Un Dépor de encefalograma plano, pero con un corazón de hierro para sobreponerse a los malos momentos y acabar bombeando esa dosis extra de energía que inclinó el choque hacia la meta rival y terminar golpeando. El Deportivo 1-0 Eibar fue, quizá, el peor encuentro del equipo deportivista en Riazor. Porque en la primera parte tuvo un serio atasco ante la presión rival y solo logró dañar en dos chispazos. Pero en la segunda, el cuadro armero logró meter atrás y hacer sufrir al conjunto deportivista.
Entonces, el Dépor se agarró a Helton y a una fe que le sirvió para, junto a los cambios, seguir empujando y soltar amarras. Amagó con el gol en un buen tramo final, pero no fue hasta el añadido cuando encontró el acierto, fruto del pánico que provocó un error de marca del Eibar y de la genialidad de Mario Soriano.
Ante la presión, indecisión
En su segundo encuentro como técnico del Dépor, Óscar Gilsanz volvió a enseñar más matices de una idea que pretende modificar algunos aspectos, aunque sin romper con las bases construidas por Imanol Idiakez. Uno de esos matices tiene que ver con un inicio de juego en el que el técnico de Betanzos está apostando por tres jugadores en una primera línea conformada por los dos centrales y el lateral con menos proyección y mejor pie (Petxa en este caso). Por delante, la figura de un único pivote (Villares) y dos interiores asimétricos en los carriles intermedios (Soriano más cerca de la base, Lucas con menos tendencia a los descensos).
Esta estructura fue bastante similar a lo que se vio en Cartagena, pero el ya extécnico del Fabril dotó de particularidades su plan de partido teniendo en cuenta al rival. La intención de Óscar pasaba por convertir a Yeremay en el enganche real del equipo. El canario debía partir desde el carril izquierdo, pero liberar espacio para las subidas de Obrador a la vez que se complementaba con las movilidades de Soriano. En el trío Soriano-Obrador-Yeremay se sustentaba la mayor amenaza del Dépor para dañar a un Eibar que planteó un bloque defensivo en el que, más allá de alturas, destacaba por su marca hombre a hombre.
Así, el equipo de Etxeberría transformó su 4-2-3-1 con balón en una estructura en la que Puertas, extremo izquierdo, se descolgaba como segundo delantero para presionar a la línea de tres con la que el Dépor iniciaba el juego. Y le salió bien. Tan solo con la presencia del andaluz y de Pascual, el Eibar logró ensuciar los primeros pases de un Dépor incapaz de hacer valer su superioridad numérica con Petxa-Vázquez-Barcia.
Con Villares perseguido por Peru, Soriano por Madariaga y Lucas por Sergio Álvarez, el Eibar tenía no solo los marcajes adecuados, sino también los perfiles de emparejamientos óptimos para provocar que los centrocampistas locales no recibiesen con comodidad. Para el Deportivo resultaba imprescindible encontrar a las siguientes líneas. Y eso pasaba por generar algún tipo de ventaja colectiva.
¿Cómo trató de conseguirla el Dépor? Con el citado movimiento de Yeremay hacia dentro, que buscaba provocar una de dos situaciones: o recibía solo, con tiempo y espacio a espaldas del mediocampo rival, o se llevaba consigo la marca de Corpas, lateral derecho, y generaba un pasillo libre para las subidas de un Obrador que cogía vuelo para no implicarse en la salida de balón y sí poder enfocarse a atacar ese espacio.
Sin embargo, faltó descaro para ir a aprovechar esos espacios. La clave estuvo en una primera línea en la que falló su pieza más fiable en estas lides: Dani Barcia. Porque si bien el trío estuvo lento en la circulación lado-lado, cuando sí se encontraron esos espacios para progresar hacia delante y buscar las rupturas de Obrador que empezó ganándole la espalda a Xeber Alkain, el canterano no terminó de atreverse.
Dani estuvo muy errático en los envíos hacia delante. Según Opta, tan solo acertó 2 de 12 pases largos. Pero más allá de los fallos en los envíos, el problema estuvo sobre todo la indecisión. Desde su lúcido cerebro para conducir y elegir cuando dar el pase y su pie izquierdo privilegiado para encontrar al compañero debía empezar a generarse el triunfo el Dépor. Pero la casa, esta vez, no tuvo cimientos.
Menos presión, pero más sufrimiento
Pese a la poca fluidez de su juego y a la escasísima productividad por su poderoso lado izquierdo, el Deportivo sí dispuso de un par de buenas situaciones de gol en el primer tiempo. Lo logró a través de las rupturas de un David Mella que es un sistema ofensivo en sí mismo, una amenaza para cualquiera que ose plantar su línea defensiva cerca de la línea divisoria.
