Hello Vietnam

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Un mes de Liga y Copa, chicos que se convierten en hombres al paso de las semanas. Vuelve la visión calviñesca en una nueva entrega de Alta Definición.

Descolgó Fernando el teléfono -rojo, volamos hacía Primera (?). O hacía dónde sea, pero volemos- y los niños se presentaron a filas. Morenos, rubios, altos, bajos y medianos; miedo, ilusión y orgullo en la mirada, las botas sin atar, las camisetas por fuera y una pila de conos entre las manos. Ataviado con pantalones raquíticamente cortos, sudadera azul gastado, calcetines por la rodilla y una gorra de John Deere, uno por uno los fue mirando, señalándolos con el dedo y pegando voces. Voces sin sentido a veces, con mensaje otras. Bien alto, colocándose las gafas al tiempo, sin pausa para respirar, viendo trabajo en cada uno de los pálidos rostros. Pronto, agitó su varita y dibujó otro escenario, lejos del verde y los focos apagados, lejos de los gritos, el bullicio y las groupies de rosa flúor y mirada de cristal. Commander-in chief del 105×68 Vázquez, profesor, padre y mago, sentó a los reclutas en grandes sillones ocre de barbería y dio la orden.

—Rapadlos a todos. Que no quedé ni un solo puto peinado de este fútbol moderno, quiero ver sus cogotes de piel y hueso, que las aristas de sus cráneos sean puñales y sus frentes infinitas.

Kiss me goodbye and write me while I’m gone. Goodbye my sweetheart, Hello Vietnam. Aún se despedía Johnny Wright cuando los sumió en un sol que caía a borbotones y las sesiones sin fin en los montes lugueses. Solos y rodeados, amigos y enemigos, compañeros tras un mismo fin que cercena ambiciones de cartón piedra y sueños sin anclar; batalla por la supervivencia que llevan librando desde que comenzaron a destacar en los campos de la nación. Perdidos, con una mochila cargada de esperanza, agua y un bocadillo; también un plan táctico de ataque-defensa-transición y 35.000 gritos enlatados con forma de alubias, para calentarlas en un corro alrededor del fuego las noches de tristeza y dudas, agotamiento y temor.

Finalizó la criba y de vuelta trajo a los elegidos, exhaustos pero no marchitos, y les dio su casco: verde apagado, roído, usado ya por miles de tipos durante más de cien años, con tierra en los laterales y sangre seca por todo el latón. En el frente, una inscripción, con letra azul y blanco, remarcada, destacando entre todo lo demás: ‘Born to Kill’.

¿A todos? A todos no. Un moreno grande, de barba recortada, planta galaica y caminar erguido, dio un paso al frente para pedir mando.

— Fernando, yo quiero ser general. YO SERÉ GENERAL.

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E Insua agarro los galones por los cuernos hasta juntar sus extremos y retorcerlos para cambiar las reglas. Y los días fueron semanas y cada jornada es un año; que le jodan a las matemáticas.

Y así el primer domingo de septiembre, Vietnam 42 en curso, formando en retaguardia con arzuano de mando y coruñés: Uxío-Insua, Insua-Uxío, y que sufran los que pueden pronunciar Shakira y no Sanxenxo. Imperial, káiser, serenidad y mando de General. Jodidamente bello ver como todos aprenden a caminar. Y así el domingo, en una sesión vermouth para bailar sin orquesta, para beber sin triunfo y festejar que, al menos, seguimos sintiendo sufrir; y cada vez somos más suyos, pero más nuestros; cada vez más corazón pintado a dos colores y aplausos tiernos al servicio de la progresión. Así el domingo, sin suerte y casi sin rabia, con la vista en ‘dosmildiezypico’, con un montón de chavales nacidos de las entrañas del deportivismo. Fuego de cobertura y Arizmendi recibiendo palizas en cada conducción; tenacidad salvaguardada por una coraza de cobre, todo el carril diestro como espejo al que mirar.

Así fue el domingo, con el francotirador desquiciado, el señuelo distraído y flores hippies en los cañones. Domingo de Juan poderoso a caballo, pero sin espada. Y sin espadas no hay sangre y sin sangre jamás hay gloria. Pero aún sin gloria quedan aplausos, esperanza y una paciencia a prueba de tabordianos asaltos. Es momento de firmar el pacto sin despellejar las ambiciones. Los chicos del maíz se impondrán silenciosos, quizás cuando nadie lo espere, no cuando todos los busquen.

Y así también en Córdoba a pies de la Mezquita, con la juventud de nuevo en marcha y más nuevos soldaditos, con el casquito de los golpes porque el de verdad se queda en casa para librar la vieja escaramuza de Gijón, tierra maldita. Cantábrico vs Atlántico, San Lorenzo vs Riazor. Retorno a prado astur casi tres años después, con nuestro mundo dado la vuelta y con el sentimiento intacto, incluso reforzado, tal vez maduro. Los estandartes que llevan años cosiéndose en casa, con mimo en cada puntada y Breogán junto a una docena de lobos por emblema, están listos para salir. Cabeza alta, tropecientos pueblos en el escudo y el orgullo caminante en miles de bufandas. Territorio hostil, cuenta pendiente; el sábado se marca el terreno, el domingo se conquista. SOMOS EL DÉPOR Y HEMOS VENIDO A POR LO QUE ES NUESTRO.

*Stanley Kubrick y su Full Metal Jacket, inspiración de parte de este texto.

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