Deportivo 4-1 Tarazona. Una nueva goleada del equipo herculino. El quinto triunfo consecutivo de un colectivo que ha puesto velocidad de crucero para convertir una remontada quimérica en realidad. Todas esas conclusiones serán las que de verdad acaben trascendiendo del encuentro de la 24ª jornada de esta temporada en Primera Federación. Y, sin embargo, son tan positivas como compatibles con el hecho de reconocer que el Dépor debió sudar, y de lo lindo, para vencer.
El conjunto herculino estuvo incómodo durante casi todo el encuentro. Abrazó la propuesta de choque de alta intensidad hasta el descontrol porque sabe que en el intercambio de golpes tiene todas las de ganar. Y, sin embargo, pudo quedarse sin el premio gordo. Confundió el ritmo con la prisa. La velocidad con la precipitación. Estuvo impreciso. Y llegó a dudar tras el empate de un notable contrario.
Pero este es un nuevo Deportivo. Confiado en sí mismo y con múltiples herramientas para golpear al rival. No lo logró en ataques posicionales. Pero supo cómo tirar del contragolpe y el balón parado para llevarse tres nuevos puntos que le afianzan en el playoff, le acercan a menos de un partido el liderato y le permiten reconocerse como una banda con mil maneras de matar.
Una densa telaraña
El Dépor estuvo lejos de la brillantez en su fase ofensiva el pasado domingo. A pesar del Deportivo 4-1 Tarazona, la escuadra herculina generó prácticamente todo su peligro a través de las transiciones ofensivas y el balón parado. El ataque posicional le costó un mundo porque el Tarazona demostró por qué llegaba con unos importantes números defensivos.
El equipo aragonés se plantó en Riazor sin complejos y firmó una actuación a la altura del mejor visitante del curso en A Coruña. En vez de esperar atrás, quiso ir a buscar al Dépor arriba para evitar que su rival progresase cómodo. Lo que sobre el papel era un 5-4-1, se transformaba en un 4-3-1-2 situado en bloque alto que le negaba al Deportivo las conexiones combinativas por dentro y también por fuera.

¿Cómo lo hizo? Mezclando una presión a pares (un futbolista marca a otro) y a impares (un futbolista marca a dos) en sus primeras líneas. Por un lado, los dos puntas se encargaban de los dos centrales, mientras que Keita era el elegido para controlar a José Ángel. Estos tres hombres más adelantados, además, presionaban con unas trayectorias de carrera inteligentes, que difuminaban las líneas de pase hacia delante al poseedor del balón.
A mayores, San Emeterio, Ramón Bueno y Álex Gil conformaban un sostén por detrás que reforzaba esas dificultades. Sin marca fija, se situaban en intervalos entre blanquiazules (a impares) para hacer dudar al Deportivo y poder ‘saltar’ al receptor del balón, cual acordeón. Divido la marca, voy a por el receptor cuando su compañero conecta con él con una trayectoria que me permita seguir tapando al otro futbolista que vigilaba y es mi compañero de una línea inferior quien me releva. Parece fácil, pero no lo es.
De este modo, con este 3+1+2, el Deportivo tenía difícil que los centrales, los laterales -Balenziaga apenas partió con más altura que Ximo- o los dos pivotes pudiesen conectar con los apoyos de Yeremay, Lucas, Barbero o Mella. Porque el Tarazona siempre sabía cómo tener a todas las piezas deportivistas vigiladas. Y cuando no era así, encontrar a Lucas o a Yeremay en los primeros pases para progresar era un quimera. Podían estar libres, pero encontrarlos resultaba una labor de orfebrería, ante la incapacidad para jugar fácilmente tercer hombre por la buena disposición visitante.

