En realidad, todo era bastante extraño. La Liga se decidía un viernes. El campeón sería el último del Siglo XX. Y al título optaban hasta tres equipos. Para dos, ganar significaría estrenarse en el palmarés ligero. Uno de ellos lo logró. El noveno club en sumarse a lista de campeones de Primera División. Mucho tiene que cambiar el fútbol para que haya un décimo. Era 19 de mayo de 2000. Un día histórico para el deporte español. El día de la Liga del Dépor.
A Coruña amanecía lista para la gloria, pero también contenida. Las hormigoneras blanquiazules calentaban el ambiente. De los balcones de las casas colgaban ya muchas banderas deportivistas. Menos de las que colgarían por la noche, eso sí. Porque 6 años antes, la afición herculina había aprendido una lección de la manera más dura posible. «Ojo a la fiesta, que te la quitan de los fuciños», había advertido Arsenio. Y de los fuciños se le escapó al Dépor la primera Liga de la historia de Galicia.
Por eso, ese 20 de mayo, muchos optaron por arrancar la jornada guardando su euforia. Pero ese día, no hubo nada ni nadie capaz de aguar la fiesta deportivista. Ese día, los ajos arrojados al césped de Riazor cumplieron su función. Meigas fóra. Y si quedaba alguna rezagada, Donato terminó de espantarla con un cabezazo imborrable. «Le di de lleno, con decisión. Por el SuperDépor y por Arsenio», reconoció el brasileño.
Además de los 34.600 aficionados que abarrotaban las gradas de Riazor, ese gol lo presenció en primera persona Sergio González. Por entonces jugador del Espanyol, Sergio llegaría al Dépor poco después. Y como Donato, abriría la lata en otra jornada mágica, un 6 de marzo de 2002.
Pero esa es otra historia. En la que hoy nos ocupa, Makaay certificaría el triunfo aprovechando un centro de Manuel Pablo. De ahí al final, delirio en las gradas. Y tras el pitido del colegiado, la fiesta de la afición se trasladó al césped. Algunos hinchas acabaron sobre el larguero. Y Fran, el más buscado, terminó en calzoncillos.
Paralelamente, Cuatro Caminos era el epicentro de la locura. Faltaban mucho para que llegasen los jugadores, que todavía tenían que someterse a los retoques capilares de Djalminha (que este sentido tiene un digno sucesor en David Mella). La espera no importaba demasiado para los que ahí estaban. Sabían que estaban viviendo algo histórico. El sueño era una realidad. Su equipo era el mejor de España. «Barça, Madrid, ya estamos aquí», había cantado Lendorio al alcanzar la Primera División. Y el Dépor no solo estaba ahí. Estaba por encima de todos.
El «todavía líder Deportivo» (fórmula que usaban los medios del momento para dar a entender que, tarde o temprano, los de Irureta se verían rebasados en la tabla) había resistido hasta el final. Y Riazor fue clave para ello. 49 de los 69 puntos que hicieron campeón al Dépor se sumaron en casa. La asistencia media al fortín herculino fue de 25.000 espectadores. Más del 10% de la población de A Coruña. Una de cifra ilógica que, años después y en un contexto infinitamente más desolador, la hinchada mantiene.
Tras el éxtasis en Cuatro Caminos, al día siguiente tocaba María Pita. Arriba, Scaloni tomó el mando. Abajo, miles de coruñeses (entre ellos quien escribe este texto) coreaban los nombres de sus héroes. Andar de parranda. E dormir de pé. La fiesta estaba lejos de terminar. Y no solo en la ciudad de A Coruña. En toda la provincia. En cualquier lugar en el que hubiera un deportivista. En Betanzos, recordó Gilsanz, «se celebró todos los fines de semana hasta que empezó la Liga siguiente«. Para él, «es algo que nos hace eternos como club». No puede tener más razón el míster. Han pasado 25 años, pero cómo nos vamos a olvidar.