Todo aficionado del Deportivo recuerda cuándo fue la primera vez que pisó Riazor. La temporada, la jornada, el rival… Incluso detalles como qué tiempo hacía o qué se tomó aquel día en la previa antes de conocer un lugar que no había visto por dentro, pero al que ya podía llamar ‘casa’. Habitualmente estas son sensaciones relacionadas con la infancia, pero también son muchos los que ‘debutan’ en el estadio después de muchos años apoyando desde la lejanía. Con más mérito si cabe.
Ese último es el caso de Chago, deportivista de cuna desde 1984 («botade contas», dice) y que vive su sentimiento blanquiazul desde Entrimo, en el sur de la provincia de Ourense, bien pegado a la ‘raia’ que marca la frontera entre Galicia y Portugal. «Teño a lembranza de ser pequeno cando o ascenso co Murcia e meu pai seguindo aquilo pola TVG, coa grada ardendo», recuerda 35 años después. Fue su padre el que le dejó bien claro lo que tocaba: «Home, claro, neno. Temos que ser dos galegos e o Dépor vai subir a Primeira». En una familia con aficionados de varios equipos, él hacía bandera del blanquiazul.

Este viernes 16 de octubre de 2026 pudo dejar de lado la pantalla y disfrutar por primera vez de Riazor. No habría sido posible sin la tozudez de su pareja (y eso que es del Celta…), de sus hermanas, de sus amigos y, cómo no, de los demás miembros de la Peña Fronte Xurés. Fue así, tras varios intentos abortados por las responsabilidades de la vida adulta, como llegó el día especial: Deportivo – Levante. El momento más especial, la entrada al campo, lo recoge en imágenes la peña. La cara de Chago, padre de una niña de 8 años, reflejaba esa ilusión de quien descubre algo que sabe que ya no va a olvidar.
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«Levábao bastante ben», confiesa pasadas las horas, pero el ambiente estaba claro que no era el de un día cualquiera: «Chegar á Coruña, estar coa miña irmá, daste unha ducha, pos a túa camisetiña, colles a túa bufanda da grandísima Fronte Xurés…». Es el ritual de miles de deportivistas para acudir al estadio cada dos semanas, pero en este caso con el punto añadido de hacerlo por primera vez. El juego quizá no acompañó, pero eso da igual. Lo importante era disfrutar «alí arriba no poleiro, en Marathón, na última fila de todo».
«Entre o que empurra o público, entre que estaba por riba do Riazor Blues, entre que é un campazo… Non sei, pareceume incrible. Sabía que me ía agradar, mais non imaxinaba tanto». Son palabras que no sorprenden a los que están curtidos en mil batallas en Riazor. Pero al fin y al cabo todos aquellos que viven habitualmente la magia de la casa del Deportivo también agradecen saber que los ‘nuevos’ se sienten recibidos como si estuviesen en una familia: «Moitos nenos, moita xente mayor, moita señora e señor da súa casa, moi sano, un ambiente moi sano, moi bonito».
Herencia más que asegurada
Sobre si algún día volverá a Riazor lo tiene claro: «Abofé que si». Pero esa próxima vez será acompañado de dos personas muy especiales: su pareja y su hija. «Xa ten a súa camisetiña do Dépor desde hai uns anos e para este quere a nova co número oito. porque cumple oito anos. Abofé que si, quero ir coa nena. Xa vai no Deportivismo, que ás veces dime ‘joba, papá, é que no cole son todos do Barça e do Madrid’. Eu díxenlle ‘Antía, a min tamén me pasaba o mesmo e mira, ao final o Dépor. Hai que ser dos nosos e da terra. Iso é o bonito, gañen ou perdan, e sobre todo se perden. Porque cando gaña a felicidade é por mil».
