El fútbol es ese deporte en el que puedes perder siendo muy superior al rival. El fútbol es ese deporte en el que los merecimientos cuentan menos que en ningún otro. Todo eso le quedó tatuado, a fuego y con crueldad, al Dépor en el Fernando Torres el pasado domingo. Porque el Fuenlabrada 2-1 Deportivo fue un encuentro que solo se explica desde la propia naturaleza del balompié. Esa que no aconseja a calificar como «sentenciado» un duelo salvo que la combinación de ventaja de goles, tiempo restante, diferencia entre los equipos e inercia del partido se decante de manera obvia hacia el mismo lado.
No le sucedió eso al Dépor en su visita a la Comunidad de Madrid. Y lo pagó muy caro. Porque a pesar de que no tuvo que ejecutar un encuentro brillante, fue capaz de encontrar las debilidades de un rival bisoño a nivel defensivo. Y además, supo maniatar los recursos de un conjunto relativamente plano en lo ofensivo. No exigía tampoco más el guion de partido, en el que el Deportivo fue camaleónico para acumular méritos suficientes para golear. O, al menos, para ganar y sumar tres puntos más que hubiesen cambiado, radicalmente, la visión del choque y, por lo tanto, la percepción del equipo en este inicio de temporada.
El pragmatismo no funcionó. Porque para ser pragmático no vale con parecerlo: hay que serlo también. Y el cuadro de Imanol Idiakez se equivocó. Mucho. Primero, en la finalización. Después, en la gestión de la segunda mitad. Y, por último, en un tiempo añadido que pudo ser un buen archivo comprimido de lo que lleva padeciendo la afición deportivista en estos últimos años.
El cambio funciona
Volvía Lucas al once y el de Monelos entró en el puesto más abierto de la alineación: el de ‘9’. Sin embargo, el ‘7’ no fue un delantero centro al uso. Para empezar, porque prácticamente hizo pareja arriba del todo con Pablo Valcarce, que partía desde un teórico puesto de extremo derecho que nunca fue tal. Y para seguir, porque fue muy habitual que apareciese entre líneas, aprovechando esa presencia del leonés en la última línea, para bajar a recibir y ejercer como enlace.

Lucas fue el enlace sobre el que pivotó el juego asociativo de un Dépor que mezcló mucho su fútbol. El objetivo del equipo coruñés era siempre el mismo: atraer la presión de un Fuenlabrada al que le gusta ir arriba. ¿Qué conseguía así? Estirar al bloque rival y encontrar espacios no solo entre líneas, sino también agrandar los intervalos en una misma línea.
Y se puede decir que lo consiguió. Para empezar, porque el Fuenlabrada picó en el cebo. El equipo madrileño se posicionó alto, en 4-2-3-1, yendo a buscar a un Deportivo que dejaba a propósito sin altura a los los Pablos, a los dos laterales, a José Ángel y, en ocasiones, hasta a Villares. De este modo, obligaba a acudir al rival con muchos futbolistas. Y cuando el conjunto azulón ‘saltaba’ a por los centrales o el portero, que la tocaban de manera horizontal para provocar precisamente eso, llegaba el golpeo directo.

Así, con el juego largo desde -principalmente- Germán Parreño hacia Valcarce, Lucas y Davo, flanqueados por Hugo Rama, el Dépor fue capaz de progresar. Bien fuese al espacio, bien fuese en el duelo aéreo y bien fuese, sobre todo, a partir de las segundas jugadas. El Deportivo juntó mucho a sus atacantes para generar más probabilidades de ganar balones en los que tenía muchas opciones de resultar perdedor al no disponer de un referente como Iván Barbero. Corrigió su evidente déficit en las acciones por alto con la pizarra.
A ese juego más directo más largo el equipo deportivista sumó, en algunos momentos del primer tiempo, pases más intermedios. Sobre todo por dentro, si el equipo encontraba la línea para que los centrales conectasen con los apoyos de Lucas o Valcarce. Ambos se entendieron bien durante buena parte del choque y se repartieron los espacios. Si tú vas, yo me quedo fijando a los centrales para que recibas solo a espaldas de la defensa. Y a correr.

De este modo, sin demasiados alardes, el Deportivo evitó pérdidas en zona de iniciación y se adaptó a un césped irregular y a un rival que quería incomodar, pero a costa de dejar demasiados espacios.
La clave está en la defensa
Aunque el Dépor estuvo relativamente en su fase ofensivo durante buena parte del choque, la clave de la mayoría de sus situaciones de gol que tuvo en el primer tiempo estuvo en la defensa. El conjunto herculino castigó una y otra vez al Fuenlabrada en las transiciones ofensivas. Y lo hizo así porque sin balón funcionó muy bien.
El Deportivo fue capaz tanto de controlar al Fuenlabrada de todas las maneras durante casi todo el choque. Por un lado, en su juego directo. El equipo herculino minimizó el habitual envío a Fer Ruiz -extremo derecho- para peinar hacia un Sotillos -lateral derecho- que coge mucha altura o encontrar a los puntas. Y lo hizo por pura aplicación posicional y convencimiento en los duelos. En ese sentido, tuvo su trascendencia la figura de un Davo tan pésimo a nivel ofensivo como sacrificado en perseguir a su par y evitar una superioridad que el Fuenla busca constantemente. Tanto que (spoiler), al final, le salió.

