Una de las comparaciones más habituales en torno al fútbol es su paralelismo con el ajedrez. Supuestamente apelando a un componente común estratégico, se suele metaforizar con que el tablero y las piezas se asemejan al verde y los futbolistas, como si cada entrenador desde el banquillo fuese moviendo fichas en virtud de lo que hace su rival para ir consiguiendo ventajas.
Sin embargo, aunque comprensible, pocas comparaciones están tan alejadas de la realidad. El fútbol se parece al ajedrez lo que un huevo a una castaña. Sí, ambos son alimentos. Sí, ambos proceden de seres vivos. Pero hasta ahí.
Lo mismo sucede con ambos deportes. Porque mientras en el fútbol son los constantes y sincronizados movimientos de 22 futbolistas en torno al balón lo que va determinando cada situación -algo que provoca que no haya dos acciones iguales-, en el ajedrez todo es mucho más cerrado. Al margen del evidente tiempo para pensar cada elección, solo se puede ejecutar un movimiento. Y este es limitado en función de las características de la pieza: el alfil, en diagonal; la torre, en horizontal y vertical; el caballo, en forma de ele…
El fútbol no se parece al ajedrez salvo si quien está jugando es el Dépor que se vio el pasado domingo en Riazor. Porque en el Deportivo 1-1 Sestao River, el conjunto herculino pareció competir en un tablero verde de 105×68, con once piezas de rango de acción tan limitado como desacompasado. Nunca dos movimientos a la vez, como en el ajedrez. Siempre esperar a ver qué hace el compañero para, entonces, actuar.
Pasividad, parálisis y falta de agresividad con y sin balón. Un bloqueo extremo que no puede tener que ver con cuestiones de fondo físico o dejadez tras lo enseñado una semana antes en Barcelona, pero que llevó al equipo a completar su peor partido en casa contra un rival que, con muy poco, puso en demasiados aprietos al Dépor. Quizá porque no hay peor enemigo que uno mismo.
Invente Yeremay, invente
Como si de Juan Román Riquelme se tratase, el Deportivo de La Coruña volvió a tirarse a los brazos de Yeremay Hernández esperando que el canario resolviese la papeleta. Fue tan arriesgado su concurso no solo como titular, sino durante los 90 minutos como comprensible por parte de un Idiakez que puso por delante la integridad de su cabeza como técnico del Dépor al físico del chico.
El preparador vasco volvió a apostar por un 4-4-2 en el que Villares era más segundo punta que Lucas en ataque, con Yeremay partiendo desde la izquierda y Davo desde la derecha. Ante esto, el Sestao se estructuró a nivel defensivo en un 4-1-4-1 que en un principio fue muy corto, pero luego fue matizando. De inicio, el equipo vasco posicionó todo el bloque en zona media con apenas 20 metros de distancia entre su primera y su última línea. La prioridad del cuadro vizcaíno era tapar las líneas de pase por dentro hacia Jurado y Sevilla. Tanto que, a costa de eso dejaban libertad a los centrales para iniciar.
La propuesta era arriesgada, no solo por el enorme espacio a la espalda de su zaga, sino porque el poseedor de balón no estaba presionado. El cóctel perfecto para trazar envíos directos. Algo que el Dépor intentó al inicio con dos pases a la carrera de Villares y Davo, pero que ya no repitió más… y que el Sestao terminó ajustando.
Así, sin esa vía que apuntaba a ser tan potable y que el equipo no supo aprovechar en esos inicios, el Deportivo fue buscando soluciones ofensivas que nunca terminaron de aparecer. Con los los dos pivotes muy vigilados, el Sestao River controló muy fácil a un Dépor al que le costaba progresar. Lo hacía en ocasiones por fuera, encontrando la amplitud de Paris. Pero en cuanto el balón volvía dentro y tanto José Ángel como Salva Sevilla podían recibir ya más liberados y de cara, el problema persistía: no había forma de avanzar.

