Sube. Baja. Sube. Baja. Ahora un giro inesperado. De repente, un ‘looping’ que te coloca cabeza abajo y te da un susto infernal cuando todo parecía estable. Otro subidón… y el bajón definitivo. Irremediable. La meta que la errática ruta dibujaba en el horizonte, pero que en muchos momentos tuviste la ilusión de esquivar. El Deportivo añadió Castalia a su lista de traumas recientes. Pero lo hizo inventándose una nueva manera de caer, en un encuentro con un guion con más curvas -emocionales- que una montaña rusa.
El equipo deportivista y su gente pasó por todos los estados de ánimo posibles en poco más de dos horas. Un síntoma que precisamente no habla muy bien de su cordura. Porque empezó arrancando con la confianza de ir por delante y sentirse superior a conceder dos regalos que le dejaron fuera. Amenazaba entonces en el cielo de Castellón un bochorno de proporciones bíblicas. Pero el equipo blanquiazul, se repuso. Apoyado por una concesión del rival, pero también por su juego. Ese que le hizo volver a recuperar la renta y tener, entonces, la eliminatoria a punto de caramelo.
No la cerró porque su falta de competitividad, el gran problema de fondo, no solo se cristalizó en área propia, sino también en la rival. Y sin terminar de concretar su más que aceptable juego ante un enemigo grogui, acabó concediendo la prórroga y gracias. Un tiempo extra en el que también tenía reservado un último giro emocional, pues fue capaz de encontrar el camino hacia Alfonso Pastor pese a su inferioridad numérica y a la carga física. Pero cuando logró lo más difícil, resultó superado en el área, justo donde ese jugador menos se debería notar menos.
Un inicio esperanzador
El Deportivo saltaba a Castalia con ventaja en la eliminatoria. Pero ni mucho menos se limitó a protegerse. Rubén de la Barrera apostó por mantener el once de la ida, pero con una permuta clave en la estructura ofensiva. Porque su 4-3-3 pasó a ser simétrico, con dos extremos referencias en las bandas. A Yeremay en la izquierda se le unió Max Svensson en la derecha. Así, el habitual punta fue ‘sacrificado’ en banda en pos del beneficio colectivo. Y funcionó.
Porque la posición de los dos extremos, siempre estirando al equipo en amplitud y en profundidad, condicionó a toda la zaga del Castellón. Los laterales Manu Sánchez y Salva Ruiz estaban ‘fijados’ por los extremos y no podían ‘saltar’ hacia delante. Con Granero e Indias pendientes de Lucas, el equipo local se quedaba con seis futbolistas (los dos pivotes, los dos extremos, el mediapunta y el punta) para incomodar a ocho deportivistas: Mackay, Antoñito, Jaime, Pablo, Lebedenko, Villares, Álex y Soriano.

¿Cómo podía el Deportivo sacar provecho de esa superioridad numérica? Atrayendo la presión del Castellón para estirarlo y, así, ampliar los espacios y evitar que un rival pudiese controlar a la vez a dos o más deportivistas. El plan de inicio y construcción tenía todo el sentido y se puede decir que salió prácticamente perfecto. El conjunto herculino fue capaz de encontrar por fuera a Villares y a Soriano, que ejercieron de vértices más exteriores de un rombo con Álex Bergantiños en el pico inferior y los apoyos de Lucas para alejarse de los centrales en la parte superior. Cuatro futbolistas contra los dos mediocentros locales.
De este modo, el Dépor mostró en el primer cuarto de partido una versión muy similar a la de Riazor. El balón no le quemó y logró desactivar casi todas las presiones de un Castellón que, poco a poco, fue sumando agresividad a base de persecuciones más prolongadas y arriesgadas para tratar de desactivar el control del equipo coruñés. Un equipo que controlaba, aunque no terminaba de concretar ese dominio en situaciones de gol claras. Porque en el tercio final, le faltaba resolución.

Caída por negligencia
Pero lo que el Dépor apuntaba a construir en ataque, el propio Dépor lo destruyó a base de negligencias. El primer error de Mackay en un reinicio fue el desencadenante del momento de zozobra, sí. Pero el Deportivo ya había mostrado previamente sus inseguridades. Porque De la Barrera apostó por mantener el bloque alto con presión agresiva de Riazor para tratar de desnaturalizar a un Castellón que gusta de iniciar el juego por abajo.
El plan era evitar esa construcción y provocar que el conjunto castellonense se desembarazara del balón. Era una propuesta arriesgada, con el fin de mantener la personalidad y no mandar el mensaje al equipo de que era preciso guardar la ropa. Pero debían cumplirse dos premisas básicas para ejecutarlo con éxito. La primera, el balón debía estar siempre presionado para evitar que el poseedor pudiese mirar lejos con tiempo y espacio para colocar el balón a la espalda de la zaga. La segunda, que esa propia zaga debía medir muy bien sus distancias, alturas y coberturas para evitar que cada balón largo fuese dramático.

En cuanto a la presión, el Dépor controló al rival bastante bien, incluso con Lebedenko ‘saltando’ a por Manu Sánchez si Yeremay acudía a presionar a Indias y no lograba, a la vez, tapar la línea de pase con su carrera. Lo verdaderamente dramático fue su gestión del espacio entre Mackay y la última línea. Porque Álex debía ejercer como hombre que otorgase superioridad y evitase el cuatro para cuatro, pero a la vez debía estar pendiente de achicar hacia delante para negarle espacios a Kochorashvili y Carles. De este modo, el Dépor se encontró varias situaciones defender hombre a hombre. Y claro, si la concentración no es máxima, lo lógico es pecar. Como así sucedió.
Así, el 2-0 de Jeremy De León estuvo lejos de ser un accidente: fue una consecuencia de lo que se estaba viendo. Porque el cuadro deportivista, que estaba haciendo muchas cosas bien, se mostró anticompetitivo en situaciones de máximo riesgo.