Aunque los jugadores de verdad claves fueron los dos mediocentros. Diego Villares y José Ángel Jurado fueron capaces de evitar que la defensa estuviese protegida ante envíos directos. Una importancia que se multiplicó cuando el Fuenlabrada no apostó directamente por el juego en largo y trató de progresar con un fútbol algo más asociativo.
En ese contexto, el Deportivo fue capaz de posicionarse de tal forma que con cuatro jugadores marcó a seis. Porque los dos extremos, Lucas y Rama evitaron que el Fuenla progresase a partir de sus centrales, su lateral izquierdo y sus mediocentros -Galindo por dentro y Bravo, lateralizado, para darle vuelo a Sotillos-. La solución pasaba por encontrar por encontrar a alguien que apareciese en el carril central.

Pero ahí, cuando el Fuenla buscaba jugar por dentro, surgieron Diego y José Ángel, que brillaron en el acoso. Se repartieron espacios y marcas, midieron bien distancias para amenazar al posible receptor sin alejarse demasiado de los Pablos y eligieron la temporización y la acción agresiva correcta para robar. Así, pusieron a correr al Deportivo, que se hinchó a contragolpear a partir de estas y de otras situaciones, pero no mató el partido en una primera mitad en la que su intensidad, como es lógico, fue decayendo.
Equivocarse
El Deportivo no remató a su rival cuando dispuso de las ocasiones en la primera mitad. Y se empezó a equivocar mucho en el segundo tiempo. Siguió haciéndolo en la finalización, donde emergió la figura de un gran Belman para seguir salvando a su equipo.

Aunque más allá de la manida definición, estuvo la gestión del encuentro por parte de un Dépor que empezó a sentir menos control en torno a lo que sucedía a partir de ir acumulando errores. Y eso que la entrada de David Mella para aprovechar unos espacios que cada vez iban a ser más evidentes tenía todo el sentido. Pero al equipo coruñés le faltó poso.
Por un lado, apenas tuvo momentos de largas posesiones. Y cuando las tuvo, quizá pecó de falta de colmillo. No se trataba de tenerla por tenerla, sino de tenerla para encontrar el momento preciso en el que golpear. Así, fueron bastantes las situaciones en las que la jugada requería un pase vertical para aprovechar el enorme espacio a espaldas de la zaga. Ese pase nunca llegó. O si sucedió, fue malo.

Mientras, en otras ocasiones, el equipo se precipitó buscando precisamente ese envío definitivo cuando, quizá, el contexto exigía más paciencia. Esa mala toma de decisión generó pérdidas que le restaron dominio a un Dépor que, además, perdió cohesión a la hora de ir a disputar los envíos directos. Hugo Rama ya no acompañaba tanto y las distancias de Lucas Pérez, Valcarce y Mella eran mayores. Los tres delanteros del Deportivo ya no estaban tan juntitos para, al menos, tener opciones de ganar segundos balones.
De este modo, entre situaciones claras que se perdieron en el limbo, un equipo que no terminaba de domesticar un partido que estaba propicio y le daba vida a otro que no era capaz de generar nada -más allá de acciones muy puntuales-. Al menos, el choque iba muriendo y parecía que los tres puntos estaban casi en el zurrón.

Pero nada más lejos de la realidad. De un contragolpe evidente que fue mal ejecutado llegó un envío directo hacia Fer Ruiz en el que Mella no controló del todo a Sotillos y le permitió centrar -he aquí el spoiler-. Envío sin remate, segundo centro, todos mirando hipnotizados el balón y Benito rematando solo.
El 1-1 era un drama, pero pronto se convirtió en una tragicomedia con el segundo tanto, inexplicable de principio a fin. Jugada de gol que no acabas, pérdida, mala activación tanto del último hombre para perseguir al receptor como de los que están en el área para regresar, permitir que un jugador en carrera encare a tu compañero, dejarle pasar sin oposición y preferir no hacer una falta de roja a costa de evitar un mano a mano. Una acumulación de errores surrealista.
Así, del Deportivo sólido y funcional, que cubre el expediente para ganar sin alardes en Fuenlabrada, se pasó al desastre. Lo que se hubiese podido entender como una victoria de equipo capaz de adaptarse a todo y con ciertas hechuras de campeón pasó a ser todo lo contrario: un Fuenlabrada 2-1 Deportivo que deja al colectivo blanquiazul envuelto en las dudas de sus paupérrimos números, su falta de eficacia, su pérdida de solidez y su mal de ojo con las lesiones. Porque para adquirir cualquier condición, uno no solo debe parecerlo, sino demostrarlo.