Vi a mi padre llorar solamente dos veces: cuando murió mi abuela y cuando Djukic falló el penalti. Imaginaos, además, mudaros a Barcelona justo al año siguiente del fatídico suceso, como fue nuestro caso. Lo último que me dijeron mis amigos antes de subir al coche de mis tíos, que nos llevaban al aeropuerto, fue: “¡No te hagas del Barça!” (cumplí la promesa, porque, como todos sabéis, ser del Dépor no se elige: se hereda. Va en el ADN, así que nada ni nadie podía camelarme).
Recuerdo aquellos años con un cariño especial. Veía los partidos con mi padre y mi hermano mayor (algunos en casa, otros en el bar del barrio) y crecí viviendo las grandes gestas con mucho orgullo.
La vida le devolvió a mi padre la liga que le debía y, en lo personal, celebro poder haber vivido con él ese momento (poco después, murió a causa de una enfermedad). Y, además, luego llegaría lo mejor que me ha pasado en la vida: el Centenariazo.
Creo que, a veces, a la gente se le puede olvidar lo importantes que somos. No por los títulos, que también, sino por la trascendencia de nuestra esencia. Crecer lejos de A Coruña no me impidió vivir mi deportivismo, sino que me hizo ver la relevancia que nuestro club iba obteniendo en la vida de personas de otros equipos. El respeto, la admiración y poner sobre la mesa que la ambición no está reñida con la humildad es una lección que caló hondo.
Con el tiempo, me fui a vivir otro país. Ya no saboreábamos, ni mucho menos, las mieles de los buenos momentos. Pero pude ver cómo la gente de fuera era capaz de situar nuestra ciudad en el mapa gracias al Dépor, porque la historia no puede borrarse jamás.
Ya instalada en A Coruña, lo primero que hice fue hacerme socia y vivir todo lo que soñaba de niña y adolescente. No hablo de las noches mágicas ni de las victorias; hablo también de las derrotas, los cabreos y la incertidumbre. Pero en casa. Y siempre (absolutamente siempre) me acuerdo de mi padre y de mi hermano mayor, que ya no están, y nos veo a los tres abrazándonos en aquellas noches mágicas en las que nos imaginábamos animando en Riazor estando a más de 1000 km. Y me explota el corazón de amor al ver el carnet de mi hijo, socio desde el día que llegó al mundo (sí, soy madre. Sí, mantengo que el Centenariazo es lo mejor que me pasó en la vida. Y luego, él).
Como siempre, no sé qué nos deparará el futuro, porque ser deportivista implica vivir a prueba de infartos. Pero sí sé que no hay nada en el mundo comparable a ser del Dépor. El recibimiento al equipo el día del partido contra el Zaragoza fue simplemente una muestra más, pero, lo más importante, es ver la ciudad repleta de niños y niñas con las camisetas y las bufandas blanquiazules: ellos y ellas, que no han vivido ni por asomo los greatest hits con los que seguimos soñando el resto, son la prueba irrefutable de este sentimiento que se hereda y para el cual jamás habrá palabras.
Toca remar. Pero ya sabemos que de este barco no se baja nadie.
