Llevo toda la semana dándole vueltas a la misma idea. No es nueva, no es especialmente original, pero seguro que no soy la única. Y quizá por eso no consigo quitármela de la cabeza.
Una de las cosas que más me gustan del fútbol —y del fútbol femenino en particular— es su capacidad para desafiar cualquier lógica previa. Ese lugar común tan repetido de “no hay rival pequeño” solo cobra sentido cuando se convierte en realidad. Cuando el guion se rompe. Cuando el poderoso duda. Cuando el que, en teoría, solo debía resistir, se atreve a competir.
Este fin de semana visita Riazor el Real Madrid. Y sí, el contexto invita a pensar en diferencias de presupuesto, de profundidad de plantilla, de objetivos. Pero también invita a mirar alrededor. A imaginar un estadio lleno. A pensar en Riazor con las gradas repletas, empujando, creyendo, recordándole al equipo que no está solo cuando el rival aprieta.
Porque el Dépor ABANCA ya sabe lo que es poner al Real Madrid contra las cuerdas. Lo hizo no hace tanto. La temporada pasada, en el Alfredo Di Stéfano, las de Fran Alonso firmaron uno de esos partidos que explican por qué este deporte engancha tanto: orden, resistencia, fe y una convicción innegociable de que el plan podía salir bien.
Aquel empate no fue fruto de la casualidad. Fue una demostración de carácter. Un ejercicio de supervivencia colectiva ante un rival superior que, aun con rotaciones y la cabeza en Europa, no encontró la forma de doblegar a un Dépor Abanca que se agarró al partido con uñas y dientes. Penalti transformado, gol en propia puerta forzado, resistencia hasta el último minuto y la sensación —muy real— de que algo grande había estado cerca.
Y entonces aparece la otra idea, la que lleva días rondándome: ¿y si este Dépor ABANCA es capaz de repetir una de esas gestas que se quedan grabadas? ¿Y si, salvando distancias, logra amargarle la vida al Real Madrid como aquel Deportivo que durante 18 años convirtió los duelos ante los blancos en una pesadilla para los visitantes?
Dieciocho años. Se dice pronto. Años de partidos imposibles, de noches que parecían escritas para otros y acababan teñidas de blanquiazul. Años en los que Riazor era parte del equipo, empujando desde la grada cuando las fuerzas flaqueaban.
Este equipo no vive de la nostalgia, pero tampoco debería renunciar a ella. Porque la historia no gana partidos, pero sí construye mentalidades. Y porque este Dépor ABANCA ha demostrado que sabe sufrir, que sabe esperar su momento y que, cuando lo encuentra, no duda. Mucho menos si siente el respaldo de un estadio entregado, consciente de que también se juega algo en cada aplauso, en cada aliento.
El fútbol no entiende de certezas absolutas. Por eso seguimos yendo a los campos. Por eso seguimos creyendo. Este fin de semana, en Riazor, no se trata solo de puntos. Se trata de creer juntos, con las gradas llenas, en que la imprevisibilidad sigue siendo el mejor aliado de quien no se resigna.
Y quién sabe. A veces, las grandes historias empiezan así: con una idea que no deja de rondar la cabeza.
