Hace unas semanas fallecía en Monterroso (Lugo) Luis Arias. El nombre no dirá nada a los deportivistas, pero para sus familiares Luis era una persona bondadosa que se desvivía por los suyos y por su Deportivo.
En el momento de su fallecimiento tenía 79 años. Luis era uno de esos deportivistas silenciosos, sin redes sociales, sin polémicas artificiales pero con un amor inquebrantable hacia el color blanquiazul.
Cada fin de semana cogía su coche y recorría los cien kilómetros que le separaban de su querido Riazor. Daba igual el día, la hora, el clima o las circunstancias. Nunca fallaba. Luis no llevaba la última camiseta del Dépor, siempre acudía con camisa de cuadros y, como mucho, una de esas bufandas blanquiazules de lana que destilan veteranía e historia.
En los veranos de mi niñez por tierras lucenses siempre vi a Luis como esa figura familiar capaz de sacar sonrisas a todos e impregnar lecciones vitales sin él saberlo. Porque su vida no fue sencilla, pero siempre se enfrentó a ella con gran valentía. Durante su etapa laboral conducía autobuses de lunes a viernes. Daba igual el número de kilómetros recorridos, el cansancio o los problemas, porque Riazor era cita obligada.
Eso es el deportivismo, un sentimiento que va mucho más allá del marketing y que se transmite de generación en generación. Cuidemos el sentido de pertenencia y uno de los grandes valores patrimoniales del club: su increíble afición.
