Aranzubia, Hércules y el Can Cerbero

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Tras cinco años defendiendo el cerrojo deportivista, el nuevo arquero del Atlético de Madrid abandona A Coruña dejando un recuerdo intachable entre la grada de Riazor.

Hablemos de Hércules. Sí, el hijo del mismísimo Zeus que, según las imperecederas epopeyas griegas, es también aquel semidiós que logró descender al inframundo para arrebatarle a Hades, Dios de la Muerte, a su feroz mascota. Las tres cabezas que atesoraba el Can Cerbero servían como cerrojo del infierno. Nadie podía salir ni entrar sin su consentimiento. Nadie, menos Hércules, claro, el único capaz de domesticar a la bestia.

En una ocurrente metáfora, la palabrería periodística acertó un buen día en asociar la figura del histórico perro con los porteros de fútbol. Hilando aún más fino, como si de un capricho del destino se tratase, el heróico semidiós que apaciguó a la fiera puede presumir también de tener cierto faro en cierta ciudad gallega. Una torre romana cuya luz giratoria parece recordar a los coruñeses cada noche que, además de sepultar la cabeza de Gerión, esta tierra ha sido y es lo suficientemente fértil como para cultivar una ristra de brillantes cancerberos.

Juan Acuña, Paco Liaño, Jacques Songo’o, José Francisco Molina… La lista es muy larga, pero hablemos ahora de Daniel Aranzubia Aguado (La Rioja, 1979). El ya exguardameta del Deportivo, ahora en las filas del Atlético de Madrid, es el último de una colección de superhéroes con guantes de látex cuya misión era evitar que los humanos reconvertidos en profesionales del balompié atravesasen las redes de Riazor cada fin de semana.

El pasado junio, el infierno de la Liga Adelante volvió a llamar a la puerta del fornido cancerbero. Sin embargo, ni Hades, ni Hércules, ni un solo aficionado blanquiazul pueden ponerle un pero a la encomiable defensa que realizó el arquero riojano sobre el cerrojo coruñés durante las cinco temporadas que permaneció en la ciudad. Ahora, ya enrolado en las filas del combinado colchonero, Aranzubia accede a una tierra que le pertenece por méritos propios. Una tierra llamada Champions League. Una tierra que, por qué no, es en el fondo el lugar al que corresponden esos semidioses ataviados con botas de tacos.

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