«Levo aquí tres días e, sobre todo, quero poñer en valor aos xogadores, a ese grupo que está feliz pola vitoria. É un recoñecemento polo traballo feito nestes meses con Imanol (Idiakez) e Mario (Gibanel), hai que poñelo en valor. Un sempre achega algún matiz, pero o traballo estaba no grupo». Estas fueron las palabras de Óscar Gilsanz durante su primera intervención en rueda de prensa después de saldar su atropellado debut con el primer equipo deportivista con un contundente Cartagena 1-5 Deportivo.
Perfil bajo antes, durante y después. Así fue la humildad de un técnico de la casa que no se quiso poner medalla alguna a pesar de la goleada y prefirió recordar que solo desde un trabajo previo y constante puede uno recoger buenos frutos. Le tocó al técnico de Betanzos el día en el que su equipo volvió a mostrar parte de la contundencia de Albacete y, sobre todo, se midió a un rival que, hoy, está lejos de ser competitivo en la categoría.
Hizo bien Gilsanz en otorgar méritos a sus predecesores y a los que jugaban de amarillo, aunque en su haber está el inteligente equilibrio para no revolucionar nada en tres días y, a la vez, introducir mínimos detalles de su sello propio. Estos fueron algunos de los «matices» con los que el técnico deportivista ayudó a fortalecer la confianza del grupo para incendiar el Cartagonova.
El tercer hombre
Diego Villares-Mario Soriano-Lucas Pérez. A partir de ese Triángulo de las Bermudas, el Deportivo de La Coruña arrebató cualquier atisbo de esperanza de sacar algo productivo al Cartagena. Tres futbolistas que no solo generaron constantes superioridades al 5-2-3 del equipo rival, sino que acabaron amplificando el boquete de un rival que trató de ir a presionar arriba, pero careció de la coordinación y la agresividad necesaria para ser mínimamente efectivo en esas lides.
Con Villares ejerciendo de ‘ancla’ absoluta, Gilsanz construyó un centro del campo de 2+1 en el que Mario Soriano fue rotando entre ubicarse a la altura del vilalbés o del de Monelos. No fue ni un doble pivote, ni una doble mediapunta. La interpretación de los espacios concedidos por el rival por parte de todo el colectivo y en especial de Mario condujo a que el Dépor fluyese a partir de una sala de máquinas de tres ejes y tres alturas.
De este modo, Soriano buscó de manera constante la espalda de la línea de presión. Bien para recibir y girarse, bien generar espacios para la aparición al apoyo de Yeremay o Barbero. Mientras con Idiakez el ‘Joker’ partía de una posición mucho más próxima a la del otro pivote en la zona de inicio de juego, Gilsanz le dio más libertad para ejercer de mediapunta jugando de mediocentro y hacer lo que mejor sabe: recibir en los puntos ciegos del rival.
Si el rol de Soriano fue el de ejercer de interior izquierdo cuando el Dépor pretendía progresar por ese sector, de Lucas se podría decir que prácticamente actuó como interior derecho. Sin ese vaivén tan obvio para retroceder a la altura de Villares, el de Monelos fue el tercer escalón del centro del campo amarillo.
Así, con los cuatro defensas más Villares, el Dépor lograba atraer al punta, los dos extremos y en ocasiones los dos mediocentros con los que partió el Cartagena en la mitad inicial. En ese momento, aparecían Lucas o Soriano a espaldas de la tibia presión, demasiado lejos de una línea defensiva de cinco que no avanzaba al son del resto de sus compañeros. Cuando un central o un lateral ‘saltaba’, lo hacía desde una zona tan lejana y con tan poca convicción que el remedio era peor que la enfermedad.
La ventaja estaba generada, pero había que aprovecharla. Y para ello, el Deportivo se valió de manera constante de la acción de tercer hombre. Pase hacia un compañero que ejerce de enlace para encontrar al futbolista que en realidad quería encontrar, pero con el que el primer pasador no podía conectar al carecer de línea de pase.
El cuadro de Gilsanz produjo una y otra vez a partir de este recurso que ya se daba con Idiakez, pero que se extremó ante el Cartagena debido a que el preparador betanceiro buscó que su equipo jugase con pelota algo más junto que el conjunto de Imanol. De querer partirse a propósito para atraer y buscar el pase vertical con más espacios, a tener algo más de paciencia, disponer de algún futbolista más por delante de pelota y no ser tan agresivo.
