Fotógrafo: Fernando Fernández

La hora del cónclave

El paso por vestuarios acostumbra a ser ese trámite en el que la pizarra acaba por los suelos, el grito en el aire y la táctica del equipo se centra y reduce a afilar las bayonetas. De vez en cuando.
1 noviembre 2015 - 12:00

Existen determinadas situaciones en el fútbol a las que sienta realmente mal acostumbrarse. Algunas se dan en la grada. Allí, el padre modelo del edificio colindante y esa anciana a la que amablemente ayudas a cruzar a calle cada mañana abandonan la cortesía por noventa minutos en la puerta de entrada al recinto. Y en esa breve -pero intensa- hora y media, el jugador más determinante de tu equipo comienza siendo digno de la Liga de Peñas. Cómo explicar si no esa falta a destiempo. O ese primer control fallido. Sin embargo, un gol lo cambia todo. Y si es para empatar el partido y, aún por encima, tras 45 minutos sin violines, tu siguiente puerta es la Champions.

Es ahí, en el vestuario, donde las piezas de ajedrez se mueven en forma de discurso o rapapolvo. Las puertas se cierran, y dentro se sucede la charla. Nunca se sabe si acaba como la Revolución Rusa o con un armisticio. Lo que sí es seguro es que de esas paredes saldrán más cuchillos que de una fábrica manchega. Bebeto lo sabía bien, y por eso buscó a Toshack hasta la saciedad tras anotar cuatro goles en apenas diez minutos en la segunda parte de un choque en Riazor ante el Albacete. Así se incubó el paso de villano a héroe tras una efímera aparición por la ducha y una indirecta.

Ejercer de Al Pacino no es sencillo. Recuerdo que, en mi etapa como jugador -o intento de-, llegamos a enfrentarnos al Deportivo en edad cadete. Fue en la Leyma, con el barro y la tormenta como presumibles aliados, un 0-0 al ecuador del duelo y un tiro al larguero que nos supo a gloria. Es ahí, momentos después de rozar el éxito, cuando percibes que a la vuelta de la esquina acecha un bofetón de primera. El primero en verlo debió ser el bueno del entrenador. La cautela presidió su coloquio. «Mantenemos la posición y esperamos atrás«, dijo. Sin embargo, al otro lado del pasillo, se gestaba una masacre. Y el resultado, cómo no, quedó bajo secreto de sumario.

El porqué de que nada funcione como debería una vez rueda la pelota sobre el verde es uno de los misterios más bellos del fútbol. E intentar desentrañarlo, algo completamente absurdo. No hay nada más terrenal que ver cómo, de cuando en vez, todo se va al traste. «Me estáis traicionando«, decía entre risas un conocido técnico de la actual Tercera División al ver cómo su equipo sólo salía con balones en largo ante el Choco de Redondela. Aquel día, la hora del cónclave no generó respuesta, pero sí lo hizo a la larga. Salvaron la categoría.

De un tiempo a esta parte, en el Deportivo sucede algo semejante. Hay un plan. Una intención. Y dentro del mismo se asume el fallo como fracción lógica del proceso. Cómo no hacerlo, cuando la psicología funciona donde antaño lo hacía el caos, del descanso se sale a la guerra y la suerte se viste de pelea al final del hectómetro y finta previa al gol en el patio del barrio.

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