La nueva vida de Diego Ifrán

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La de Diego Ifrán no es una historia habitual en el mundo del fútbol. Responde a una excepción. Retirado de la élite prematuramente, a los 30 decidió dejarlo, el exdeportivista se dedica ahora en cuerpo y alma a su gran pasión. “El fútbol fue una carrera que a él le entusiasmó, pero muy desgastadora, acelerada y estresante. Según lo expresa él, se cansó del ambiente y ahora se dedica a los caballos, que le roban el tiempo a gusto, sin contratos ni exigencias; más que las propias personales”. Quién responde al otro lado del teléfono es Federico, uno de sus tres hermanos. Su testimonio explica perfectamente por qué Diego colgó las botas antes de lo previsto. Quince años en la élite habían sido más que suficientes. Tocaba volver a casa, tocaba recuperar una vieja tradición familiar. Y cumplir un par de sueños.

La pasión por los caballos viene de genética, viene por nuestro abuelo paterno, conocido como viejo Paco. Y que da nombre al Haras de Diego”, declara Cecilia Ifrán, la única chica de cuatro hermanos. ¿Pero qué es el Haras? “Un lugar donde se crían caballos pura sangre de carrera, para competición”, explica Federico. “Se ha tratado de elegir la mejor genética para lograr caballos veloces a la hora de correr. Los potrillos nacen en el Haras y se crían hasta los 2 años bajo un estricto cuidado, tanto sanitario como en manejo, del personal que allí trabaja, y luego, normalmente, se venden”. En resumen, el Haras Viejo Paco es el mayor quebradero de cabeza de Diego Ifrán. Y uno de sus sueños.

Foto: Mauricio Ifrán

El otro lo cumplió este domingo: correr un raid. En Uruguay los hay de varios tipos: “los que van de los 700 metros hasta los 2.400, y los típicos de los pueblos del interior, que van desde los 60, los 90 y hasta los 115 kilómetros de distancia”, apunta Federico. Habitualmente, Diego contrata jinetes profesionales para que compitan con sus caballos. Sin embargo, este fin de semana, y por vez primera, fue él quién se subió a lomos de uno. No lo hizo en una prueba cualquiera. Lo hizo en una de las más tradicionales de la zona: un raid largo de 90 km, que se hace en dos etapas. “La primera es de 60 km, tiene una parada para comprobar cómo se encuentra el equino y, según su estado, sigue o queda descalificado para los 30 km restantes”, explica Cecilia.

Más allá de lo deportivo, el evento “es una fiesta para el pueblo donde se lleva a cabo. Y en particular para Diego fue algo muy deseado. Se fue de muy joven a Montevideo a jugar al fútbol, justo en la edad en la que comenzaba a disfrutar de estas fiestas. Así que imagínate lo que él goza de todo esto ahora que está aquí, con sus amigos y su familia”, añade la hermana.

Foto: Mauricio Ifrán

Pero en medio de una historia diferente con un protagonista futbolero, siempre hay ratos libres para el balón. Y en esta, hablando en presente, Diego mata humildemente su vicio en el fútbol amateur. En abril estuvo a punto de fichar por el Melo Wandererers, que participa en una liga con los mejores clubes del interior de Uruguay. Sin embargo, a última hora, la negociación se rompió. No fue su única aproximación. Algunos meses atrás, Ifrán había defendido los colores de la selección de Cerro Chato en el campeonato de selecciones del interior del país. Concretamente, representando a Treinta y Tres Interior, uno de los departamentos que se encuentra en su ciudad natal.

Como una imagen vale más que mil palabras, es recomendable hacer un breve recorrido por su perfil de Instagram para comprobar que el relato de su nueva vida no es exagerado. El grito emocionado y efusivo del exdelantero, al ver a uno de sus caballos cruzar la línea de meta como primer clasificado, llama la atención. Así es Diego Ifrán. “Una persona simple y cariñosa que se guía por lo que le apasiona“, en palabras de su amigo y surfista profesional Lucas Madrid. Un día celebró goles en la élite, ahora festeja los éxitos de sus potros. Sensaciones distintas, pero siempre con un rasgo en común: la pasión. Eso no se negocia.

Sobre el Autor

En Xogo (TVG) y Galicia en Goles (Radio Galega). Aquí, juntando letras sin que suenen mal. O intentándolo.