Nunca he sabido si lo mío es superstición o simple manía. Seguramente un poco de ambas. Lo que sí me queda claro es que, en el fútbol -sobre todo cuando hablamos del Deportivo-, uno aprende a convivir con las señales. Y hablo de escucharlas, respetarlas… y no pasar ninguna por alto.
En mi caso, dejé de vestir de amarillo el día que me lesioné jugando de ese color. No paso por debajo de una escalera ni aunque llegue tarde. Durante años tuve unos pantalones cortos de «partido importante» -los clásicos Adidas con broches, muy noventeros- y una bufanda concreta que solo salía del cajón cuando la cosa iba en serio. Y en los exámenes de la carrera, en mi bolsillo siempre iba un pequeño moucho que me habían regalado mis padres. No porque funcionase siempre, sino porque cuando no lo hacía, al menos sentía que había cumplido mi parte.
¿Por qué os cuento esto? Porque lo ocurrido hoy en Riazor me ha dejado dándole bastantes vueltas a la cabeza.
Para cualquier deportivista, ver un Raposo no es solo ver un animal que está fuera de contexto. Es activar un recuerdo colectivo. Viajar hasta Arsenio Iglesias. O Raposo de Arteixo. El hombre que nos enseñó que la fiesta te la pueden quitar de los fuciños en cualquier momento, y que en muchas ocasiones hay mucho que decir y poco que contar.
Yo tuve la suerte de verlo en el banquillo. Y también de cruzármelo fuera del fútbol. En mi etapa -breve y con cero éxito- de jugador de baloncesto, entrenaba en Arteixo y era habitual verlo correr por la zona, con esa tranquilidad que transmitía, como si no llevase sobre sus hombros la historia de un club entero. Años después, con riazor.org ya en marcha, coincidí con él en un pabellón. Llevaba la grabadora en el bolsillo —era joven y también inexperto— y cuando terminó el partido me acerqué para intentar hacerle un par de preguntas. Me dijo que en ese momento no hablaba con la prensa y siguió su camino. No insistí. Aquello ya era suficiente.
Durante años intenté, sin éxito, cerrar esa entrevista que nunca llegó. Y con el tiempo entendí que quizá Arsenio no necesitaba hablar más. Ya había dicho todo lo importante.
Hoy, la mayoría de medios mostrarán —y no es para menos— el vídeo de los dos raposos paseando por el césped de Riazor y saltando por las gradas. Una imagen que hoy en día hasta dudas si está hecha con inteligencia artificial. Pero a algunos nos activa algo más profundo. No sé si es superstición o simple necesidad de aferrarse a algo reconocible en medio del ruido en el que nos encontramos. Lo que sé es que no puedo evitar interpretarlo como una señal más.
Como aquel día en que ardió una cubierta. Como aquellas palabras suyas rescatadas en una temporada que nos recordó quiénes somos. Como tantas otras pequeñas coincidencias que, vistas en frío, no significan nada… pero juntas construyen un relato.
No sé si creer sirve de algo. Pero siempre he sido de los que elige hacerlo. Ya creía antes. Hoy, quizá, un poco más.
Gracias, Arsenio.
Riazor ha recibido esta mañana una visita inesperada: la de dos zorros que correteaban entre las gradas del estadio. Una imagen que ha hecho que muchos recordasen a Arsenio Iglesias, o raposo de Arteixo. Gracias al Deportivo por las imágenes #acoruña #coruña #lacoruña #galicia… pic.twitter.com/H2hzcXEbiZ
— Quincemil (@quincemil15000) January 30, 2026
