El fútbol es un deporte colectivo en el que si un equipo no está cohesionado y habla ‘un idioma común’ es prácticamente imposible competir a primer nivel. Sin embargo, en una disciplina de enorme incertidumbre debido a su lógica interna, el desequilibrio individual resulta fundamental para acabar decantando partidos que, por el buen hacer de los competidores, marchan igualados.
El Deportivo 1-2 Levante fue un ejemplo más de que el colectivo es imprescindible. Primordial. La base sobre la que se sustenta todo. Pero, a la vez, dejó también la evidente conclusión de que el talento suele acabar floreciendo e imponiéndose. Y el Dépor, en esta Liga Hypermotion y en la comparativa con un Levante claro aspirante al ascenso por su fuerza colectiva e individual, no va sobrado de talento. O, más bien, de certezas.
El conjunto herculino tiene entre sus filas a varios de los talentos jóvenes más potentes no solo de la categoría, sino del fútbol español. Pero esa juventud suele, casi siempre, ir asociada a la discontinuidad propia de la edad. Y se potencia más cuando las características de esos futbolistas dependen de acciones de juego relacionadas con el ámbito individual. De pura inspiración. Las condiciones están ahí, pero no todos los días son fiesta.
Eso fue lo que vivió el Dépor el sábado pasado ante el Levante, en un encuentro en el que compitió a gran nivel colectivo, pero al que su desacierto en último tercio le rebajó el techo y sus puntuales -pero grotescos- errores en área propia le reventaron el suelo que había sido capaz de construir como equipo.
Un Dépor ¿lento?
De inicio, Óscar Gilsanz repitió el once que fue capaz de imponerse en Burgos. Y lo cierto es que el Levante planteó un partido relativamente similar al del cuadro burgalés. Porque el equipo de Julián Calero apostó por dibujar un 4-4-2 que, de primeras, le cedía la iniciativa de balón al Deportivo para agruparse en un bloque medio y estrecho, que tenía como prioridad no desestructurarse demasiado. Así, en Riazor, el cuadro granota salió a esperar. A temporizar. A provocar que fuese el Dépor quien se equivocase y poder atacarle a la carrera, una de las grandes virtudes de un conjunto capaz de hacer daño de muchas maneras, pero que sobre todo disfruta siendo vertical.

Así, ante un equipo poco presionante, con marcaje en zona -salvo la asignación casi individual de Oriol Rey sobre Soriano- y que se juntaba mucho en el carril central, al Deportivo tan solo le quedaba tener paciencia. Y lo cierto es que la tuvo. El alma del cuadro herculino pasa por acelerar, por buscar más el vértigo que la pausa. Pero este escenario tan solo es posible si los dos equipo están dispuestos. Y el Levante tenía claro que no quería un encuentro de ida y vuelta.
Por lo tanto, la escuadra deportivista se armó de pausa y comenzó a dibujar ataques cerebrales. Primero, con más dudas y precauciones. Poco a poco, soltándose más. Con José Ángel de nuevo como ‘tercer central’ para generar esa primera superioridad y ejercer de director del centro de operaciones, el Deportivo empezó a encontrar posibilidades de progresar de manera constante por fuera, a través de unos laterales que recibían sin oposición y con cierto terreno libre para correr.
Esta no era una situación en la que el Levante estuviese incómodo, pues el equipo valenciano no tenía que correr hacia atrás y estaba preparado para proteger el área de los centros. Lo intentó Ximo en esas aceleraciones y balones en los que no encontró a un Barbero de nuevo impotente, pero no dio la misma sensación durante el primer acto con un Obrador timorato, con unas cadenas que solo se desató a partir del descanso.

El Deportivo no lograba generar situaciones de verdadero peligro, pero esa vía para ir avanzando metros por los pasillos exteriores le permitió no solo ir controlando el partido y amenazar relativamente, sino encontrar cada vez más huecos por dentro.
Clave en este sentido fueron las posiciones de Mella y Yeremay. En vez de pisarse fuera con sus respectivas parejas en los laterales, ambos se situaban en el ‘cuadrado’, el espacio entre el lateral, el central, el mediocentro y el extremo rival. Una ubicación que era cada vez más accesible por esa tendencia del Dépor a progresar por fuera que terminaba obligando a separarse al Levante. Una ubicación peligrosa y que su rival, en el afán de no ‘saltar’ de zona, concedió cada vez más.

