Azul Sevilla

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Regresa ‘Alta Definición’ con el Betis-Deportivo del lunes a las 22.00, la lucha por la salvación en el horizonte y un recuerdo de cuando Mel armaba el éxito.

Una luz tenue y pálida, fría casi, ocupaba el local mientras Coltrane se mezclaba con el golpear de las bandejas, sorbos de vino y susurros que se perdían en la piedra. Todo era tan idílico que daba grima. Ella me lanzó esa sonrisa suya y nos tiramos a la calle, a perder la calma en una botella, a hablar de mil mierdas, a romper las horas.

Coruña es especial, tenéis vuestra burbuja, no miráis más allá ni queréis hacerlo. Vivís en una burbuja, al calor de casa. Mírame a mí, me lancé y aquí estoy. Aquí estamos. No te hubiera conocido si no. Hay que ser valiente –e hizo una pausa larga, casi tímida, en su pobre castellano-. ¿Vas a venir conmigo? –me preguntó en el tono que tienen esas conversaciones que no llevan a ninguna parte. O al menos a mí me parecía que no llevaba a ninguna parte. Solo la miré. Sus ojos siempre brillaban. La miré hasta que sonrió y no pudo frenar. Nunca podía. Nunca podíamos.

Coruña y la burbuja. Incluso lo extrapolo ahora al fútbol, a la pasión de la gente, a esa manera tan ‘especialita’ de ser que tenemos. A esas guerras tontas nuestras, a ese apoyo irracional de videos y canciones. Mallorca, Vigo o Zaragoza son un chiste al lado de esto. No le faltaba razón a la rubia. Tenía razón muchas veces, más de las que a mí me hubiera gustado. Menos de las que desearía en realidad, creo. Compartimos el sol y despedimos Castilla en vuelo para atravesar Despeñaperros hablando de la aventura andaluza de Joe Strummer, del impacto de Cantona y lo que le ponían los futbolistas rudos y la voz del tipo de Stereophonics. Fantaseando camino del sur con nuestras noches eternas en el norte a la lluvia de una terraza se nos hizo Sevilla.

No solo era cautivadora, además camelaba. Si no, ¿a cuento de qué aquellas entradas? Ya era el Betis de Mel, pero todavía era una larva. Ahora la mariposa, aunque frágil, vuela en su belleza y yo me acuerdo de aquella noche en el Benito Villamarín. Aquella noche con más luz que mil días y la mecha que se prende de nuevo cada vez que una verdiblanca aparece en escena. Además, siempre he sido más de Heliópolis que de Nervión. Ahora más si cabe, claro. Y más aún con esa animadversión mía hacia todo lo que huela a Del Nido. Supongo que puede no gustarme el Sevilla pese a ese hermanamiento repleto de amor fraternal entre aficiones, ¿no? Es que uno con estas cosas ya se pierde porque, por ejemplo, se podía animar al Dortmund anteayer frente al Madrid pero no hace dos semanas contra el Málaga porque Ricken nos hizo pedazos en aquella prórroga maldita veinte año atrás. Andate a cagar, yo me quedo con el fútbol y no con rivalidades ficticias. Me quedo con el rechoncho y jugoso Mario, con la clase de Robert y la verticalidad de Marco. Me quedo con ese Betis de las fiestas de Benjamín, ese de Lopera balbuceando en su locura y Joaquín con la finta y el sprint. Ese Betis que te lleva a Triana. El de Vidakovic y Cañas el original, aunque el ‘pelocho’ la rompa. El del central gordo de los cromos y las camisetas Kappa. El de Oli con su cara de lunes tan cerca del suelo haciendo goles. Alfonsito con sus Joma blancas ya no me ponía tanto, pero Finidi festejando en la esquina con el sombrero era droga pura. Y en este 2013, el Betis vuelve a fetichear la Liga. Vistoso y agradable en fase ofensiva, de colores y vértigo en transición, su juego se viene prestando a noche de viernes con cañas, música y gritos. Sin embargo, es tramposo, pues la aparente alegría esconde el control. La evolución de Mel. La máquina inestable está construida ahora en cemento y cubierta de brillantes; consistencia y velocidad, tedio y ritmo en transposición. ¿La posesión? ¡Para qué cojones quieres la posesión si puedes atravesar al rival a puñaladas!

Volvíamos en coche. Ella conducía y yo me perdía en el sol suave de las ocho. People are Strange y a su voz en mi oído le faltaba un bombín y bailar como Alex DeLarge. De tan sensual hacía daño. Aquellos ojos de ese azul que tiene el Atlántico en el Matadero las tardes de verano, aquella sonrisa comprada en el infierno. Ya aparecía ‘A Coruña’ en los cartelones de la autopista y yo sonriendo como un gilipollas. En el horizonte se alzaban Os Ancares, ya todo era verde. Ya estábamos en casa, ya todo era nuestro. Love me two times baby, one for tomorrow, one just for today. Love me two times, I’m gonna away…Y el teclado psicodélico de Ray Manzarek arrasando con todo.

No recuerdo el resultado del partido, casi ni siquiera quién era el rival. Tampoco sabe el Dépor tampoco qué Betis se encontrará el lunes en la Sevilla post Feria de Abril. Irregular y aún así por encima de sus posibilidades, los verdiblancos llevan de fiesta en La Madrugá desde el derbi de la primera vuelta. No obstante, pese a la algarabía, oscilan todavía entre quedarse danzando en el filo europeo o bajar a pasar la resaca en la más absoluta de las nadas, por lo que el choque se presta accesible. Más aún pesando las necesidades. Una victoria es la paz entre semana y una rave el sábado en Riazor para mandar toda esta angustia a tomar por el culo.

Envolví un Albariño en una camiseta del Betis y dejé la botella en su puerta. Semejante imbecilidad. De hecho, según bajaba las escaleras ya me iba arrepintiendo. Con suerte no agarra la referencia, pensé luego; si ni siquiera bebimos Albariño. O quizás me llame, hace más de mil años que no nos comemos la ciudad. Ella sigue en la ‘burbuja’. Intentó escapar varias veces, pero siempre encontraba una excusa para volver, para quedarse. Como muchos para no marchar. Y cada quince días va a Riazor, claro. Juro que tengo algo que ver con eso. Quizás hasta esté en Sevilla este fin de semana. Y a cada trago a la vera del Guadalquivir se acordará de mí. Y a cada gol blanquiazul en el Villamarín brincará por mí. Y aún con la cara pintada y una sonrisa en los ojos, volverá a casa gritando ‘Sí se puede’ por la ventanilla con The Doors bailando entre el humo.

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