La pizarra del Deportivo 1-1 Sporting de Gijón: El máximo yendo a mínimos

26 noviembre 2024 - 21:50

Fue un partido de mínimos, en el que el Dépor trató de desnaturalizar a un rival que tiene en el ADN el ritmo alto. Lo logró solo a medias. Porque aunque el cuadro dirigido por Óscar Gilsanz no concedió demasiado, pero sí falló lo suficiente sin balón como para verse penalizado en área propia. Y además, generó un volumen de fútbol ofensivo demasiado escaso como para herir a un contrario superior, teniendo en cuenta el poco acierto del que suele presumir el equipo blanquiazul.

Sin embargo, el plan de mínimos acabó saliendo cara porque el cuadro de Riazor, haciendo menos, logró más. El Deportivo 1-1 Sporting de Gijón fue un marcador positivo para la escuadra coruñesa, inferior en casi todos los aspectos del juego, pero capaz de resistir primero y de aferrarse al choque después, cuando ya parecía perdido.

Un Dépor sin faro

A Riazor llegaba un Sporting de Gijón que tiene como claras señas de identidad su verticalidad con balón y su presión alta. El Dépor pretendió restarle espacios para que no pudiese enseñar demasiado su principal virtud ofensiva, pero no logró cortocircuitar ese press agresivo en un inicio en el que fue vapuleado en el juego.

El Sporting fue más y mejor durante los primeros 20 minutos. Lo fue porque el Dépor no logró descifrar la forma de salir de las trampas puestas por un bloque alto visitante estructurado para en un 4-2-3-1 que le permitió tanto dejar sin tiempo y espacio a los zagueros locales que trataban de hacer progresar el juego como acosar a los posibles receptores.

Gilsanz varió la salida de tres que venía empleando y ubicó a sus cuatro defensores a la misma altura. El objetivo era generar superioridad numérica, ganar amplitud y construir tiempo y espacio a sus futbolistas ante un rival que suele presionar en primera línea con sus tres delanteros.

Sin embargo, esta teórica superioridad se quedó en nada. Entre las piernas de Otero, Dubasin y Queipo, la poca paciencia del equipo blanquiazul y su tendencia a iniciar sistemáticamente por el carril derecho con Ximo, el Sporting fue capaz de ensuciar una y otra vez cada inicio de juego local en ese tramo inicial.

Por delante, Mfulu no era una opción de pase porque simplemente servía para atraer desde su posición de pivote único. Mientras, en una línea posterior, el Deportivo establecía a Lucas, Villares y Soriano repartidos en carriles. Al madrileño, demasiado alejado del juego, le vigilaba con facilidad Guille Rosas. Mientras, los mediocentros Olaetxea y Nacho Martín se repartían a Villares y Lucas, que solo podían recibir acosados. Demasiado riesgo.

El Dépor, que trataba de llevar el balón a banda para progresar con más calma desde ahí, se acababa metiendo en la boca del lobo al quedarse sin espacios. Tan solo quedaban los envíos al apoyo de un Mella que partía casi a la altura de Barbero o los pases directos sobre el punta.

Sin embargo, ninguna de las dos soluciones eran válidas. La primera porque Mella no es Yeremay y carece (todavía) de la sensibilidad suficiente como para superar la marca de un contrario encimando recibiendo de espaldas al apoyo. Cote pudo casi siempre con él o, al menos, dificultó los contactos del santiagués. La segunda posibilidad, el balón largo hacia Barbero, tampoco ofrecía réditos. Porque por un lado, al punta le costó imponerse en la fricción con Róber Pier. Y, por otro, cuando lo conseguía, era un islote solitario.

Soriano para templar el choque

El Deportivo era incapaz de atacar. Y a partir de esas dificultades, sufría en defensa. Porque si atacas mal, estarás peor predispuesto para defender. Eso le sucedía al cuadro blanquiazul, que pretendía ser agresivo tras pérdida, pero no lograba llegar a presionar con la densidad y el apremio suficientes como para poner en dificultades a un Sporting que, además, empezaba a encontrar pequeñas superioridades por dentro con su triángulo Olaetxea-Nacho Martín-Nacho Méndez ante unos Mfulu y Villares algo desnortados.

Sin generar claras situaciones de gol, el cuadro de Rubén Albés encontraba espacios girando el juego tras recuperar y salir de presión o atrayendo lejos a los laterales deportivistas para atacar sus espaldas con los desmarques diagonales de un insistente Otero.

El Dépor estaba siendo avasallado en el juego. La sensación de inferioridad era manifiesta. Pero entonces, apareció Mario Soriano.

El equipo herculino dejó de ofuscarse en salir por la derecha y abrió su radio de acción. El ’21’ abandonó la banda y empezó a aparecer más por dentro, lejos de Guille Rosas, para empezar a tejer pequeñas sociedades desde las que asegurar el balón para los de casa.

Si durante los primeros 15 minutos el ‘Joker’ tan solo había podido ejecutar 2 pases y no había recibido ningún balón de sus compañeros, durante la media hora siguiente fue el gran protagonista, con 21 asociaciones (la mitad de sus 41) y 18 pases recibidos (el 56% de los que recepcionó en total).

A partir de su capacidad para organizar partiendo desde la izquierda pero sintiéndose con libertad para hacer y deshacer a su antojo (lo único que en realidad necesita), el Deportivo creció. Mario fue capaz de recibir rodeado de rivales, salir de presiones, girar el juego, ir a pedirla de nuevo, recibir entre líneas, girarse y buscar últimos pases. Fue el mejor mediocentro y, a la vez, el mejor mediapunta del equipo. Fue el catalizador de un juego ofensivo que, pese a su nivel, se quedó corto. Porque al Dépor le faltó profundidad, acierto y mucho veneno.

