La derrota ante la Cultural Leonesa ejerció de nuevo punto de inflexión para el Deportivo. Después de 7 encuentros consecutivos sin perder, con luces basadas en remontadas pero también bastantes sombras, el partido de León puso al Dépor contra el espejo. Imanol Idiakez había tratado de replicar en el Reino un funcionamiento colectivo que, por momentos, le había dado réditos. Con José Ángel de ancla, Salva Sevilla de gestor y Villares de galgo para atacar el espacio y ser el primero en presionar.
Pero el experimento con Jaime por el mediocentro defensivo y Rubén López ejerciendo de mediapunta no le funcionó. El cuadro herculino volvió a tener muchos problemas a nivel ofensivo en León. Y la visita de una Ponferradina líder pero cómoda transfiriéndole el balón al contrario para esperar y contragolpear obligaba a reinventarse. Tocaba buscar nuevas ideas. Así lo hizo el preparador vasco y su staff técnico, que se exprimieron hasta encontrar una fórmula con la que dotar de más soluciones colectivas e individuales a la fase ofensiva del Dépor sin desprotegerse en defensa.
Ese equilibrio cristalizó en la enésima innovación de la pizarra de Imanol Idiakez que, todavía sin las piezas para recuperar el plan primigenio del Dépor de inicio de temporada, logró acercarse a aquel equipo con ritmo y vertical de otra forma. Lo hizo apostando por un cuadrado en el centro del campo que le dio no solo superioridad numérica por dentro, sino que le permitió ser muy fluido gracias al buen posicionamiento y movilidad de esos futbolistas. Algo, que a la vez, le otorgó la posibilidad de encontrar por fuera situaciones de uno para uno. El contexto propicio para que -sobre todo- Mella, pueda acelerar los ataques, eliminar rivales y generar ventajas definitivas.
«En función de los jugadores que teníamos, queríamos generar esa superioridad por dentro, sujetar por fuera con Mella y Ximo. El equipo ha interpretado bien el espacio, el juego», apuntó Idiakez en la rueda de prensa postpartido. Fue tal cual. Porque el once del Dépor, con un lateral derecho, tres centrales, dos mediocentros, dos extremos puros y dos futbolistas más cómodos como segundos delanteros que como arietes fue un coherente 4-4-2 en defensa. Pero en ataque, mutaba para convertirse en un fluido 3-2-4-1.
De este modo, Jaime, Pablo Vázquez y Barcia fueron los tres centrales. Jurado y Villares se repartían un doble pivote en el que el escalonamiento en cuanto a alturas y el reparto de espacios fue clave. Ambos ejercían de vértices inferiores de un cuadrado que, por delante, se completaba con dos mediapuntas: Lucas Pérez y Yeremay Hernández. ¿Y qué pasaba por fuera? Que Ximo Navarro en el carril zurdo y David Mella en el diestro ganaban altura y sobre todo amplitud, con Davo ejerciendo de móvil delantero.
Con esta estructura, el Deportivo desarboló una y otra vez a la Ponferradina por dentro y por fuera. Iñigo Vélez apostó por reforzar el centro del campo y estructuró a su equipo en un 4-3-3 (tanto en defensa como en ataque) que no terminó de saber cómo presionar al cuadro blanquiazul y tampoco logró protegerse atrás.
Los tres centrales del Deportivo lograban iniciar el juego limpiamente, ya que Borja Valle (punta visitante) no terminaba de ejercer esa igualdad numérica 3 contra 3 al estar también pendiente de José Ángel. Clave en este sentido fue la actitud de los zagueros, valientes para conducir y fijar a sus pares. Aunque de nada hubiese valido si, por delante, no les hubiesen ofrecido soluciones.
Porque sí, al contrario que en muchos otros encuentros, el Deportivo tenía posibilidades para progresar por dentro, por fuera e incluso en largo con las movilidades de Davo a la espalda de la defensa y sus caídas hacia las bandas. Sobre todo, fueron trascendentales esas figuras por dentro.

