La fortaleza de la derrota

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“Perder es tan solo una forma de ganar”, escuché una vez. La primera vez me pareció una gilipollez. Pero el tiempo nos lo ha demostrado. Cuando más orgulloso me siento de ser de mi equipo es cuando el resultado nos da la espalda. Los del Dépor somos así.

Uno (1994).

El bautizo de mi hermano fue el día después del penalti de Djukic. Hay unos familiares lejanos, de ésos que ves en ocasiones de ese estilo y poquito más, que siempre me lo recuerdan. Mi madre dice que es verdad. A mi me cuesta creerlo, porque yo tenía solo seis años. ¿Qué podría saber a esa edad si todavía estaba comenzando a ser un niño? Supongo que, como todas las historias, se exageran con el paso del tiempo. Pero tanto me insisten que tendrá algo de realidad.

Salí de casa hecho un pincel. Disfrazado de mayor. Zapatos náuticos, pantalón corto de pana, camisa blanca con rayas azul claro y una chaquetita negra con coderas, que después se reciclaría hacia mi hermano en ocasiones especiales. Y una bufanda del Dépor más grande que yo. Dicen que solo después de un buen rato de negociación en el coche –o una buena bronca de mi madre, aquí las versiones difieren–, consiguieron que entrase a la Iglesia sin la bufanda. Seguro que después me sentí fatal. Prefiero no saber a cambio de qué renuncié a mi enorme símbolo blanquiazul. Quizá una simple bolsa de gusanitos.

Pero bueno, al parecer, lo primero que hice nada más acabar la ceremonia fue, orgulloso, recoger mi bufanda. Y no me separé de ella en todo el banquete. Mi hermano era, en teoría, el protagonista de la fiesta. Pero él solo lloraba, así que el juguete del resto era yo. Me cuentan que eran varios los que se metían conmigo por el desenlance del partido. Yo me daba la vuelta y si se pudiese transcribir a un lenguaje adulto lo que pensaría por aquel entonces seguro que era algo parecido a un “no tienen ni puta idea”. Seguro que se reían, porque lo que para ellos había sido una anécdota, para mi había sido una tragedia. Pero yo no me quitaba la bufanda. Ni se me pasaba por la cabeza. Toda esa gente que andaba por ahí, y de los que no conocería a la mitad, debía saberlo. “Sí, hemos perdido la Liga. Pero los del Dépor somos así.”

Dos (2000).

No es fácil ser del Dépor en el exilio. No era sencillo porque todos aquellos que años más tarde pasaron a ser del Sporting eran por aquellas del Barça y del Madrid. Así que media clase era merengue, la otra media clase era culé y yo era del Dépor. Hasta los profesores lo sabían. Y con 12 años cualquier excusa es buena para putear al de al lado. Así que cuando el Barça de Rivaldo perdía el fin de semana, la mitad de los niños esperábamos al lunes para burlarnos de los blaugranas. Y cuando el Madrid de Raúl perdía un partido, lo primero que hacíamos el día siguiente era recordárselo a los madridistas. ¿Y cuando perdía el Dépor? Imagínense.

Fueron inútiles las horas tratando de explicar la diferencia en cuanto al nivel de exigencia, intentando hacer comprender que lo que para los grandes era un fracaso, para el Deportivo podía ser un gran éxito. Que, por empuje histórico y masa social, sería más justo que nos comparasen al Sporting –claro, no accedían, porque no había comparación posible–. Nadie me escuchaba. Por eso, cuando el Dépor perdía, la amargura era doble. No solo tenía que meterme en cama con la rabia de la derrota, preguntándome qué hubiese pasado si aquel balón no hubiese rebotado del poste hacia fuera o si el cabrón del árbitro no nos la hubiese vuelto a armar, sino que, además, sabía que tendría que aguantar a toda esos proyectos de adolescentes, como era yo, recordándome que el Dépor nunca había ganado nada y que tampoco lo conseguiría.