Alguna acción puntual de Mella que se quedó sin remate o la pujanza de Obrador por el lado opuesto fueron los únicos argumentos. Porque que Ximo no logró desplegarse, Villares y Mfulu tenían un mero papel de equilibradores y ‘continuadores’ de juego con el pase menos comprometido y Lucas Pérez no solo no compareció, sino que perjudicó muchas acciones ofensivas por su absoluto desacierto en todas las facetas. No fue que el de Monelos fallase por intentar pases complejos, es que erró en controles, no ganó duelos, ejecutó malos envíos y ni siquiera se atrevió con su disparo en alguna situación que tuvo para enseñarlo.

Así, la solitaria carrera de Mella al aprovechar un error por descoordinación del Sporting fue el único remate en todo el primer acto (según Opta, el córner provocado por el extremo acabó también con un cabezazo de Barbero que no fue ni siquiera dirección a portería) de un Dépor romo en ataque, pero que al menos había templado la situación.

Atascados y desprotegidos, pero con corazón y talento

Pasaban pocas cosas en el choque y se podía decir que, al menos, el Deportivo no sufría y tenía el balón para, por lo tanto, estar más cerca de generar algo. Sin embargo, tras el intermedio, el equipo blanquiazul volvió a caer en su persistente y mala costumbre de buscar progresar por el costado derecho. El cuadro herculino volvió a evitar la mirada hacia Soriano y Obrador y trató de generar a partir de Ximo Navarro, que volvía a no encontrar a nadie.

Mientras Lucas seguía fuera de combate a pesar de que el Dépor trataba de progresar en su zona de influencia, Mella era exigido una y otra vez. Balones al ’17’, como si el Deportivo hubiese detectado la evidente superioridad del canterano sobre Cote en el uno para uno y quisiera saltarse pasos para tratar de generar esas situaciones.

No las encontró porque, precisamente, se saltaba pasos. El Sporting seguía presionando arriba y cada balón a Mella era una odisea para el canterano, que ni siquiera lograba recibir cómodo aun partiendo más desde la banda y menos desde una posición de altura. Mientras, los pases hacia Barbero seguían siendo estériles por las dificultades del ariete y sus pocos socios a la redonda. El Deportivo volvía a atascarse y la lateralización de un desacertado Villares para ganar un hombre más no fue la solución.

Ante sus dificultades para generar desde el fútbol ofensivo, se lanzó algo más arriba para tratar de robar y correr. Fue un Dépor agresivo como hasta ahora apenas habíamos visto con Gilsanz, pero que tampoco terminó de encontrar recuperaciones por dos cuestiones principales.

La primera, la evidente calidad de un Sporting que era capaz de encontrar salidas limpias a partir de altura de Olaetxea, ubicado más alto o más bajo para generar superioridades donde tocase. La segunda, por las distancias. Si bien el equipo deportivista quiso ir arriba, nunca se atrevió a emparejarse en la última línea ante la poderosísima amenaza al espacio que suponen Dubarbier y, sobre todo, Juan Otero.

Así, entre el buen criterio y movilidad del cuadro gijonés, las dificultades para acosar por parte de la primera línea de presión blanquiazul, las dudas a la hora de ‘saltar’ y repartirse marcas y las distancias, el equipo deportivista tampoco logró encontrarse cómodo en esa situación de defender alto. De hecho, se expuso en alguna que otra ocasión y desprotegió su zona central.

Una zona central desde la que Nacho Méndez amenazó con facturar en la frontal del área al principio de la segunda mitad, en una acción muy similar a la del gol, beneficiado por la atención de Villares y Mfulu sobre Olaetxea y Martín.

Y una zona central que el canterano sportinguista acabó convirtiendo en prolífica tras una acción en la que el Dépor que estaba arriba no ganó el duelo en el centro del campo y permitió al Sporting expandirse. Mfulu y Pablo Martínez bascularon para tapar el avance por banda, Villares se metió entre centrales para defender el centro y nadie llegó para proteger la segunda oleada. Un boquete en la frontal y gol. Más que un fallo individual o colectivo, una cuestión de ir muy exigido y ser superado por un equipo mejor que tú.

Con el partido perdido, el Dépor tiró de más corazón que fútbol. Y fue una combinación de ambos ingredientes la que le dio el boleto para, al menos, llevarse una pedrea que ya parecía en el olvido. Un centro a la olla de Pablo Vázquez a la única y pobre referencia de Christian Herrera prácticamente desde la línea central amenazaba con convertirse en transición visitante. Sin embargo, dos futbolistas visitantes se liaron entre sí y Villares aprovechó la tesitura y entregársela a Lucas, que acaparó la atención de Róber, al que Mella atacó su espalda y la de un Cote que no estaba en esa posición precisamente porque ya se enfocaba hacia el contragolpe de los suyos.

Fue un golazo de dos talentos individuales que se potencian entre sí y que encontraron el acierto necesario en el duelo menos prolífico del Dépor, con tan solo 4 remates y una expectativa de gol de 0,6. Fue el peaje a pagar para minimizar a un Sporting que se quedó en 12, aunque no lo suficientemente claros como para echarse las manos a la cabeza por quedarse con la sensación de no haber ajusticiado a un Deportivo de mínimos que logró sacar el máximo y sigue siendo capaz de sobrevivir.

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