El Deportivo 0-0 Rayo Majadahonda se quedó en un trofeo escaso, muy escaso, en la puesta de largo oficial del nuevo proyecto blanquiazul, liderado desde el banquillo por Imanol Idiakez. En su coto de caza predilecto y ante un rival bisoño, el conjunto herculino hizo todo bien, menos el último toque. El más importante. El definitivo. Y así, se fue casi de vacío pese a acumular méritos para ganar e incluso golear.
Si las versiones blanquiazules de las últimas temporadas terminaban golpeando en casa a base de paciencia y delicadeza, en un ejercicio más propio de la orfebrería, este nuevo Deportivo empezó a mostrar que quiere ser otra cosa, aunque capaz de asustar igual. Fue ferocidad. Fue agresividad. Fue un lobo, aunque sin dientes.
Un correcalles controlado
El Dépor de Idiakez fue un equipo agresivo con balón, pero también sin él. Esa tendencia podía haber convertido el encuentro de Riazor en un choque de ritmo alto, atropellado y alocado. En un correcalles. Y por momentos pareció serlo. Solo que en una única dirección. Porque a pesar de su propuesta, el Deportivo fue capaz de controlar lo que sucedía en el choque y de no sufrir absolutamente en nada en defensa (pero nada es nada).
¿Cómo lo hizo? Gracias a una presión muy alta que impidió progresar a un Rayo que pretendía salir jugando desde atrás y gracias a una gran activación tras pérdida que cortó casi cualquier opción de contragolpe. Para empezar, en fase defensiva, el Deportivo se estructuró de manera diferente al 4-2-3-1 que desarrolló en ataque. La diferencia estuvo en la posición de Villares. Pareja de José Ángel en el doble pivote cuando el Dépor disponía del balón, a la hora de querer recuperarla arriba, el de Vilalba fue punta de lanza de un centro del campo más parecido al rombo cuando el equipo se encontraba en bloque alto.

Así, el cuadro de Riazor fue a presionar al Rayo en un 4-1-3-2, con José Ángel como encargado de abarcar el inmenso espacio que el conjunto blanquiazul dejaba entre sus puntas y su última línea (la defensa). De este modo, Lucas y Barbero se repartían a los centrales y al portero y con trayectorias de carrera que procuraban negar pases fáciles por dentro. Y por detrás, era Villares quien se emparejaba con uno de los dos medios rivales.
¿Qué sucedía con el otro pivote visitante? Pues que quedaba libre pero sin opción de ser receptor o que estaba muy vigilado por el extremo de turno -ambos se cerraban mucho si la jugada lo demandaba- o por un José Ángel que ‘saltaba’ a costa de dejar libre al mediapunta Claverías.
Porque la prioridad del Dépor era esa: dejar sin posibilidad de recibir a los futbolistas cercanos a balón a costa de soltar al alejado, sabiendo que si el Rayo quería conectar con ese futbolista libre más lejano, tendría tiempo para llegar a acosarle.

De este modo, el bloque local logró cortocircuitar la mayoría de ataques rayistas. Bien fuese desde esa presión en bloque alto, bien fuese más replegado, cuando pasaba a defender en 4-4-2 al que el Rayo nunca le fue capaz de encontrar las grietas ni desde lo colectivo, ni desde lo individual. Tampoco lo logró en transición ofensiva. Porque el Dépor fue agresivo tras pérdida, con los más cercanos a balón activándose rápido para acosar al poseedor y tapar líneas de pase próximas.
Además, si el conjunto de Carlos Cura lograba superar esa primera presión, el Dépor tenía una buena red de seguridad, con José Ángel siempre bien colocado, los centrales muy atentos y ganadores de duelos y al menos un lateral por detrás de balón. Muchos diques para convertir el correcalles en un partido controlado.
A toda pastilla
Fue increíble que el resultado del choque de Riazor fuese Deportivo 0-0 Rayo Majadahonda. Porque si bien el bloque visitante fue incapaz de probar las manos de Germán Parreño, el Dépor sí logró generar mucho volumen de juego ofensivo y ocasiones. Lo hizo desde el ritmo que logró sobre todo en una primera parte en la que el nivel físico todavía acompañaba y el rival, deseoso también acercarse a la meta rival, concedía espacios.
El conjunto de Imanol Idiakez jugó a toda pastilla en esa primera mitad. En pocos pases era capaz de superar las primeras líneas de presión, plantarse en campo contrario y acelerar las jugadas. Al contrario que sucedía el pasado curso, el Deportivo no canalizó sus ataques por el carril central: jugó mucho por fuera.