Se supone que jugar sin delantero centro puro debería fomentar las relaciones para asociarse por dentro como contraprestación. Pero en el actual Dépor no está siendo así, salvo que Lucas Pérez se active y rompa a jugar. El juego interior no existió ante el Sestao porque el equipo blanquiazul careció de atrevimiento. Y cuando lo encontró, faltó veneno por miedo a perderla.
Sin una circulación decente para encontrar situaciones que permitan amenazar en profundidad, todo se quedó en alguna jugada aislada y en balones a Yeremay para que este resolviese a nivel individual.
No es mala solución buscar a Peke cuando el partido está atascado. Pero lo recomendable es tratar de encontrarle en alguna situación en la que no tenga que inventarse ventajas desde el control y los primeros pasos. Porque teniendo en cuenta su actual estado físico, si el canario logra salir de ese primer acoso, es probable que ya no tenga oxígeno en las piernas y en el cerebro como para seguir encadenando acciones exitosas. Pero para ayudarle, es importante ofrecerle soluciones y no quedarse mirando, esperando a que él complete el milagro.

Así, durante casi todo el partido, el Dépor apenas fue capaz de encontrar al canario en situaciones de ventaja. Balenziaga le buscó durante todo el choque una y otra vez con pases a su apoyo de espaldas. Pero cuando logró conectar con el extremo de verdad generándole un contexto propicio, llegó el peligro. Un ejemplo fue la acción del Deportivo 1-1 Sestao River.
Ya con el marcador en contra, el equipo fue capaz de engranar la quinta marcha y aceleró en una acción de 35 segundos y 10 pases, de los que 3 fueron para atacar la espalda de la última línea.

José Ángel se ofreció a la espalda de la primera presión y con eso, desencadenó el resto. Conectó con Hernández, que se encontraba ya perfilado para recibir entre líneas en el pasillo intermedio y encarar. Su pase definitivo no encontró a Davo, pero el Dépor cazó el rechace, giró hacia la derecha y encontró en profundidad a Lucas. De nuevo, un segundo envío para hundir al rival, algo que permitió a Salva Sevilla recibir en el pico del área y poner un gran balón para la llegada al segundo palo de Balenziaga.
Una gran jugada con una dinámica no demasiado compleja de repetir: velocidad de circulación, movilidad y priorizar batir líneas cuando hay la opción antes que asegurar el balón y perder todo el veneno. Una gran jugada que el Dépor, ya con la calma de verse de nuevo por delante, no logró replicar.
Ni robar, ni proteger
Si con balón el Deportivo tuvo una total ausencia de agresividad en sus movimientos para buscar hacer daño, algo parecido sucedió sin pelota. El equipo deportivista defendió en 4-4-2, con Villares y Lucas Pérez yendo a presionar arriba casi siempre de manera baladí. Porque el Sestao River, que termina golpeando en largo, tuvo la paciencia suficiente como para acumular pases y provocar las dudas deportivistas.
Al contrario que ante el Barça Atlètic, quizá no era recomendable ir muy arriba a presionar incluso emparejando, ya que con un golpeo directo el rival sale de presión. Si encima es su fuerte, tiene lógica no concederle esa ventaja. Sin embargo, el Dépor se quedó en un punto medio. No terminó de ir a presionar de verdad alto con todo el bloque para no exponerse demasiado. Pero cuando el rival jugaba en largo, estaba expuesto. ¿Por qué? Porque en la zona de la disputa y el posible rechace el Sestao siempre solía tener superioridad. Si no era numérica, era posicional.