Me acuerdo que me fui llorando a la cama después de perder 5-1 en Highbury. Las eliminaciones europeas siempre me dolieron de una forma especial. Sentía que había alguien en algún lugar jugando con mis sentimientos. Que nos hacía disfrutar e ilusionarnos para que el golpe fuese más duro. Henry nos había destrozado, nos mandaba para casa en la Copa de la UEFA –que es lo máximo, cuando aún no sabes qué es escuchar la musiquilla de la Champions en tu estadio– y encima tendría que aguantar las burlas de mis compañeros. Por eso, cuando me levanté no dudé. “Hoy voy a clase con la camiseta del Dépor, papá”. Se lo dejé fácil, yo mismo les recordaba lo que había pasado. Y me tocó aguantar manitas levantadas, reforzando cada uno de esos cinco dedos que se clavaban en mi orgullo como la noche antes lo había hecho cada gol del Arsenal. Pero un sentimiento interior me hacía aguantar, mis compañeros tenían que saberlo. “Sí, nos han humillado. Pero los del Dépor somos así.”

Tres (2007).

Todos los diciembres, a medida que se acercan las vacaciones, Víctor nos manda un mail para organizar la ya tradicional cena de Navidad de Riazor.org. Siempre nos cuesta fijar la fecha, no es fácil ponerse de acuerdo. Pero la presencia de Felipe Matilla es condición sine qua non. No solo por sus abrazos. Siempre nos recuerda que en la próxima cena quizá hayamos tenido que cambiar de trabajo y que es probable que también de ciudad. Puede, incluso, que nuestros ideales, mitos y utopías se hayan modificado un poco. Quién sabe si, además, los vaivenes de la vida nos han hecho cambiar de novia o de amigos. Nos explica también que, hoy en día, Dios no lo quiera, nos pueden cambiar de riñón, de hígado y hasta de corazón. Pero, asegura, hay una cosa que siempre nos mantendrá unidos, de la que nunca cambiaremos: de equipo.

Y eso que no es fácil jugar la Intertoto cuando has sido un habitual de la Champions. No es sencillo ilusionarte con fichajes procedentes de las canteras de Real Madrid y Barcelona cuando has visto a algunos de los mejores jugadores del mundo con la camiseta de tu equipo. Tus sueños personales se van alejando del balón. Ya no celebras los goles con tanta ilusión. Ya no estás nervioso con la cuenta atrás para el partido. A veces, incluso, te sientes mal. ¿Será que estoy madurando y aprendiendo a relativizar la importancia de las cosas? ¿O será, simplemente, que tan solo era del Dépor porque todo iba bien y seré uno de esos que no tardan en abandonar el barco a los primeros bandazos?

Entre tales dudas cuasiexistenciales, me decidí a viajar hasta A Coruña en aquel abril de 2007.  Me subí al bus con la camiseta del Dépor y el ‘4’ en la espalda. Siempre quise ser como Naybet. Me acuerdo que estaba en tercero de carrera, y que tenía un examen importante la semana siguiente. Pero necesitaba reencontrarme con el Dépor, y las semifinales de la Copa del Rey parecían ser una ocasión idóneo. ¿Te imaginas otra final? Hice todo lo posible por ello. Me pasé la semana dibujando alineaciones en los apuntes. Cada noche me iba a la cama después de ver un partido mítico. Diluvio, Centenariazo, Munich, Milán… Para recordar lo que habíamos sido. Para recordar lo que volveríamos a ser. Todo salió mal y a los 15 minutos el sueño se había convertido utopía. 0-3. Fue dura la vuelta a Gijón, esa misma madrugada, aunque nunca me arrepentí de haber ido. Es difícil de explicar, pero me siento mucho más del Dépor en la derrota que en la victoria. Tengo más necesidad de mostrarlo. Por eso, en el viaje de vuelta tampoco dudé en volver a ponerme la camiseta. Estoy seguro que a mis compañeros de autobús no les importaba en absoluto, pero yo necesitaba mandarles un mensaje. “Sí, somos una caricatura de lo que fuimos. Pero los del Dépor somos así.”

Cuatro (2011).

En “El viaje íntimo de la locura”, Roberto Iniesta se basa en la metáfora de un cerezo dormido, pero que parece muerto. Resulta que la vida se cansó de verle apático y desastrado, y decidió marcharse de vacaciones, hasta que éste, consumiéndose, se convirtió en un esqueleto de madera clavado en el suelo. Tan solo esperaba que volviese la vida. Estuvo así mucho tiempo. Hasta que la vida, caprichosa y sin dar explicaciones, terminó por volver. Y el cerezo terminó siendo una fiesta de flores blancas.