Con una posición de Lucas tendiente a caer hacia el carril derecho, prácticamente como un interior más adelantado más que como el segundo punta que es, el Deportivo logró encontrar a Mella en su primera acción de peligro. Lo logró porque Gilsanz parece estar por la labor de ubicar a Lucas en ese rol para encontrarlo de cara a portería y que pueda ejercer como lanzador.
Así, de nuevo a través de una acción de tercer hombre que ya fue muy explotada en Cartagena, el equipo encontró al de Monelos liberado y enfocado hacia el arco rival, con tiempo y espacio para conectar con un Mella más situado cerca de la última línea precisamente para romper al espacio en esas acciones. No llegó el gol en ese mano a mano escorado, ni tampoco en una de las pocas transiciones que el equipo deportivista fue capaz de construir durante los primeros 75 minutos de juego.
Ya con los cambios, el encuentro se volvió más loco. Pero antes, el Dépor debió pasar momentos duros. Lo hizo porque parece evidente que otra de las premisas de Gilsanz es ser un equipo menos presionante con respecto a la ‘era Idiakez’. No, el Deportivo no va a dejar de morder -sobre todo tras pérdida-. Pero una cosa es acosar al rival y otra lanzar las líneas muy arriba y prácticamente emparejarse uno para uno en todas y cada una de las acciones defensivas del juego, como sucedía a menudo con Imanol en el banco.
Ante un Eibar que sabe tener el balón pero sobre todo busca ser vertical -y para ello no duda en jugar muy directo si procede-, el Dépor priorizó ser un equipo con las líneas más juntas. Así, volvió a ser habitual ver a un Villares muy contenido a la hora de saltar hacia delante. E incluso Mario Soriano se sujetó. Eso provocó que los futbolistas del Eibar dispusiesen de más tiempo para pensar y ejecutar. Y, por ende, fuesen más precisos.
De este modo, el cuadro herculino parece tender hacia un plan defensivo en el que prioriza esperar más atrás y, por tanto, ceder más la iniciativa y recibir más ofensivas. Todo a cambio de encontrarse más protegido ante las posibles estocadas del rival. Esa circunstancia, unida al hecho de la cantidad de duelos que fueron capaces de ganar los atacantes visitantes provocó que el Eibar amenazase puntualmente en la primera mitad y encontrase un momento de claro dominio en el segundo tiempo.
Sobre todo a partir del balón parado y el centro lateral, el cuadro eibarrés metió atrás a un Deportivo que además, no era capaz de salir. Cuando recuperaba, quería amenazar a la carrera pero no lo lograba. Y cuando iniciaba desde atrás su fase ofensiva, seguía atascado ante la buena presión del rival. Ni amenazaba, ni tenía el balón. Y claro, el equipo sufría y la gente se impacientaba en la grada. Entonces, Helton apareció para ser decisivo y dotar de una vida extra a su equipo.
Los cambios que desatan cadenas
El Dépor vivía encadenado. Pero entonces, los cambios de Óscar Gilsanz desataron al equipo poco a poco. Ya antes de la entrada de Davo, el cuadro deportivista empezó a ser algo más directo, tratando de acumular menos pases y encontrar de una manera mucho más rápida a Mella para que el santiagués se la jugase. Sus cabalgadas, unidas a las recepciones y arrancadas de un Yeremay que se fue entonando en un partido gris permitieron al Deportivo salir de la cueva y terminaron de desgastar al Eibar.
El choque se abrió cada vez más. Era de ida y vuelta. Y ahí, el Dépor se mueve de una manera más natural que en encuentros cerrados. En el ADN de sus futbolistas referencia está acelerar. Y mejor hacerlo con espacios que sin ellos.
Yeremay ya recibía cada vez más solo por dentro, Herrera era capaz de aparecer al apoyo y ofrecer soluciones o de estirar con desmarques más verticales. Y Davo pasó a ser un incordio para los centrales visitantes, más cómodos con un delantero de fricción como Barbero que con un punta móvil con el asturiano.
El viento había cambiado de dirección. Y aunque las ocasiones no terminaban de llegar de manera clara, el equipo deportivista al menos ya no sufría y sí amenazaba. Entonces, ya cuando el tiempo extra dejaba sin margen de reacción a nadie y el empate parecía un mal menor, apareció esa nueva movilidad para producir un córner.
De nuevo desde una acción indirecta de balón parado, llegó el acierto del Dépor, ligado al derechazo de un Mario Soriano que vivió solo cada vez que Lucas y Yeremay decidían sacar en corto desde la esquina. El equipo deportivista lo aprovechó en el último momento y sacó un triunfo de oro porque frente a su encefalograma plano ante el Eibar, echó mano de su corazón de hierro para rebelarse y retomar su esencia.
