¡Jamás!

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Regresa Alta definición y Adrián Calviño nos habla, a su manera, de camisetas Feiraco, de la verde de Adidas firmada por Naybet y del viaje a Ponferrada.

Semana fría, caos calmo. Vista al liderato, más puntos que alegría, la misma mierda alrededor; la historia eterna que parece ocupar en tu cabeza cuarenta kilos de goles rancios al peso y cientos de temporadas, miles de patadas y copas cuarteadas de tanto brindis al sol. La agonía de tantos fulanos, lo que te escupe la radio del coche de vuelta a casa y solo sufres tú. En realidad, hace poco más de un año de las piedras y los palos, fuego y guerra, de ese secuestro hacia ninguna parte con un capuchón en la cabeza para no conocer el rumbo, apiolados como presas de caza. Y sin embargo, la esperanza resiste, el amor se torna más fuerte. Hace poco más de un año pero esta pasión irracional e inconsciente te consume como nunca lo había hecho: Vázquez te droga, la información te asalta y el derecho te traga. Hijo, antes todo esto era fútbol…

Pero, claro, sigues creyendo. Siempre lo harás. El olor a opio por las mañanas. Fe o idiotez, monedas por fútbol en los bolsillos; el césped se está quedando sin oficinas y la grada un metro bajo tierra. Nuestros colores, metro y medio. Concurso, deuda, Hacienda, providencias, cuentas, balances, peleas –peleítas-, fracturas, facturas y la re concha de la lora. Todo es Bad moon rising, pero sin los Creedence. Muerte y destrucción, miedo y Apocalipsis. Hope you got your things together. Hope you are quite prepared to die. ¡Jamás, joder, jamás!

Jueves tonto, jornadas eternas; horas muertas, viernes de cañas y planes. Viernes de a tomar por culo. Te pones el video de Guadalajara, sacas el abrigo de Soria y recuperas la dignidad que 11 tipos perdieron en Pucela. Glenfiddich 15 para uno y Nina Simone comiéndose la tracklist. Recuerdas a Mauro y Vicente, a Traba y José Luis. Dos velas en el altar de Stoja, tres cabezas de ajo al bolsillo y plegarías silenciosas al póster de la plantilla del 2000. Te vienen a la cabeza miles de historias, trozos sin pegar, imágenes sin cortar; pedazos de deportivismo, mensajes inconexos, anestésico blanquiazul. Se te pasa Scaloni, loco argentino comedor de asados, más pundonor que jugador, y añoras historias de cuando éramos campeones. Casinos, Rolex y adulterios; Mercedes exportados de cuando no había Mercedes por Peruleiro, excesos, millones y cabezazos. Se te viene Leo, las medias bajadas y el corazón en el césped, pasión rosarina, festejando solo la Liga en la cafetería del Playa a las 12 de la mañana hasta que su padre lo fue a recoger, dos días después de haberla ganado. Gloria bendita, efímera Torre de Babel. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais… Y te mirarán pálidos como Rick Deckard mientras el pasado se come el ambiente, mientras creen en rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Tanto creen que jamás se perderán, como lágrimas en la lluvia, los títulos de la bahía. Jamás.

Sábado. O domingo. Un bus esperando por tu hacha. 30 soldaditos abrigados por convoy. Medio centenar de bufandas, un par de banderas. El escudo de 2×2 besando la ventanilla y litros de alcohol sin el mísero Ramoncín; los Blues en el cassete, barra de bar con reposacabezas. La invasión del Anorak, licor do negro café en el botiquín; mochilas cargadas con conxuros de Queimada y fotos de Arsenio. Alzas la vista y la semana se pierde, la vida se acabó.

Siempre te flipó la Rox, la que perdiste –puta mudanza-, igual a la que ahora lleva el que traga Arehucas a morro. La verde de Adidas firmada por Naybet en la esquina del Gasthof, tres asientos adelante. La preciosa Umbro desgastada y un pilón de Lotto nuevo cuño, a duras penas bonitas, y solo por el blanquiazul. El de al lado que la lleva de pijama, al que se le pega porque tiene 30 tacos y la compró con 15, la que marca ‘Valerón es DIOS’ a la espalda con un gran 21. Crisol sentimental, amalgama cromática, cientos de recuerdos en un trozo de tela con mangas. Amor de poliéster. Llevas el Centenariazo en las fibras y los cuellos manchados con el cabezazo de Donato entre aquellos papelitos blancos. La misma Feiraco que te regalaron por el cumpleaños; todavía chorrea agua de cuando el universal diluvio prealfreadiano. Rojo de labios en el pecho, tu primera copa derramándose sobre las franjas, el suelo del pub en el número. El corazón siempre en el escudo, donde no te lo podrán robar. Jamás.

Fueraborda hacia Primera, 25.000 impulsando el motor, empezaremos el sábado la conquista del Bierzo. Voces rotas, cánticos muertos, la luna se acerca. Fluye la noche, ya se advierten los embrujados, jugando a Ethan Hawke y Julie Delpy en la Viena de Antes del Amanecer; ya manda Riazor en vuelo Abierto hasta el Amanecer, buscando el Titty Twister, vampiros de hotel, hordas de Hércules y Breogán.

Frío al alba y rayos de sol, botas de vino y gorros tejidos por la abuela. Churrasco de domingo, hermanamiento y abrazos. Explanada de campo chiquito, de esos de pegar collejas al linier y dar palmaditas al portero. Charlas infinitas, fútbol en el aire, barro en las comisuras. Lejos de los focos, ajenos a todo, la vida todavía se desangra tiroteada en la oficina. Alzas la vista, tus ojos se clavan y la memoria se pone en pause y rec. Viaje al pasado, vestigios del fútbol menos moderno. No es El Toralín, son 20, 30 años atrás. Somos 20, 30 años atrás.

Solo es Ponferrada. ¿Solo es Ponferrada? Y las entradas son caras. Quizás no habría que ir, que nos dejen de robar. Quizás. Pero el yonki paga. Los yonkis pagamos. Pagamos por la crema de la Champions, también por el lodazal de Segunda. La mierda siempre es buena mierda. Aprovecha siempre que tu corazón esté donde quiere estar. Brilla. Rompe. Sangra ilusión. Saca el Fortunate Son, joder. Quemémoslo todo. When you ask them, “how much should we give?” Ooh, they only answer more! more! more!

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