Josema Giménez tiene pinta de buen tipo. De esos con los que te sentarías a charlar de la vida e intentar arreglar el mundo. Por eso a nadie le ha sorprendido cómo lo ha acogido el vestuario del Dépor, hasta el punto de convertirse en uno de los capitanes nada más llegar del Atlético de Madrid.
Pero ya sabéis lo que se suele decir: nunca te enamores de un cedido. Y mira que el bueno de Giménez nos lo está poniendo difícil.
Su seña de identidad es la garra con la que compite cada segundo sobre el césped. Fuera, cada rueda de prensa le suma un poco más de cariño en una grada que empezó la temporada revuelta.
La conquista ha ido por fases. Primero, aquella anécdota de un encuentro casual por la ciudad en el que preguntó dónde se podía pescar. Después, ya vestido de pescador. Y en la semana en la que vuelve al Metropolitano, decidió dar un paso más.
Dejó claro que volver al Atlético no entra en sus planes: «Mi tiempo en el club ya terminó, desde el momento en que salí ya saben que el Atleti es un paso que di al costado. La gente ya sabe que al club no me va a tocar volver, es la realidad no es porque no quiera. Cada vez que vuelva me va a generar unos recuerdos que van a ser imborrables». Y yo, por mucho que me esfuerce en no enamorarme de un cedido, me lo tengo que creer.
Pero no se quedó ahí. Por si fuera poco, habló de morriña, de echar de menos la ciudad: «A Coruña es una ciudad que me enamoró, es increíble, preciosa. Su gente, sus calles, su ciudad, su mar… es increíble. Nos adaptamos muy rápido y bien, los compañeros lo hicieron más fácil. Me fui 21 días a la selección y lo extrañé, quería volverme ya. Pesqué unas lubinitas, A Coruña conoció un buen pescador». A los que pasamos más de una década fuera y acabamos volviendo, todavía nos reconocemos más en esa reflexión.
Mi corazón solo piensa en la opción de compra de final de temporada y mi cabeza insiste en su condición de cedido. Pero Giménez, cuidado con las palabras. Se empieza por la morriña y se acaba echando raíces blanquiazules.
