Los amores que matan, nunca mueren

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Nada más vernos por primera vez, me conquistó. Tan rodeado de gente y me eligió a mí. ¿O fui yo quién elegí? Fue hace mucho tiempo y ya no lo recuerdo bien, la verdad.

Nada más vernos por primera vez, me conquistó. Tan rodeado de gente y me eligió a mí. ¿O fui yo quién elegí? Fue hace mucho tiempo y ya no lo recuerdo bien, la verdad. Tuvimos la suerte de nacer en la misma ciudad; reconozco que eso lo hizo todo más sencillo, así que quizás fue el destino quién nos juntó. No importa. Nos conocimos y fue un flash, un fogonazo certero: ilusión en vena y brillo en la mirada. Todavía era muy joven y todo se hacía nuevo para mí, todo color y esperanza, satisfacción y alegría, gozo y pasión. Y esa inocencia que me cautivaba, esa honradez en cada gran paso que daba. Tras los primeros meses y justo después de mis primeras lágrimas en su debe, caí en la cuenta de que estaba completamente enamorado. Aunque, subconscientemente, desde el primer instante supe que no sería un amor pasajero, que duraría para siempre. Primer y único amor. A veces nos enfadábamos, sí, y con más frecuencia al paso de los años, pero nunca cumplimos más de una semana sin hablarnos. Y los demás problemas se alejaban con tan solo vernos, no existía nada más en ese momento. Solo nosotros. Noches eternas y mañanas alegres, días grises que siempre brillaban. Lo cierto es que siempre supo como sacarme una sonrisa. O como volverme loco. Pero también como sacarme de quicio y hacerme gritar de rabia y dolor. Vivimos lo salvaje y lo turbio, lo bello y lo trágico. Cuántas veces lloramos juntos, cuántas veces reímos. Me hizo sufrir y querer; me hizo amar. Y conseguir que el camino siempre terminara por iluminarse ante nosotros. Crecíamos y disfrutábamos, crecíamos y soñábamos.

Ahora estamos peor que nunca, enfrascados en un miedo que no nos deja avanzar. Y cada día me hace recordar la última pelea, la última vez que me hundió, que nos hundimos. Por si no fuese suficiente desasosiego, incluso unos extraños nos quieren separar. No podrán con nosotros, pero a veces tengo la sensación de que me mata, de que me quita años de vida. Nos autodestruimos. Jamás me importó, siempre nos vamos a querer. Nunca fuimos como esos otros amoríos, mediocres unos, tan complacientes otros, tan poco dados a la épica de batallas perdidas y corazones rotos, almas en vilo y sueños dorados. Tan falsos ellos, tan ficticios, tan aparentes en su impostura de cristal. No cambio nuestros sufrimientos por mil alegrías ajenas. Los amores que matan, nunca mueren. No te cambio por nada, Dépor.

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