Entre Pepín y Miroslav

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Vuelve Alta definición y Adrián Calviño nos habla de Djukic, de Kaká, del Dépor actual y de un entrenador que tuvo cuando era niño.

Decía Pepín, un entrenador que tuve en cadetes, que al fútbol se juega con la cabeza, pero que si no tienes pie, no hay nada que hacer. Hoy en día aún no sé qué nos quería decir con eso; a nosotros, unos mocosos que rara vez escuchaban. O si lo decía por algo tan siquiera. Quizás no pasaba de ser la típica frase, recurso infinito, de entrenador veterano, tan encantado de que todo le cansase, tan de vocación imperturbable curtida en tierra y lluvia. Mano de metal, corazón esponjoso, espeso bigote lleno de despejes y goles feos. Quizás la había aprendido alguna noche atrás en la tasca, viendo al Dortmund fosforito de Möller y Sammer con Manolón, Cartelle, cuatro vinos y muchos Ducados. Quizás era, y sigue siendo, una máxima irrebatible y clarificadora. O quizás simplemente quería subyugar a algún perdido que pasaba los minutos deambulando por el campo, quién sabe si imaginando jugadas o pensando en los problemas de matemáticas, de esos que escapaban de la pelota como si fuese una granada sin anilla porque su vida estaba en otro lugar. Joder, ahora que lo pienso, tal vez era al revés: para jugar al fútbol se necesita pie, pero se juega con la cabeza. Seguro que él tampoco se acuerda ya. Fue aquella una época de frases raras en mi vida. Una novia que tuve me dejó por otro con un acertado y elocuente “lo importante es participar”. Menos mal que yo estaba solo por participar.

Sin embargo, por necesidad e historia, por el escaso nivel alrededor y la deuda Kraken, el objetivo de este Dépor no es participar; se quieren empeñar en que no lo sea. Y el problema de este Dépor, también virtud según el prisma, es que es de mucha cabeza y poco pie. No sabemos todavía, a principios de noviembre, pretemporada escalonada mediante y marejada institucional en curso, hasta dónde puede alcanzar el cóctel. Frío y calculador, como Marta a sus 15, el herculino es un conjunto resultadista y provechoso, eficaz, de rendimiento excelso; aún cuando escapan muchos y otros se entretienen en Yupi cuando la pelota se viste blanquiazul, quién sabe si pensando que su vida está en otra parte o su rol en otro lugar. El talento escasea, tal vez por falta, tal vez porque está mal distribuido, tal vez porque todavía no está desarrollado. Pero tal vez es pronto para hacer cábalas. Contra el Castilla bastó algo de empaque y un par de detalles. Más que suficiente. Demasiado teniendo en cuenta los retales y los canteranos. Mucha cabeza, poco pie, 20 puntos y tercera plaza. Cero reproches a la cosecha, tampoco al esfuerzo. Que no estamos tan mal, ¿no?

A todo esto, yo era de los de sin pie. O sin mucho pie, vaya. Pero siempre encontraba mis soluciones. En otra de esas frases que se movían por el barro, las duchas de azulejos gastados a dos colores y los toallazos a traición, se encontraba el secreto de los defensores: o pasa el balón o pasa el jugador, nunca los dos a la vez. A mí me lo dijo siempre mi padre, llegaba ya aprendido. Y eso que yo quería ser Djukic –qué elegancia, qué porte, mito erótico de treintañeras-, pero claro, con esas directrices y tan poca calidad, me salía algo así como Kaká Bezerra en una especie de flashforward onírico húngaro-brasileño-coruñés. Fernando lo pidió pronto, al tiempo que abría el telón, pero desde fuera se hace difícil creer en un tipo que repite partidos toscos y romos, lentos y hasta inseguros. La experiencia, esa palabra tan prostituida, esa cualidad tan vilipendiada. Qué miedo ir a por gambas a Huelva con Bezerra cubriéndote las espaldas y enfrente el líder, Hércules 2011 2.0. Yo pondré su cromo del Videoton junto a la foto de un Miroslav veinteañero subido a su excavadora. Por si acaso. La de Insua ya lleva ahí todo el año, justo entre Naybet, el serbio y un par de velas.