Aitor Calle juntó a tres centrocampistas y además, reforzó ese carril central con las apariciones interiores del extremo zurdo Aranzabe. Eso provocó que una y otra vez el Dépor fuese superado en esa zona media a la hora de de quedarse con los balones sin dueño. José Ángel no dio abasto ante la inferioridad y Salva Sevilla estuvo tan bien con balón como mal en esas situaciones.
Esa incapacidad a la hora de defender provocó que el Sestao River se estirase y pudiese vivir lejos del área de Puig durante muchos tramos. Aunque su gol llegó en una acción de contragolpe en la que la incapacidad para detectar el peligro real de la acción generó una laxitud incomprensible en el Dépor.
Primero, Sevilla pecó por exceso al querer ir a robar tras pérdida un balón en la frontal en vez de temporizar. Pese a ello, el Dépor estaba bien protegido y, además, se activó tras pérdida. Pero esa activación inicial no se culminó con verdadera agresividad. Así, Guruzeta salió en conducción de la presión de Balenziaga, José Ángel y Yeremay sin que ninguno de los dos primeros hiciese la falta que pudo hacer.

Luego, Leandro arrastró a Vázquez a la espalda de Barcia, que estaba pendiente de salir a la cobertura de sus compañeros, y abrió el hueco definitivo para Aranzabe, perseguido por un Paris que quizá no hubiese llegado, pero que pareció relajar la carrera cuando interpretó que Guruzeta no podía salir de la encrucijada.
En definitiva, excesos de confianza que provocan errores en cadena por falta de agresividad. Justo lo contrario de un Sestao que no concedió al Dépor, como demostró escasos segundos antes acosando a Lucas en una recepción en campo propio y frenándole en falta. Diferencias que explican partidos.

El caos desesperado
A pesar de la mala primera parte, el Dépor tenía la victoria todavía en la mano. Tan solo debía encontrar ese ritmo que había mostrado para conseguir el Deportivo 1-1 Sestao River o que enseñó por momentos ante Osasuna Promesas y, sobre todo, en la segunda parte ante el Nàstic. Y así pareció suceder en el inicio del segundo acto. Sin demasiada brillantez, pero con cierta velocidad en su circulación, el Dépor encontró un par de veces a un Yeremay que pudo colocar a Lucas Pérez en línea de fondo gracias a ese desmarque tan suyo dentro-fuera.
Sin embargo, una de esas acciones desembocó en un córner nefasto para el Deportivo, que acabó con Parreño despejando el 1-2 tras los 80 metros lisos de Jon Cabo, sin oposición. No hizo falta que fuese gol: la acción volvió a herir a un Dépor incapaz de sostener la embarcación -sobre todo en Riazor- en cuanto viene una mínima ola.

El equipo perdió la dinámica de juego e Idiakez trató de remediarlo con unos cambios que cada vez provocaron más caos. Porque el vasco introdujo la electricidad de Mella, pero lo encorsetó en la derecha. El perfil es incómodo para el santiagués, pero todavía más si en muchas ocasiones tiene que partir desde el carril intermedio y jugar de espaldas. A mayores, entró Hugo Rama por Salva Sevilla. Un cambio a priori ofensivo, pero que terminó de desordenar al equipo.
Sin Sevilla, el Dépor perdió criterio a la hora de iniciar las jugadas. El problema no solo era ya la zona de construcción y finalización, sino incluso en la zona de iniciación. Y todo a pesar de que el Sestao tampoco se fue arriba a apretar demasiado. Rama quiso intervenir mucho, pero no aportó soluciones. Apenas encontró espacios entre líneas y cuando la pidió al pie lejos de presión, sus decisiones encasquillaron todavía más el juego blanquiazul.

Luego llegó el séptimo de caballería, con Kevin Sánchez de ‘9’ para atacar unos espacios que casi eran inexistentes a costa de retrasar a Lucas Pérez y, casi de inmediato, el sorprendente cambio del ‘7’. Con Yeremay fundido, sin tiempo para que Mella sumase acciones en ese carril zurdo aunque fuese apareciendo como lateral izquierdo y con las prisas apretando pero, a la vez, paralizando todavía más, el Dépor se convirtió en un caos desesperado. Ya no es que las piezas de ajedrez se moviesen una a una con trayectorias obvias. Es que, encima, estaban totalmente desperdigadas por el tablero.
