Mejor no mirar

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Por Ismael Monzón, antiguo redactor de riazor.org

En mi barrio aquel día las hormigoneras seguían siendo del mismo color. No había banderas en las ventanas y en la pescadería despachaba Paco. Las dependientas tampoco hablaban gallego y, lo que es peor, nunca se vieron por allí bogavantes frescos. Coruña era entonces todo lo contrario, teñida entera de blanquiazul. En mi barrio no había mar, lo que en época del pelotazo solucionaron construyendo una playa artificial. El ayuntamiento quebró tiempo después y aunque no sea eso de lo que veníamos a hablar, pensándolo bien guarda cierta similitud con el fútbol de aquella década. Eran los años en los que nos permitíamos burlarnos de los grandes, sin pararnos a pensar que más tarde nos caeríamos con todo el equipo. Y esto no era un juego de palabras.

Mi barrio, digo mi barrio pero en realidad es un pueblo, se llama Parla y está en la periferia madrileña. Amigos gallegos, lo conoceréis por la rima y por ser fuente inagotable de sucesos. Las cosas marchaban tan bien que no era yo el único del Depor. También estaba el peluquero, que después empezó a hacer cortes ‘estilo Diego Tristán’. O un chaval, del que no recuerdo su nombre, que bajaba siempre a jugar al fútbol con un chándal de la época de Arsenio. No es que fuésemos multitud, pero existíamos. Ser del Depor y de Parla era un gesto de rebeldía. Buah, menudo desfase. Los del 68 a nuestro lado, unos pringaos.

No éramos nadie. Hacíamos lo que podíamos, pero lo de Djukic debería catalogarse como crisis generacional. Sobre todo, si lleva aparejado trauma infantil. Con ocho años, uno tiene pocos recursos con los que defenderse y había escuchado millones de veces que si el Depor no ganó aquella Liga, ya no lo haría jamás. Es duro pensar que tu tren en la vida ha pasado cuando no has llegado aún a cuarto de primaria. Y aquello, con esa edad, era tu vida.

En el 2000, con la Liga a puntito, seguía pasando los días preguntándome por qué el Depor no arriesgaba más fuera de casa y se dejaba de gaitas. Hasta que llegó ese partido, el de hace ahora 20 años. Decía el tango que no son nada, pero en fin… Teníamos el precedente y nos habían advertido tantas veces que lo habíamos interiorizado. El meigallo existe más allá del Bierzo, debe ser un estado mental. Así que ese día me puse mi camiseta del Depor y dediqué la jornada al asueto. La equipación era la primera de Adidas, la del año que nos quitaron a Rivaldo. En aquella época las camisetas iban mucho más sueltas, no me imagino a Donato vistiendo una de esas elásticas entalladas con las que a algunos se le marcan los pectorales y a otros la panza, pero a mi me quedaba especialmente grande. Cosas del metabolismo. Entre el retiro espiritual, los tormentos y la camiseta-falda estaba hecho un cuadro. Pero todo formaba parte de un ritual y no pensaba abandonarlo.

En Coruña todo sería muy distinto, pero es que en Madrid el partido no lo daban ni en abierto y las plataformas digitales estaban aún en ciernes. Ponían el Valencia-Zaragoza, que nos afectaba, pero ¿cómo iba a ver un Valencia-Zaragoza el día que el Depor se jugaba la Liga? Hay quien prefiere no mirar ante un penalti decisivo y el de Djukic nos lo tragamos enterito. Es decir, que casi mejor así. Apagué la tele y puse la radio, que seguía teniendo la magia de los partidos a la misma hora. Y nada más encenderla, comenzaron a sonar esos pitidos como de código morse. En esos momentos el corazón entraba en ligera taquicardia, pero había un truco para saber si había marcado tu equipo cuando el narrador aún gritaba: “Goooooolllllll”. Si por el sonido ambiente escuchabas rugir a la grada, sabías que el tanto era del equipo local. Riazor aullaba de tal forma que casi hubiera podido sentirse sin necesidad de las ondas, a 600 kilómetros de distancia. Había marcado Donato. ¿Ya? ¿De verdad? ¿Así que todo lo que nos habían contado era mentira? Normalmente los niños pierden la ingenuidad con los años, pero esta vez era al revés. Los cándidos eran ellos. Con qué no íbamos a ganar la Liga, ¿eh?

Ese día no pude ver el partido. Y tampoco he querido verlo nunca después. Quizás aún por miedo a perder, incluso después de haber jugado, y más probablemente por mantener un recuerdo extraño pero virgen. Visualizo lo fácil que cabeceó Donato y cómo Makaay celebraba el segundo tumbado boca arriba en un césped lleno de confeti. Que Manuel Pablo tenía pelo, la santa chulería de Djalma, a Fran en calzoncillos y a un aficionado gordito con sudadera al que enfocaban siempre después de cada gol. Una y otra vez, en las millones de repeticiones que habré visto de esos momentos. Muchas más de las que me dijeron que ese día no iba a llegar. Probablemente no me perdí el mejor partido de la historia. “El Espanyol no jugó ni bien ni mal, simplemente dejó que el Deportivo disfrutara de una noche inolvidable”, escribió Santiago Segurola en su crónica. No hizo falta ni que Mauro sacara el rodillo.

Un par de días más tarde a Scaloni no le faltó mucho para despeñarse desde el balcón en una Plaza de María Pita ebria. Yo, sin embargo, lo más que pude hacer esa tarde fue asomarme a la terraza esperando que alguien celebrara algo, como cuando ganaba el Madrid. Creo que alguno me llegó a dar la enhorabuena, pero nada más. Lo mío ya fue una Liga en confinamiento. Las pasadas semanas, con la nostalgia a flor de piel, no ha faltado gente encerrada en sí misma que sólo salía a la ventana para aplaudir. Bienvenidos a esa rara sensación. Si sirve de algo, en aquel momento todavía quedaban muchas cosas buenas por llegar.

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