De cuando se celebran hasta los córners

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Nueva entrega de ‘Alta Definición’, que como no podía ser de otra forma, trata sobre el último encuentro del Deportivo. “Quiere el Dépor bailar, pero no tiene música”.

Las 12 de un lunes festivo de octubre y el sol brillaba, colándose desubicado entre el otoño y el pesar. Como en las canciones de amor. Nada normal para ser Coruña. El sol digo, no el amor. Muchos rayos dorados reflejándose en las galerías y qué postal más bonita de Ciudad de la Luz, sí, pero poca alegría pelotera, que anteayer habíamos empatado a cero y no le metemos un gol al arco iris (un saludo a todos los entrenadores de fútbol base). Otro coñazo, pues. Ni fiesta ni algarabía, toda una tarde de sábado de aburrimiento calmo, de esas que no saben a nada, como el pan sin sal o los besos de ginebra-limón. Bueno, saben a eso en realidad, a ginebra-limón, pero no es ése el punto. Una tarde escasa de fútbol, repleta de atmósfera menguante que todavía viene arrastrando su tedio al resto de una semana tonta de esas en mitad de la nada y el menos aún. Lo del sábado por la noche es otro asunto, claro, a ver si es que ahora los árboles no nos van a dejar ver el bosque. Pero iba a hablar de fútbol.

Es difícil pasarlo bien con un equipo que no hace goles en casa. Bastante difícil. Muy difícil, de hecho. Ya si no juegas un carallo y desconoces las bandas o los fundamentos necesarios para centrar bien –no creo que sea tan complicado- una jodida pelota, peor todavía. Cinco tíos no cogen por un pasillo estrecho, aún sea éste el central. Así que ahí seguimos, esperando a que pasen cositas en Riazor que nos hagan disfrutar y confiar, a que la cantera en la que creemos (espero que todos crean, que todos quieran creer) nos ofrezca más que cantos a la paciencia e ilusión por la tierra; aunque ya bastante está consiguiendo, la verdad. Pero el caso es que van cuatro jornadas de templo, un solo gol y en el ambiente la espera ya parece eterna, como en Mumford & Sons. But I’ll kneel down, wait for now. I’ll kneel down, know my ground. And I will wait, I will wait for you, y así todo el día martirizándose con esa melancolía suya de campiña inglesa y lluvia, con la cual no resulta extraño identificarse, dicho sea de paso. Esperamos y creemos. El pacto, que ya no somos el gigante de Colotto, Guardado, Riki o Bruno Gama. I’ll still believe, dicen el siguiente corte. Y bueno, es lo que nos toca. Hacernos a la idea, quedarse y aguantar.

Porque la discoteca ya ha cerrado y ahí está el equipo en medio de la pista, con la camisa desabotonada hasta el ombligo, sudando y exhausto, con un ron cola ajado llenando medio vaso de tubo y la mirada perdida en el sofá donde estaban las dos rubias un par de horas antes. Quiere el Dépor bailar, pero no tiene música. Ni ritmo. Es plano y previsible, lento y sin recursos. El plan A es el contraataque; en casa no hay opción a ello y el B no funciona. O no existe. Descifrando estamos todavía. ¿Nos destapamos, con estas carencias, a oltriano paso rompiendo con todo, yendo a los golpes si es que nos da para ello? ¿Seguimos con la mantita en el sofá durmiéndonos con la peli de La 1? ¿Prefieres estar en un cuarto de diez metros cuadrados con unas cuantas mambas negras o sangrando en una piscina repleta de tiburones? Disyuntivas. Guapas y bonitas disyuntivas. Porque las opciones en Riazor, por ahora, no abundan; oscilan entre el quiero y no puedo y el no me da para más. Me recuerdan estas necesidades a cuando era tan joven que tenía afeitarme poco y me perdía por el Soho londinense buscando copas baratas en cualquier garito apestoso que me hicieran digerir los litros de cerveza de toda la semana. No tenía dinero, así que no encontraba soluciones. Poco éxito. Ni con la ayuda de cuatro azafatas de vuelo españolas que debían estar todavía más perdidas; tanto como para tener que juntarse con alguien como yo y comenzar a acabar la (larguísima) noche tumbados al calor de unos contenedores a la salida del Barcelona -jamás vayan a ese sitio- hablando de algo que no me acuerdo –seguramente fútbol- con dos periodistas de la BBC –o eso decían ser- que aún hoy me pregunto qué hacían por allí. Cualquier día me veo en el Callejeros brittish o alguna mierda similar. Ciertamente, da para bastante mi estancia en Londres. Pero quería hablar de fútbol; o de su ausencia, vaya. De como morimos tristemente en casa tras enredarnos con la cortina de la ducha. Quizás sea por eso que me distraiga. Tampoco vamos a hablar de elecciones, ¿no?

Lo que nos gusta es el fútbol, el juego en sí, cualquier rayito que nos lleve al triunfo. ¡Si el sábado hasta celebramos aquel balón que botó mal en el 80’ y nos dio un córner! ¡Un maldito córner! Público enfervorizado, estruendo de palmas, felicidad. Juro que hasta vi abrazos. ¡Un córner!, y qué felices somos. Luego acabó a saber dónde, pero que nos quiten lo bailao, ¿eh? Vaya gloria por un instante. ¡Ay!, el opio. Nos emocionó también Carlos Wilson por momentos –nos exasperó por otros-, tan danzante y vistoso, tan aterrador que parece una mezcla de Kevin Garnett, Eddie Murphy en ‘Un vampiro en Brooklyn’ y uno de los Kaijus de Pacific Rim desatado corriendo por la banda. Ojala verlo aprovechar ese miedo, conjunción de desborde, desenfreno y no-me-lo-quiero-encontrar-de-noche-en-un-callejón que produce, aunque todos sepamos que por las noches está en casa feliz, sonrisa cegadora en el rostro, escuchando reggae –qué obvio- y jugando al Metal Slug en una recreativa portuguesa que compró con el primer sueldo que recibió del Círculo de Brujas. Algún día rentabilizará todo ese swing con la pelota, toda esa parafernalia de gestos técnicos y regates inverosímiles. Algún día. Yo confío. Mientras tanto, él y el resto nos llevan cómodos por la planicie, sin ruido ni saltos, como en monovolumen. Eso es: viajamos en monovolumen con la familia y Nino Bravo de fondo. Cambiemos algo. Que cambien algo. Lo más radical que podemos proponer nosotros es solicitar a la Liga que el Stamp on the ground se prolongue durante toda la segunda parte. Al principio nos costará, pero nos acostumbraremos y el rival no podrá soportar tal estruendo martilleador. Genialidad táctica. ItaloBrothers y estampida, frenesí goleador. Contando con que eso se me ocurrió el sábado a las 19:10, da muestras de lo divertido que estaba el partido. Divertidísimo. Pero da igual, queremos opio, sea fantástico o malo como el jarabú.

Tampoco hay que perder la esperanza. Seguro que algún día volvemos a rematar un balón parado. O a centrarlo bien, al menos. Tengan fé. Además, estamos más cerca, cada día más cerca, de que nos salga algo bonito; pequeño y jugoso quizás, pero seguro que bonito. Como Januzaj, maravilla multipátrida.

Sin poner nombres, ni buscarlos, poco falta para una irrupción similar. Y en ese momento, cualquier espera habrá merecido la pena. En ese momento, gritaremos ‘¡qué tan precioso el fútbol!’ y nos pegaremos al asiento recogiendo los frutos. Ya lo dice el refrán: quien siembra tempestades, recoge canteranos. O algo así.

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