Doce de doce

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Dos semanas y seis puntos más después, vuelve Alta Definición a Riazor.org.

El derbi fue un incendio, en Mallorca las llamas seguían ardiendo y el Zaragoza no consiguió más que a avivar la resurrección. El sábado, para culminar el avance, arrasamos Valencia a trallazos de napalm. Pero casi perdemos al general. Porque a Fernando Vázquez, al bueno de Fernando, cualquier día lo engullen las masas y no le vemos más. De tanta euforia, se lo acabarán tragando. Juro que cuando se acercó a la grada tras el partido lo vi desaparecer por unos instantes en un vórtice de deportivismo desmedido, un agujero azul y blanco deseoso de su carne; él, pequeño, enjuto y feliz, daba vueltas hasta deshacerse y fundirse en un todo con la hinchada mientras los cánticos continuaban sin cesar. Pero, tras el baño popular, bajó las escaleras radiante con una bufanda en la mano animando al personal y ya me quedé mucho más tranquilo. Más tarde se nos apareció apretando el puño y gritando desaforado en la puerta de un autobús. “Claro que se puede, por supuesto que se puede. Al Bilbao, al Bilbao”, berreaba desatado, subsumido en tal éxtasis victorioso que volví a temer por su bienestar. Aún lo hago cada vez que veo las imágenes repetidas y pienso que esa vena hinchada, a su edad, no puede significar nada bueno. La satisfacción de resucitar a un equipo sin alma, supongo; de ‘subirlo a planta’, que diría él. Y gran parte de la afición sigue la línea de optimismo y euforia retroalimentada, conformando así una comunión mágica, una unión mística maravillosa que usa las victorias como LSD y al de Castrofeito como chamán canalizador. El Chamán de Castrofeito (?). El logro era impensable y ahora cuesta incluso creerlo, por lo que hasta resulta comprensible. Pero estas relaciones tan tremendistas y pasionales suelen acabar con una maleta en la puerta, si no con ella directamente arrojada por la ventana.

Será que soy yo raro o el miedo a lo que todavía resta por puntuar me invade, pero la cautela no me deja ir más allá. Por eso -llamadme loco si queréis- todavía veo precipitado levantarle una estatua al pequeño chamán con gafas. El deportivismo necesita de ídolos más allá de Valerón, pero casi mejor dejar que asienten, pues los pies de barro y el fútbol no guardan buena relación. Ni con el fútbol ni con casi nada en esta vida, claro. No obstante, cierto es que El Profesor, co formigillo no corpo y la ilusión de un niño, ha enrachado 12 de 12 y nos ha dejado a todos con un puestazo tremendo, en una suerte de Miedo y Asco en la lucha por la permanencia. Colocado hasta arriba lo normal es no pensar con claridad y magnificarlo todo. De ahí las tallas con su silueta, supongo. Vamos, que se entiende la euforia desmedida. Y, la verdad, una efigie en bronce de Fernando agitando los brazos con las piernas en semi vuelo tendría su gracia. Mucha. Además, por si la hazaña por sí sola no se antojara suficiente para la exaltación del vazquismo –vaya, el vazquismo-, el mister es gallego, deportivista, con un discurso cercano -por así decirlo- y un historial que trae la apuesta por la cantera consigo. ¡Coño, cómo no le van a bancar! ¡Cómo no te vamos a bancar a muerte, Fernando! Hasta mi madre, que es de esas personas que aborrece tanto el fútbol que lo mataría –y con tortura mediante- si pudiera, coge el teléfono solo para decirme lo riquiño que es cuando lo ve brincando por la tele. Y ahí ya no sé bien si reir o empezar a pensar que despierta en la gente sentimientos parecidos a los que provocaba Arsenio. Cuando me decanto por lo segundo, tiemblo un poco y un escalofrío, así profundo y hasta doloroso, me recorre de arriba a abajo. Ya luego enciendo un pitillo, pienso que la resaca que llevo puede tener algo que ver y se me pasa; pero así, de primeras, el susto es tremendo.