Las cuentas eran sencillas: 4 futbolistas del Deportivo contra 3 de la Ponferradina. Porque aunque Valle ejercía como la persona encargada de vigilar a Jurado, el conjunto local siempre encontraba la fórmula para darle continuidad hacia delante a sus ofensivas. El cuadrado con el que el Dépor pudo construir superioridades numéricas, potenciadas por las buenas ubicaciones y la movilidad constante. Y en cuanto se generaba la ventaja, la jugada se aceleraba por la naturaleza de esos futbolistas.
Markel, Clavería e Igbekeme eran incapaces de referenciar a Villares, Lucas Pérez y Yeremay. Por un lado, porque el Dépor era un equipo agresivo con pelota, que encontraba el dinamismo en su juego gracias a la velocidad de circulación, movilidad y buenas tomas de decisiones. Por otro, porque la Ponfe se partía en ese bloque medio que el Deportivo lograba estirar. Ximo y Mella impedían a los laterales ejercer de ayuda a los medios y los centrales bastante tenían con ‘enredar’ con Davo. Encima, ambos estaban demasiado lejos de la doble mediapunta deportivista para poder ‘saltar’ a por alguno de ellos. Así, tres futbolistas blanquiazules impedían que los defensas foráneos socorriesen a su centro del campo.
De este modo, el Deportivo lograba coser por dentro para descoser por fuera, con Mella recibiendo una y otra vez en amplitud y tiempo y espacio para pensar. En ocasiones, buscó el uno para uno. En otras, Villares, Lucas o Davo lograron desdoblarse trazando movimientos en profundidad que le daban al equipo diferentes posibilidades para terminar de hacer correr hacia atrás a la Ponfe.
La ofensiva del Deportivo, un goteo constante
Así pudo llegar el primer gol en varias ocasiones, con el Deportivo amasando con electricidad, sin pausa y con veneno para terminar de acelerar por las bandas. Hasta que en el tramo final del primer tiempo, la enésima pelota filtrada diagonal desde los constructores iniciales hacia la espalda del interior zurdo Igbekeme acabó en premio.

El equipo blanquiazul se había juntado en la izquierda para hacer bascular a su rival, giró el juego y encontró el espacio en la derecha, con Davo apareciendo al lugar en el que Lucas estaba recibiendo una y otra vez. El asturiano tocó el balón dividido para poner a correr a Mella. Y el santiagués hizo el resto. Regate, pase atrás y llegada de segunda línea de un Villares desatado pudiendo jugar de cara y estando protegido por José Ángel para poder soltarse.
El Deportivo conseguía un premio que supo potenciar en la segunda mitad. Lo hizo de nuevo en un balón parado que Mella transformó en penalti para que Lucas ejecutase. Pero el córner surgió, de nuevo, de un inicio de juego óptimo, pero diferente.

Porque la Ponferradina ajustó tras el descanso, con el extremo del lado de balón encargado del ‘carrilero’ deportivista y el lateral visitante persiguiendo al mediapunta de turno. Una variante con riesgo, pero necesaria. Entonces apareció la figura de Davo para actuar como ese delantero centro que no es especialista en los duelos, pero que puede hacer ganar metros al equipo si se le busca cayendo a bandas con el rival adelantado. El ex del Ibiza provocó el córner en una muy buena acción y el Deportivo del cuadrado remató al líder a la hora de juego para poder, por fin, vencer tranquilo en Riazor.
Fue clave el cambio de estructura, que posibilitó ventajas tácticas sobre todo gracias al cuadrado. Pero también la actitud valiente del equipo y las aptitudes de unos futbolistas más tendientes a acelerar que a pausar las jugadas. Porque es imposible que suceda lo mismo si el balón lo recibe por dentro Yeremay, que si lo hace Salva Sevilla o Hugo Rama. Pros y contras de los diferentes perfiles que, en el momento actual del Dépor, ejercieron de bálsamo para iniciar la segunda vuelta con un optimismo que parecía ya del todo enterrado.