El plan podía ser bueno, pero con negligencias similares a las de Pasarón -el gol de Abelenda viene de un fallo idéntico-, saltaba por los aires. Perseguir al par a costa de descuidar la espalda, ampliar intervalos entre las piezas de la misma línea y desproteger el carril central. Errores de bulto insostenibles e incomprensibles en la élite. Errores que restaron seguridad a un equipo que sufrió con los balones a la espalda a lo largo de todo el partido y fue incapaz de defender bien su área en el balón parado.
Regalo, reacción y falta de colmillo
El 2-0 hizo daño al Deportivo, pero no tanto como para zozobrar como se hubiese podido esperar visto lo visto a lo largo del curso. El cuadro coruñés mantuvo sus intenciones con pelota, aunque lo que realmente le ayudó a reaccionar fue el regalo del rival. Iago Indias se durmió tras una recuperación de Svensson muy peligrosa que el catalán y Lucas no lograron transformar -una vez más- en situación de gol. El central local creía tener la situación controlada, pero Villares apareció para robarle la cartera en una de esas presiones altas que le han convertido en el mejor especialista de la categoría en esa faceta.

Con el 2-1 de Yeremay, el partido se iba a la prórroga, pero el Deportivo se subió a la inercia ganadora ante un Castellón que acusó mucho el golpe cuando ya se veía ganador. Desde ese tanto y hasta la salida del campo de Soriano, el Dépor controló la eliminatoria. Supo desarticular a un rival que volvió a desajustarse a la hora de presionar en su fase defensiva. Y con el paso de los minutos, fue el propio cuadro local quien empezó a conceder cada vez más espacios, fruto de su incapacidad para atacar a un bloque coruñés ordenado, pero que no terminaba de aprovechar situaciones de transición muy claras. Incluso de tres para tres.
Le faltó colmillo al Deportivo para rematar el partido más allá del gol de Lucas. Veneno para herir a un rival que agonizaba tras haberse confiado. De la poca competitividad para cerrar el área propia, a la escasa competitividad para transformar en más peligro y goles las facilidades que tenía en el horizonte. Y lo pagó, claro que lo pagó. Porque con el cambio de Soriano por Isi, el cuadro visitante pasó a ajustarse en un 5-4-1 que le restó opciones de estirarse. Por cambiar de estructura y por perder al futbolista que enganchaba, que le hacía salir y que mejor interpreta los espacios.

¿Fue un error? El cambio tenía sentido. Porque el Castellón había metido todo el arsenal en el campo y era importante protegerse. Pero también porque en Riazor esa misma sustitución se hizo tan tarde que pudo costar cara. Lo cierto es que el Deportivo se hundió un poco más, ayudado por el acoso del rival, que quemó las naves acumulando atacantes.
Y así, el gol que le negaba el pase directo al Dépor llegó en un disparo en el que muchos futbolistas protegían con coherencia el área, pero Isi -el que tenía que salir a dificultar el tiro- y Lucas Pérez -quien debía, al menos, molestar al tirador al ser su par- estuvieron demasiado contemplativos. 3-2 en una acción con fortuna, precedida de un pase que se quedó corto para convertir un contraataque en un mano a mano de Max contra Alfonso Pastor. Detalles.

Kuki contra todos y la inferioridad que es excusa… a medias
Entre el 3-2 y la prórroga llegó la expulsión de Mackay, culmen de las negligencias deportivistas por ser ajena al juego. Eso obligó a reajustar a De la Barrera, que dibujó un 4-4-1 en el Kuki era falso extremo derecho y, a la vez, motor de todo. Porque el hispano-uruguayo fue determinante para que el Dépor dominase, con uno menos, al Castellón hasta el gol. No fue que atacase por atacar. Es que fue mejor que su rival en ese tramo. Lo desarboló.
Claves fueron las recepciones de Zalazar entre el extremo izquierdo y un Pablo Hernández al que le quedó muy grande el puesto de improvisado pivote. A base de esas apariciones, Kuki supo atraer rivales y tomar siempre la decisión correcta. Bien fuese habilitar a Trilli, filtrar a Isi a la espalda del centro del campo o descargar hacia el otro lado.

De hecho, así llegó el 3-3. El mediapunta recibió entre líneas, protegió y cuando juntó a varios rivales, descargó con Olabe, que rápidamente giró el juego hacia Saverio para encontrar una situación de uno contra uno. El extremo encaró, apuró línea de fondo y el resto es historia.
El Deportivo había conseguido lo más difícil, pero la sensación era que iba a tener muy difícil aguantar la renta durante 25 minutos. Y así fue. Porque aunque el equipo coruñés defendió los espacios de una manera muy racional, los balones al área fueron un quebradero de cabeza. Ahí faltó contundencia. Y más todavía cuando se trató de balón parado. Justo donde la inferioridad numérica se disipa… el equipo concedió el gol. Un córner fabulosamente colocado por Pablo Hernández y cabeceado por un especialista que se impuso a la acumulación.

El Dépor culminó así, en desgracia, el recorrido de una montaña rusa de emociones que él mismo construyó desde su constante inestabilidad. El guion no fue el mismo que el de los partidos de fuera de casa de la temporada. Pero el final de la película, sí. Aunque con un toque de crueldad que ya roza lo macabro.