Así, con el paso de los minutos, el Deportivo fue encontrando cada vez más resquicios por dentro. Con Mario Soriano muy vigilado por Oriol Rey, el madrileño apenas aparecía en situaciones entre líneas, pero sí ejercía como ‘cebo’ para que el Dépor pudiese encontrar a otros futbolistas en ese carril central. Filtrar dentro para acabar fuera, como sucedió de manera constante en el arrollador inicio de la segunda mitad hasta el 0-1. O filtrar dentro para encontrar la espalda de la zaga rival, como logró hacer Yeremay para conectar con Barbero tras un pase inicial de Jurado en la mejor ocasión deportivista en la primera mitad.
Un ataque que te permite defender
El Deportivo no logró fluir en la primera mitad para penetrar con verdadero daño y asiduidad en el sistema defensivo del Levante. Pero ese control de partido le llevó a estar más cerca del gol que su rival no solo por las mayores situaciones de peligro ofensivo que generó, sino porque sus ataques le permitieron defender mejor. Las fases del juego no son estancas. Y resulta evidente que un ataque ‘ordenado’ -posible por mucho que la intención sea generar caos en el rival- ayuda a estar preparado para defender. El del Dépor fue un caso claro.
El Levante, un equipo capaz de verticalizar mucho, apenas pudo correr durante el primer tiempo en Riazor. Y no lo hizo porque los ataques poco precipitados del Dépor le permitieron asentarse en campo rival y manejar unas óptimas distancias de relación desde la que poder presionar muy bien tras pérdida.

Igual que en defensa tenía como prioridad no desestructurarse a nivel zonal, el plan de Calero a nivel ofensivo pasaba por poder atacar espacios con dos puntas muy veloces y, de no ser así, por tener mucho más el balón para encontrar situaciones de ventaja por dentro con sus dos mediocentros más sus dos extremos. Porque aunque partiesen de fuera, tanto Pablo Martínez como Carlos Álvarez son dos centrocampistas más con tendencia a aparecer en el carril central.
Así, la intención levantinista era la de generar situaciones de superioridad numérica 4 contra 2 atacando al doble pivote deportivista. Pero el Dépor apenas concedió ese escenario de partido gracias a su press alto inicial, que impedía al cuadro levantinista construir con calma y a su presión tras densa como agresiva. El Levante tenía metros para correr cuando recuperaba, pero no lograba asentar su posesión a través de dos o tres pases de seguridad.

Así, tan solo en un par de situaciones muy contadas el Levante logró generar la ventaja real por dentro o la circulación lado-lado encontrando al hombre libre en el carril opuesto y finalizar. Y gran mérito de ello estuvo en la gran labor defensiva del Dépor ya incluso desde la concepción de sus ataques.
Errores en un lado… y en el otro
En el minuto 50, daba la sensación de que el Deportivo tenía el partido donde quería. Había encontrado la forma de meterle una marcha más a sus ataques con las recepciones y aceleraciones de las parejas de laterales y extremos. El Levante ya no era capaz de tapar todos los huecos y el cuadro deportivista llegaba constantemente a línea de fondo.
Faltaba la amenaza en el área que el equipo, per se, no tiene ante la ausencia de un delantero centro que se haya mostrado dominante y de llegadores poderosos de segunda línea. Pero incluso con sus déficits, el gol parecía cerca ante un Levante que, además, hundido era incapaz de salir por esas óptimas vigilancias ofensivas deportivistas y su buena activación para recuperar.


Sin embargo, el fútbol es uno de esos pocos deportes en los que un rival puede darte un golpe de gracia en una acción aislada, sin haber hecho apenas méritos para ello. Y así sucedió. Fue en un balón largo de Pampín, al que Mella no llegó a presionar para dificultar ni el procesamiento, ni el golpeo. El Levante detectó el espacio a espaldas de la zaga rival y lo atacó con tres futbolistas contra tres defensores.
Llegó entonces el error de Pablo Vázquez, decisivo en un balón frontal hacia el desmarque diagonal de un rival. Pero vino acompañado de un Obrador que se encontraba demasiado abierto y, sobre todo, de un Mfulu que ni se olió el peligro a su espalda y desatendió la ayuda a sus defensas a pesar de no tener referencia alguna a quien marcar.
Así, el fallo de Vázquez desencadenó una acción de peligro que terminó siendo decisiva por un primer remate liberado de Pablo Martínez (el del Levante) con Mfulu incapaz de abarcar y un grotesco error de Helton en el despeje, con Carlos Álvarez también relativamente libre para embocar.
El balón largo en profundidad al desmarque diagonal le dio al rival el 0-1, pero también le otorgó el definitivo Deportivo 1-2 Levante. Lo hizo cuando el Dépor, tras superar el golpe, había recuperado su plan de partido y logrado empatar. Esta vez el error no tuvo también aristas colectivas, sino que se concentró de nuevo en Vázquez y Leite.

En vez de disputar la carrera a Espí, el central decidió cortar como fuese un balón que ya le había superado y probablemente se fuese a saque de puerta. Seguramente al valenciano le jugó una mala pasada el recuerdo del primer gol y trató de no volver a salir en la foto ‘comiéndose’ otro envío largo. Pero lo que generó fue una asistencia a Morales, que aprovechó la ausencia de comunicación entre el central y un nervioso Helton para materializar el Deportivo 1-2 Levante.
Dos balones largos asequibles de defender, dos goles. Un mecanismo demasiado sencillo a partir del que dañar a un equipo con acierto colectivo, pero de nuevo sin esa brillantez individual que marca el techo del equipo en ataque y, a la vez, hace trizas todo el trabajo bien hecho cuando los errores suceden en área propia.