Esta ocupación del campo con distancias de relación más estrechas permitió asociaciones más cortas para progresar basadas en las recepciones de los dos interiores, pero también de Barbero al apoyo o de un Yeremay que partió más pegado a banda para, si la jugada lo demandaba, aparecer entonces por dentro. Descensos para descargar de cara y poder atacar de frente a la portería y con una línea superada. Un tercer hombre tras otro con protagonismo para un mediocampo que fue, más que nunca, de tres.
Cargar el área
El Deportivo tuvo una enorme facilidad para salir desde atrás de manera combinativa. Pero una vez asentado en campo rival, volvió a repetir esa tendencia a juntarse mucho por los carriles exteriores para desequilibrar. Sin embargo, al contrario de lo que sucedía en algunos partidos durante la etapa de Idiakez, lo hizo únicamente con tres futbolistas.
Así, el Dépor buscaba generar triángulos en los carriles exteriores para encontrar la ventaja desde la buena ocupación tanto a nivel de altura como de pasillos. Todo se basó en la complementariedad de movimientos entre lateral, interior y extremo. Cuando uno recibía en banda, otro daba apoyo por detrás y un tercero solía atacar la profundidad de dentro a fuera.
El cuadro herculino logró fabricar con estas asociaciones secuencias de pase largas y jugadas para pisar la línea de fondo. Y precisamente en dos acciones de pase atrás, encontró el 0-1 y el 0-3. El Dépor de Idiakez también era capaz de disponer de muchas situaciones de este estilo durante sus encuentros. Y más allá del evidente acierto que encontró casi sin tener que llamar a la puerta y que le permitió jugar a su antojo y no a remolque, la gran diferencia estuvo en el volumen de futbolistas en el área.
El bloque coruñés tenía muy claro que debía acompañar las acciones profundas por fuera de soluciones para el centrador. Y aunque de nuevo la llegada a los puntos de remate volvió a ser mejorable, al menos sí cumplió con esa premisa de rellenar la zona de castigo.
La evidencia se mostró en el 0-1, en el que Mario Soriano detectó rápidamente que tras recuperar era preciso descongestionar al lado opuesto para correr y tras una acción de Mella que evidenció las carencias de Jairo, Barbero y Yeremay llegaron para ejecutar.
Sin embargo, fue todavía mucho más palpable en el 0-3, que se gestó con un pase de Helton a Soriano, que era el hombre libre ante la presión algo deslabazada del Cartagena. En pocos segundos, el Dépor aceleró y acabó con Obrador llegando desde el lado opuesto del campo para centrar y Soriano como una de las opciones de remate, junto a Yeremay, Barbero, Mella y un Lucas que estaba en la frontal. De nada vale ser profundo y pisar el área si no concretas.
El Villares más posicional
El Deportivo estuvo muy suelto con balón hasta que bajó el pistón y el Cartagena se metió tímidamente en el partido con los cambios. Clave para ello fue encontrar pronto el 0-1 y poder ir mandando por primera vez en el marcador en la primera parte sin necesidad de remontar, como tuvo que hacer en Albacete. Pero a esa coreografía enormemente coral, en la que cada movimiento tenía un sentido y habilitaba un espacio que otro compañero aprovechaba, se le sumó un buen nivel defensivo.
El cuadro deportivista solo sufrió contras en el tramo final de la primera mitad, cuando su falta de tino en los metros finales dejó sin culminar jugadas muy claras de gol. Sin embargo, en casi todas ellas dio la sensación de tener controlada la situación gracias a un corrector fabuloso: Diego Villares.
Con Gilsanz y ante la falta de mediocentros más defensivos, Villares fue más posicional que nunca en el Deportivo. El vilalbés jugó casi siempre de cara con balón, pero es que además se dedicó a vivir más cerca de los centrales que de los delanteros. Acompañó poco la presión y cuando lo hizo, siempre tuvo un ojo pendiente para no despegarse demasiado de Vázquez y Barcia.
Así, mientras con Idiakez en muchas ocasiones los dos pivotes ‘saltaban’ muy alto, Gilsanz pidió a su centrocampista más protector que priorizase no ser superado por el balón. Villares fue menos agresivo que lo que suele (solía) ser habitual en él, pero también menos que Jurado o Mfulu. La pauta era evitar el pase peligroso dentro, no que su supuesto par recibiese incómodo.
De este modo, a partir de esa capacidad para contenerse, pudo estar más cerca de las ayudas a laterales y centrales y ofreció un espectáculo fabuloso de recuperaciones cada vez que tuvo que correr para atrás o caer a bandas para cortar. Menos vertical hacia delante, pero fundamental en los recorridos en horizontal y en retroceso.