El equipo se estructuró en un 4-2-3-1 que apenas mutaba en inicio de juego. Villares y José Ángel se situaban prácticamente a la misma altura y en la misma línea longitudinal que los centrales. Era difícil que recibiesen en esas condiciones, pero precisamente eso es lo que buscaba el Dépor: que ejerciesen más como señuelos que como canalizadores de la fase ofensiva.
Así, el Rayo caía en la trampa e iba a buscar arriba a los dos pivotes deportivistas, lo que generaba espacios a espaldas de esa primera línea para que Lucas, Davo, Yeremay o Barbero apareciesen a recibir. El buen pie de los cuatro defensas -sobre todo de los dos centrales- permitía al Deportivo salir.
Pases progresivos y de distancia media, casi siempre por los carriles exteriores, preferiblemente diagonales -son más difíciles de defender y más fáciles de recibir- al apoyo de uno de sus cuatro atacantes, que normalmente tenía bien cerca a otro compañero para jugar un tercer hombre. Así, el segundo receptor descargaba hacia un tercero que ya veía el ataque de cara y la jugada avanzaba y adquiría peligro. Ideas claras y un dinamismo enorme para aprovechar el contexto que planteaba el Rayo.

Una y otra vez el Deportivo explotó ese recurso del tercer hombre para lograr correr incluso en ataque posicional. Aunque sobre todo lo hizo tras cada recuperación. Porque una vez el equipo coruñés robaba, su primer patrón era mirar lejos. Mejor un pase hacia delante que uno de seguridad. En ese sentido, fue clave la activación de los cuatro atacantes de un Dépor que tuvo en la izquierda su lado fuerte. Y es que aunque el conjunto de Idiakez repartió sus salidas por ambos flancos, lo que sucedía en el tercio final era diferente según por dónde discurriese la jugada.
En la derecha, el Dépor se juntó mucho, con Lucas y Davo intercambiando posiciones o Villares descolgándose alguna vez para romper en profundidad. Si ese era el carril elegido, el Deportivo trataba de progresar por ahí o bien juntaba al Rayo en esa zona para generar espacio en el lado opuesto para su elemento desequilibrante: Yeremay Hernández.

Hasta que Yeremay duró
Porque sí, Yeremay fue el nudo y el desenlace de casi todos los ataques del Deportivo. El plan de pegarle mucho a la banda y generarle aclarados para recibir funcionó. Y una vez tuvo el balón controlado, el canario fue imparable… hasta que le duró la gasolina. El nuevo ’10’ deportivista firmó una primera parte colosal. Siempre desde su capacidad de conducción con el balón pegado al pie, generó una y otra vez ventajas por fuera y también por dentro que él o el equipo no supieron culminar en gol.
Así, bien fuese como tercer hombre o como receptor alejado en el cambio de orientación, el Dépor encontró mucho al canario, que pudo ganar el partido desde el penúltimo, el último pase o la finalización. Pero no lo hizo en la primera mitad y en la segunda fue perdiendo presencia. Por un lado, por el cansancio. Por el otro, porque el Rayo se atrincheraba cada vez más y concedía menos espacios.

¿Qué pasó en ese tramo final? Que aunque el bloque locatario siguió generando, le faltaron algo más de recursos. Idiakez decidió apenas tocar nada. Más allá de cambiar al lateral derecho y al punta, su único movimiento que se alejó algo del hombre por hombre fue la incorporación al choque de Mella en el costado diestro por Davo. En teoría, más profundidad. El canterano lo intentó, pero se demostró su incomodidad jugando a pie cambiado.
Tampoco le ayudó un equipo que no logró jugar con el ritmo y las direcciones adecuadas para mover la estructura defensiva del Rayo. Villares y José Ángel ya jugaban de cara por dentro, pero se solapaban en una función que bien podían hacer los centrales. Así, el Dépor prácticamente no tenía referencias por dentro por delante de balón. De hecho, se podía decir que la única era Lucas. Y si no metes el balón dentro para que el rival se cierre, es imposible sacarlo fuera con posibilidades de encontrar una ventaja.

De este modo, cada recepción de los extremos y los laterales era ya incómoda, en igualdad o en inferioridad numérica. Yeremay ya no tenía el oxígeno adecuado en el cerebro y en las piernas como para seguir generando ventajas en un contexto más complicado. Y con su arma más desequilibrante desgastada, el Deportivo 0- Rayo Majadahonda fue inevitable. Porque aunque el Dépor fue un lobo, pero con dientes que, como mucho, eran de leche.