No se trata de quitarle méritos, sino de ir paso a paso. De hecho, no se me ocurre entrenador más adecuado para la siguiente temporada, esté el equipo en Primera o en Segunda. Supongo que ni a mí ni a nadie. Se lo ha ganado a pulso. No teníamos nada y ahora lo tenemos todo. Firmábamos dignidad y, sin embargo, los rivales nos ven ahora hasta salvados. Y de la mano de Fernando. Hasta el más reticente a entrar en la causa está ya metido hasta el cuello, aunque los que reparten carnets y grados de deportivismo bramen por los que antes pensaban que la salvación era prácticamente una utopía. De hecho, todavía dudo de si dejarán a los dudosos seguir siendo del Dépor y entrar al estadio. Tiene que haber de todo. Buceen por Twitter si no. Volviendo al vazquismo, por si fuera poco lo anterior, el equipo juega bien. Muy bien por momentos. O si no es eso, que uno siempre duda, al menos lleva cuatro jornadas siendo superior al rival, futbolística y físicamente. A estas alturas de la temporada, dónde los talentos volubles se esconden y el plano mental impera más que nunca, eso es mucho. No es lo mismo ganar en el 92’ de aquella manera que imponerse como lo está haciendo este Dépor, que en el Ciutat de Valencia parecía Brasil del 70. Bueno, sí, reconozco que del puestazo todo se magnifica. Pero al segundo gol, el de Pizzi, le faltó tan solo la musiquita de caballería que ponen en la NBA. ¡Tururu-tutu! Y manos gigantes de espumillón y nachos con salsa y todos de pie. Showtime herculino. Velocidad, talento y pegada. Por suerte, solo hubo gritos y blanquiazules bebiéndose el sol mediterráneo en cada tanto. Hasta parece haber revivido Oliveira, compromiso y gol de killer mediante, después de pasarse medio año vagando por La Algaba. ¿Dónde está el secreto? ¿Dónde coño está el secreto?, se preguntarán noche tras noche, en la cama mirando al techo, Jiménez, Resino, Manzano o Alcaraz. Que, por otra parte, puestos a elegir enemigos, estos cuatro jinetes del Apocalipsis no están nada mal. Lo del secreto lo sabrá Fernando y su ilusión –macerada durante seis años su ilusión es inabarcable-, si es que lo sabe, porque tampoco ha parido complejidades tácticas ni se ha embarcado en experimentos extraños o Andreses Santos; no está ahí su mérito (o quizás sí, pero por omisión). Preparó al equipo en tres semanas, procuró resguardarlo, asentarlo y ponerlo a tono para afrontar los duelos claves. Luego del tanteo, se lanzó a mantenerlo junto, unido y con confianza para ser valientes en ataque y aprovechar la calidad de los hombres de arriba. Eso, transmitir su fé y poner a los que tienen el fútbol en las botas, que no es poco. Porque no, no es casualidad que 22 puntos de 29 puntos hayan llegado con Juan Domínguez de inicio sobre el césped (ya saben, aquí uno de #LosJuanDominguistas). Y Valerón. Siempre Valerón, claro.

Así pues, desahuciados y perdidos, casi entregados a un final tortuoso con la más absoluta nada como meta, cuatro semanas atrás éramos Frank Gallagher en busca de un trago en el Alibi a las once de la mañana. Ahora, tras incendiar el Ciutat parece que acabemos de salir del Rush agarrados a lo más parecido a Mónica Belucci que nuestros ojos hayan visto en directo. Triunfadores de entre los escombros de Primera y todos los focos puestos en nosotros. Todos nos admiran, todos nos envidian. Coño, hasta subimos la escalera con garbo de galán. Trasnochado, eso sí, pero galán al fin y al cabo. Sin embargo, ni siquiera hemos pasado aún del primer mordisco en el labio. Todavía podemos vomitar en la puerta o que nos larguen para casa con una bofetada. Por eso ganar al Athletic se antoja vital para seguir en la fiesta, pues un paso en falso y de nuevo con el agua al cuello, con Sevilla en el horizonte y Simeone desplegando sus tropas en Riazor. Y ya no sé si por la resaca de la racha triunfal o el miedo a perder el botín, o las ciento y un mil lesiones, confianza no reboso. Será que algunos siempre nos tememos lo peor o que yo me asuste con cualquier cosa, que también puede ser. En las malas, no quedaba más opción que ser optimista, pero ahora…Con un cofre lleno de tesoros, caminar por el desfiladero es, cuánto menos, peligroso. Y la travesía es larga y no apta para festejos prematuros, que está la cosa un poco desmedida. Casi tanto o más que el apoyo. Porque los ‘Bienvenidos héroes’ y los recibimientos en el aeropuerto me provocan cosas parecidas a las de las estatuas: las veo algo excesivas por ahora. Que si llegaran de Vietnam, aún; pero ni se enfrentan al Viet Cong cada semana ni se le parece, por lo que tampoco es necesario recibir a los ‘héroes’ en el aeropuerto semana sí, semana también, llenándolos de besos y abrazos, cargando sus maletas y llevándolos a hombros. Porque el siguiente paso es ir a su casa, prepararles la cena, un baño de espuma, ponerles el pijama y arroparles antes de dormir; beso en la frente, apagamos la lamparita y hasta mañana. De todas formas, cada quién es libre. Y como alguien que brilla en su coherencia me decía hace semanas, cada uno expresa su deportivismo como quiere y puede. Touché. Y, al fin y al cabo, qué coño, si hay que arroparles por las noches, se les arropa, que ya dice el refrán que se atrapan más moscas con miel que con vinagre. Y así, en olor de multitudes, baños de apoyo, mimos y demás, parece que se va pudiendo. Brindemos por Fernando.

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