Me acuerdo que me pasé varias horas de carretera en ese inolvidable viaje dando vueltas a esta idea. Sentía que el Dépor era un cerezo dormido desde hacía varios años. Los éxitos recientes situaban muy alto el listón y no ayudaban. La forma de jugar del equipo había sido suficiente para mantener la categoría pero no terminaba de enganchar a la afición. Tampoco había un jugador capaz de despegar a la hinchada del asiento. La ilusión se estaba apagando y Riazor se vaciaba lentamente.

Sin embargo, a final de temporada ocurrió una cosa curiosa. Atípica. El equipo se introdujo en una mala racha de resultados y la sombra del descenso empezó a amenazar seriamente al equipo herculino. La afición podía haber reaccionado de diversas formas. Podía haber optado por buscar culpables, pero decidió insistir en la unión. Podía haber dado la espalda al equipo, pero decidió tirar de él. Podía haber esquivado el fracaso como algo ajeno, pero decidió situarse en primera línea y llorar como algo propio. Me acuerdo que, en un momento, le comenté a un compañero mío de clase, que es de Foz, que el descenso podría venirle bien al Deportivo de alguna manera. Parecía una locura, había quién incluso promulgaba esa sandez de “si el Dépor baja, desaparece”. Pero la nueva situación ha terminado por convertir el cerezo en una fiesta de flores blancas que cada fin de semana inunda A Coruña.

Pero, aunque pensaba que el descenso podría suponer un reencuentro del cerezo y la vida, me aterraba. Desde que acabó el partido en Riazor, me quedé sobre media hora mirando al césped, como el que busca una explicación y no termina de encontrarla. No tenía fuerzas para animar, como estaba haciendo medio estadio, no me salía ninguna palabra de la boca. Ni para llorar, como hacía la otra mitad, me sentía en stand-by. Mirando al césped, como si en cualquier momento pudiese aparecer algo o alguien que devolviese al Deportivo a Primera. Creo que nunca me sentí más orgulloso de ser del Dépor que en esa media hora. Ni en el Centenariazo, ni cuando ganamos la Liga, ni tras el 4-0 al Milán. No sabría explicarlo, pero cada vez lo tengo más claro: cuando más orgulloso me siento de ser de mi equipo es cuando pierde.

El día siguiente, cogí el coche por la mañana, porque en mi camino a Gijón tenía que pasar por Soto del Barco. Allí se jugaba mi otro equipo, el Veriña, el ascenso a Liga Nacional juvenil. En ese equipo juega mi hermano, y aunque en términos absolutos, la magnitud del equipo, la masa social, los jugadores y la categoría es mucho menor que el Deportivo, en términos relativos es perfectamente comparable. Es lo bonito que tiene el deporte. Por muy absurdo que pueda parecer, yo me puedo ilusionar con la pachanga de los jueves más que un jugador profesional con el encuentro liguero del domingo. El caso es que el equipo de mi hermano necesitaba ganar para subir. Después de una larga persecución, habían logrado quitar el tercer puesto al Andés y tenían que luchar por conservarlo. No importa aquí cuál fue el resultado de ese partido, aunque, si tienen curiosidad, les reconozco que también acabó con lágrimas –no me quiero ir de tema, pero el destino a veces es tan caprichoso que hizo que este año el Deportivo y el Veriña ascendiesen a sus respectivas categorías el mismo fin de semana–. Solo me quedaba con una anécdota. Alrededor del minuto 70, mi hermano estuvo más rápido que la defensa rival en el área y envió el balón a la red. Era un gol importante, y lo celebró con mucha fuerza saliendo hacia la esquina del córner. Se quitó la camiseta del Veriña. Y, para mi fue una sorpresa, apareció la del Dépor. Dejando un mensaje al equipo rival, a la afición, e incluso al árbitro que poco después le sacaría la tarjeta amarilla. “Sí, estamos en Segunda. Pero los del Dépor somos así.”

 

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