Campo de batalla

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Riazor.org estrena nueva columna quincenal, ‘El mediapunta defensivo’. Se trata del regreso de Tomás Magaña, uno de los primeros redactores de este portal.

El verano de 2013 se instalará en la memoria del deportivismo como el más tenso en el cuarto de siglo de mandato de Augusto César Lendoiro. No es que la confrontación y el estrés hayan sido ingredientes escasos durante sus años al frente de la nave herculina: incluso en las noches de vino y rosas, el presidente no vaciló en citarse en el ‘ring’ con quienquiera que obstaculizase su camino. Nunca importó la envergadura del jugador, ex jugador, club o institución de turno; Lendoiro siempre ha tenido los guantes preparados antes de empezar el combate.

No se trata de presentar al mandatario como culpable absoluto de nada. Es obvio que unas veces ha tenido razón y otras no, como cualquiera que ocupe un cargo similar al suyo. Sí creo, sin embargo, que es responsabilidad suya haber adoptado el estruendo como sello de identidad en la disputa. La conciliación no tiene cabida en el libro de estilo de Lendoiro, abocado a enfrentamientos en cuanto surgen las diferencias, inasequible al desgaste en cuanto se siente desafiado, como si no enseñar los dientes en cada desencuentro fuese un rasgo de cobardía. La antítesis del maestro de la guerra Sun-Tzu, que afirmó que no existe victoria más grandiosa que la obtenida sin empuñar las armas.

La diferencia esencial entre los últimos meses y el resto del periodo de gobierno del dirigente reside en la ubicación de los que él considera enemigos: ahora están más cerca que nunca. Primero fue el juez concursal y los pulsos en torno a la interpretación de sus autos, últimamente son los administradores y sus indicaciones sobre el manejo de la entidad. Lendoiro ya no gestiona la batalla aislado en su sillón de mando, sino que parece librar una guerra fría contra quienes se sientan junto a él, compartiendo las cuotas de poder en un club que todavía está en situación crítica.

Cuando quienes luchan son vecinos, el terreno común termina convertido en campo de batalla. Eso es lo que ha ocurrido con el Deportivo durante este verano: ha sobrado tanto tiempo para intercambiar golpes, para medir egos, para colocar chinchetas en butacas ajenas, como tiempo ha faltado para compartir mesa y valorar aquello que realmente está en juego para una ciudad y una relevante masa social. El club y aquello que envuelve y significa, lejos de ser tomado en cuenta, ha sido utilizado en unas ocasiones, ignorado en otras, hasta despreciado en determinados momentos.

La situación deportiva muestra con claridad las consecuencias de lo que ha sucedido y lo que continúa sucediendo. Fernando Vázquez trabaja sobre tierra sin abonar, en algunos casos incluso quemada por la metralla. Hay parcelas para las que ni siquiera sabe si dispondrá de semillas y sistema de riego. A pocos días del inicio de la única lucha que verdaderamente merece la pena, el equipo parece lejos de estar preparado para la exigente travesía. Cito de nuevo a Sun-Tzu: “no existe ningún país que se haya beneficiado por guerras prolongadas”. En la del Dépor aún no se avista el fin.

Sobre el Autor

Periodista, 1985. Casi media vida siguiendo al Dépor a través de radios y medios digitales.

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