Corría el verano de 1992 y el Deportivo se había salvado del descenso a Segunda en la promoción ante el Betis, con la recordadísima frase de «cuánto sufrimos». Era su primera temporada en la máxima categoría después de 18 años. El Dépor parecía, de nuevo, un mero candidato a sufrir lo menos posible para salvar la categoría. Es decir, era lo que había sido hasta entonces. Y lo que después de sus grandísimos años de luz, ha seguido siendo.
Pero Augusto César Lendoiro se revolvió contra la realidad. El presidente coruñés no se conformó e imaginó una nueva forma para su proyecto. Lendoiro quiso que el club diese un paso adelante en ambición y puso sus ojos en el mercado brasileño. Justo cuando ‘La Canarinha’ llevaba 22 años alejada de los focos del Mundial. Justo dos años antes de que lograse su cuarto título, con dos deportivistas como estrellas. Eso sí es puntería.
Aprovechando su relación con Lito Míguez, un coruñés empleado de la banca afincado en Brasil, el Dépor captó a dos talentos consolidados en ‘La Verdeamarela’ y con intención de dar ese mismo verano el salto a Europa: Mauro Silva y Bebeto. El primero, a sus 24 años, acumulaba más de 15 partidos con la selección y apuntaba a ser el gran mediocentro brasileño del momento. El segundo, con casi 40 partidos como internacional a sus espaldas, era un goleador consumado en su país.
¿Cómo era posible que dos talentos así siguiesen todavía en Brasil y ningún grande de Europa los hubiese captado ya? Porque aunque solo han pasado 31 años, la realidad del fútbol actual dista mucho de la de aquellos tiempos. Para empezar, la tendencia de los sudamericanos a salir al viejo continente no era tan acusada -ni tan precoz- como la actual. A ello ayudaba la limitación de extranjeros por equipo -previa a la Ley Bosman-, pero también las dificultades para controlar mercados alejados geográficamente. No había internet y, ni mucho menos, se manejaban la ingente cantidad de imágenes y datos que hoy permiten monitorizar a un futbolista en casi cualquier rincón del planeta.
Pero lo cierto es que Mauro Silva y Bebeto ya eran conocidos. De hecho, estaban a punto de cerrar sus pases a la Roma y al Borussia de Dortmund, respectivamente. Pero el Dépor se adelantó a ambos. Convenció a Bragantino y a Flamengo primero y a los futbolistas después. Y empezó a abrir una vía que ya había explorado de manera menos exitosa con Dinho.
Así, con Mauro Silva barriendo y Bebeto ejecutando hasta hacerse con el Trofeo Pichichi gracias a sus 29 tantos, el Deportivo pasó de ser el 17º a ser el tercero de La Liga en un año. El cuadro herculino se clasificó por primera vez para disputar competiciones europeas. Al curso siguiente, tan solo un penalti le separó de convertirse en el noveno campeón de la historia de la liga.
Un año más tarde, a un nuevo subcampeonato en el torneo regular sumó su primer título, al imponerse al Valencia en la final de la Copa del Rey. A aquella temporada 94/95 Mauro Silva y Bebeto no solo llegaban como referentes del Deportivo, sino como campeones del mundo en Estados Unidos. El centrocampista compartiendo un fortísimo eje con Dunga y Mazinho. El punta, firmando una dupla de ensueño con Romario. Ya eran, sin duda alguna, dos estrellas mundiales que ponían A Coruña, definitivamente, en el mapa futbolístico internacional.
Mauro Silva y Bebeto, números de récord
El Dépor se había afianzado en la élite. Pero Bebeto, cuatro años después, decidió dejar el club. Lo hizo como una auténtica leyenda, con 102 goles transformados en 156 partidos. Una media de más de 25 por temporada que le sirve para ser, aún a día de hoy, el cuarto máximo goleador de la historia del club.
Bebeto fue un futbolista genial, que dominaba todos los registros de remate a pesar de sus escasos 176 centímetros gracias a su plasticidad. Escurridizo, potente, hábil en espacios reducidos, con una interpretación fabulosa del desmarque y un control fabuloso, fue uno de los mejores delanteros de la última década del siglo XX, junto a sus compatriotas Romario y Ronaldo, Marco Van Basten, Weah, Roberto Baggio, Batistuta o Raúl González. De hecho, solo Pizzi, Romario, ‘los Ronaldos’, Forlán, Messi y Luis Suárez han logrado superar esos 29 goles en liga desde 1993.
La categoría de su fútbol se refleja también en ‘La Canarinha’, pues Bebeto es el sexto máximo realizador de su selección, con 40 goles en 76 presencias, un oro y una plata -en 1998- en las Copas del Mundo de la FIFA.
Si Bebeto decidió migrar en 1996 -para no volver a alcanzar el mismo brillo que logró en Riazor- sí siguió Mauro Silva. El de Sao Bernardo fue el hombre capaz de conectar el prólogo del Superdépor con su epílogo. 13 temporadas vestido de blanquiazul avalan la trayectoria de un futbolista que vivió única y exclusivamente en A Coruña en su etapa europea como futbolista. El centrocampista había sido, junto a Fran, el único hombre presente en todos los títulos del Dépor -hasta que la RFEF le concedió la Copa de 1912-.
En esas 13 temporadas, Mauro se consolidó no solo como un mito del deportivismo, con partidos legendarios como su actuación en el Centenariazo, sino como uno de los grandes referentes de la historia del fútbol en la posición de mediocentro defensivo. Y eso a pesar de que desapareció de la selección en 1998, justo antes del Mundial de Francia, al que llegaba en su plenitud con 30 años.
Incluso cuando fue acumulando kilómetros en las piernas su rendimiento no decayó. Porque aunque su físico le ayudaba a cumplir todos los cánones necesarios para ser un maestro en su rol, su verdadero talento estaba en una cabeza capaz de anticiparse a todo lo que luego sucedía en el campo.
A los 37, el Dépor decidió no seguir contando con él y él decidió no seguir dando patadas al balón: ya lo había conseguido todo. Con 459 partidos a sus espaldas, es el tercer futbolista con más presencias en la historia del Deportivo, solo por detrás de sus coetáneos Fran y Manuel Pablo.
Hoy, Mauro Silva y Bebeto regresan al lugar donde se consolidaron como estrellas. Y así serán recibidos. Porque por algo fueron los dos primeros cracks mundiales de un Deportivo que, a sus lomos, pasó de ser uno más a asentarse en la aristocracia del fútbol y convertirse, para siempre, en un equipo histórico.