Foto: Diego Simón

¿Condescendencia? No, gracias

Claudia de Bartolomé regresa a la que fue su casa con un nuevo artículo de opinión. En este caso, sobre el Dépor ABANCA.
3 febrero 2026 - 18:00

Jugué a baloncesto durante gran parte de mi infancia y adolescencia y recuerdo que, cuando tenía unos trece años, escuché que uno de los árbitros les decía a las personas de la mesa: “los niños juegan a básquet, las niñas hacen actividades lúdico-deportivas”. Es una afirmación que cruza mi mente muchas veces, porque, para mí, practicar dicho deporte era algo serio. No era jugar a las muñecas con mis amigas: era competir.

Algo así sigue ocurriendo a día de hoy en todos los deportes, incluido el fútbol.

Acudo a Riazor a ver todos los partidos, tanto los del Dépor como los del Dépor Abanca y os diré, aunque escueza, que, a pesar de que hemos avanzado mucho, la diferencia a la hora de visualizarlos ambos es notable. Lo es, básicamente, porque en el fútbol femenino se da algo que no ocurre en el masculino: la condescendencia.

Diréis que soy muy osada y que ahora el fútbol femenino está a un gran nivel, lo cual es cierto. Cuando yo era pequeña, los referentes eran siempre jugadores; afortunadamente, muchas niñas y niños ya pueden nombrar como sus referentes a Ainhoa o Inés Pereira. Pero no os hablo del estatus, sino de la manera de ver los partidos.

Si bien hay muchas cosas que ocurren en las gradas del Dépor Abanca que me encantaría que se trasladasen a la forma de ver el equipo masculino, todavía hay ese deje que no permite a la afición soltarse del todo. Aunque vivimos en la era de la búsqueda de la igualdad en todos los ámbitos de la vida, el adjetivo “femenino” hace que se siga tratando de forma distinta -incluso sin querer- a las mujeres en los terrenos de juego, lo cual incluye las exigencias que se les hace a los jugadores y a las jugadoras. Mientras que a las personas que conforman el equipo masculino les exigimos que den la cara por el club, con el Dépor Abanca se sigue una tónica general de suavizar los errores y, por ende, quitarle relevancia al papel que tienen ellas en relación al mismo.

Llevo tiempo fijándome en que, cuando el equipo femenino pierde, se suelen usar frases de ánimo y se le quita importancia, por norma general, a la derrota, como si ellas no formasen parte del club o no tuvieran un escudo que defender. Dar ánimos está fenomenal, obviamente, pero son profesionales del fútbol y, por lo tanto, deben estar sujetas a las mismas premisas que sometemos a los jugadores, porque no se trata de abrirle la puerta a una damisela en apuros o de decirles “otra vez será”, sino de poner en valor su trabajo. Y ponerlo en valor empieza por respetar y entender que tienen la misma misión que ellos.

No os equivoquéis, no es un llamamiento a que haya barra libre insultando o a la crítica fácil, nada más lejos de mi intención; es un llamamiento a dejar de ver el fútbol femenino bajo la venda del paternalismo, porque es seguir afirmando que ellos practican deporte y ellas pasan el rato, tal y como decía aquel árbitro al que escuché siendo una cría. Y no es así.

Tenemos a las mejores: no tengamos miedo en animarlas y exigirles a partes iguales.

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