Al menos, y no como a mí, le sale al Dépor en defensa todo lo que pretende ser. No juega con fuego, no inventa nada. Simplemente, arropadito y cuidadoso, defiende. El capital de riesgo de Oltra convertido en depósito de rentabilidad regular. Ojalá Fernando Vázquez en las conversaciones Novagalicia Banco Sabadell. ¡Pásala al otro lado! En ataque es otro asunto. Cuesta combinar, crear, llegar o ser vistoso. El chamán todavía sigue frotando la lámpara semana tras semana, buscando sin cesar algo de peyote por los campos de Abegondo para ponerle colores y curvas al soso y plano plan, para convertir Riazor en El Bosque Animado. De todas formas, no fue tan malo el partido del Dépor frente al Castilla. El de Tenerife fue peor. El de Jaén también fue peor. El final de Perdidos fue peor. La resaca de Licor Café es, probablemente, peor. Aguantar toda la semana las tribulaciones de Toni Cantó tiene que serlo. Un martillazo en el pie también. Que te hagan una colonoscopia es seguramente mucho peor. ¿Veis? ¡Que no estamos tan mal, hombre! Fiesta en Riazor. Pragmatismo de Castrofeito, rendimiento sin lustre, mucha cabeza y poco pie, terceros con 20 puntos.

Lo hizo todo el Dépor de domingo sin cambios de guión, más allá del gol tempranero. Puede ser un equipo extraño, pero no sorprende: si va a por setas, va a por setas y se deja de Rolex, que estamos a lo que estamos. Ahora bien, había enfrente esta vez mucha candidez. Candidez y cierta soberbia representada en trotes cochiqueros y reproches al árbitro a posteriori. Que si a Casado lo hubiera cogido mi padre, o Pepín, le diría que menos cartas públicas dirigidas a los árbitros y más cerrar la banda; porque Laure, más que una autopista, se encontró en la banda que cubría el capitán blanco –naranja- con una agradable calle peatonal por la que transitar a su ritmo sin oposición. El público le tiraba flores y él paseaba, pizpireto, dando saltos y moviendo los brazos, pequeño Poppy Fresco; otras veces lo hacía bajo un disfraz de seto que le dejaba al aire las extremidades y la cabeza, riendo sin cesar, moviendo las piernecitas centímetro a centímetro. Cuando a Casado le daba por estar más atento, se imaginaba Laureano de rave en As Lapas y pasaba atronador, eléctrico como un rayo. Como Luisinho, a cada paso más asentado, más diferencial en Segunda, despojado ya del estigma Evaldo –por decir uno- que atormenta el carril izquierdo. El bueno de Luisinho; el mes pasado en una discoteca de Lisboa vi a 10 o 12 clones suyos. No como Culio; mejor no encontrarte nada parecido por la noche. Un Culio que cada vez es más Culio y menos lo que esperábamos. Cada vez más determinante, de todas formas. Todo galones y oficio, el retaquito criollo sacó de quicio a toda la colección de peinados pseudomadridistas. ¡¡Arbi, ¿cómo puede ser eso falta?!! Pues sí, te sacó la falta, chaval. Una, otra y otra más. Y así.

En uno de aquellos partidos de cadetes, el mejor de nuestro equipo, un rubio pequeño de cuádriceps de hierro y regate fácil, enganchó una tijereta dentro del área que se coló por la escuadra. Por toda la escuadra. Yo lo recuerdo casi como un gol de Óliver y Benji, pero claro, los recuerdos son mentirosos, se distorsionan fácil. El caso es que era un fenómeno. Y Pepín, luego de brincar y cantar el gol como un loco, se recompuso, torció el gesto y le espetó: “por esta vez vale, pero déjate de historias raras”. El muy cascarrabias le diría hoy lo mismo a Marchena si lo tuviera delante. Y luego presumiría en el bar, con Manolón y Cartelle. “Yo vi la chilena de Marchena”. Qué cosa tan poco plástica fue, qué cosa tan bonita. ¿Qué es el fútbol, sino esto? Cuánta gloria en un minuto. Machete rises. Ojalá a Danny Trejo le salga bien el remate en el biopic.

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