabó cumpliéndose: «Volve a guiarnos!». Y lo han recordado estas semanas las redes, desde los fuciños hasta otras frases que todos conocemos muy bien.
Lo que no esperaba es que volviese a mi memoria en la recepción del Concello al Deportivo. Lo hizo gracias a una frase de Antonio Hidalgo que me quedó rondando: «Staff, sin vosotros no sería posible, gracias por aguantarme. A la plantilla, gracias por creer, gracias por luchar, tenéis todo mi respeto». Aquel agradecimiento sincero a su cuerpo técnico y a la plantilla que tenía justo detrás me devolvió, sin buscarlo, a las enseñanzas de Arsenio. Pero más que a las enseñanzas, también a su agradecimiento y a esa humildad que transmitía en todo lo que hacía. Obviamente, salvando las distancias, que Arsenio solo habrá uno en nuestra historia.
Por eso, desde aquí, quiero volver a recordar esa figura que nos acompañó durante tantos años. Una personalidad que merece que la sigamos recordando en este nuevo episodio que abrimos ahora en Primera División.