La asociación corta no funcionaba para activar al tercer hombre. Pero existe otro método para salir de presión desarrollando el mismo concepto: mirar lejos. En ese sentido, el Deportivo cuenta con el arma de Barbero como un alejado sobre el que golpear directo para que las baje y juegue de cara con un compañero enfocado hacia la portería rival. El patrón es muy habitual en el juego del Dépor, bien sea buscando caídas a banda de su delantero o, desde el retorno del ariete almeriense, también balones más frontales. Pero para que funcione, es clave ganar los duelos. Y el ex de Osasuna Promesas estuvo lejos de conseguirlo.
Es cierto que Barbero triunfó en el más importante: el centro dividido de Mella al que logró anticiparse. Pero el punta perdió muchas disputas. No solo fue incapaz de quedarse con demasiados balones, sino que cuando domesticaba el esférico, también estuvo errático en los envíos a la hora de jugar con el compañero. No logró darle continuidad al juego como acostumbra y el Dépor notó ese cortocircuito en uno de sus evidentes atajos.
La luz de Yeremay
De este modo, el Deportivo fue incapaz de construir ataques limpios desde atrás. Tuvo dificultades para desarrollar ofensivas largas y pausadas, cierto. Pero cuando lo logró, tampoco consiguió herir al enemigo. Todo porque el nivel de inspiración de la gran mayoría de deportivistas estuvo a años luz del de Yeremay Hernández.

El canario fue más mediapunta que nunca. Lejos de partir desde la banda, su ubicación inicial ya fue ese carril intermedio izquierdo desde el que poder moverse con libertad y encontrar los espacios adecuados para recibir lejos de sus posibles marcas. Yeremay brilló con luz propia a partir de su capacidad para ubicarse, perfilarse y entender distancias e intenciones de los contrarios.
Sí, el Dépor no consiguió encontrarlo en los primeros pases para que fuese él quien llevase al equipo al campo contrario. Porque, como decimos, el Tarazona fue capaz de tapar perfectamente los caminos hacia él. Pero sí logró conectar con el canario una vez el equipo estaba asentado en campo rival. Bien tras una recuperación que no terminaba en contragolpe vertical, bien en algún ataque más sosegado a partir del que progresar sin tanta prisa e ir hundiendo al contrario para que se estructurase ya en 5-3-2.

En esos momentos, se cansó de recibir al costado de Keita, ofreciéndole ese cebo con el que parecía tenerlo marcado y no necesitar la ayuda de San Emeterio para, con un simple primer toque, superarle. Peke ofreció un clínic en el control orientado como mecanismo de regate. Fue capaz de acelerar y pausar para atraer contrarios y liberar compañeros. Y detectó cuándo filtrar un pase definitivo y cuándo girar el juego para encontrar la evidente ventaja en el otro lado. Una exhibición en todos los conceptos que un mediapunta debería dominar para ser resolutivo.
Sin embargo, la luz de Yeremay Hernández no fue suficiente para iluminar los claroscuros del ataque deportivista. Mella o Barbero (a pesar del 1-0), pero también Ximo o Balenziaga estuvieron lejos de tener su mejor día con balón. Incluso Lucas Pérez, clave en la segunda mitad, estuvo un par de puntos por debajo de la inspiración del canario. Porque fue tal su nivel que, de estar acompañado, hubiese podido resolver el choque ya en la primera mitad.
Todo al físico
La densa tela de araña que impidió al Dépor construir desde atrás y la falta de musa impidieron que el equipo encontrase la fórmula para dominar al Tarazona a pesar de Yeremay. Sin embargo, el actual Deportivo es capaz de encontrar otros mecanismos para imponerse. Si la calidad no aparece, se gana por ritmo. Por físico.
De este modo, el conjunto dirigido por Imanol Idiakez volvió a ejecutar un plan defensivo muy arriesgado, ‘saltando’ muy alto cada vez que el Tarazona se pasaba el balón en las primeras líneas. El equipo aragonés buscaba atraer al Dépor para generar más espacio a espaldas de su centro del campo y disputas en mayor igualdad numérica. Y la escuadra coruñesa iba, sabedora de lo que concedía. Porque no le importa defender a campo abierto y porque sabe que cualquier robo alto es oro molido.
¿Hizo daño el Tarazona al Deportivo de este modo? Lo cierto es que no demasiado. Porque el Dépor tiene unos centrocampistas con enorme capacidad de corrección y unos defensores que, en este categoría, saben jugar al filo de la navaja. Todos son ganadores de duelos. Por lectura y, sobre todo, por físico. Aunque el riesgo está ahí y, a veces, te cortas. Como en el 1-1, en lo que fue una clara muestra de que el eslabón más débil del equipo está en ese carril izquierdo.

De hecho, esa manera de defender tanto en posicional como en las transiciones -la presión tras pérdida fue siempre hacia delante, intentando dejar sin opciones al poseedor- le termina generando la posibilidad de producir de otro modo: al contragolpe. Porque si un equipo se pasa la mayor parte del encuentro atacando a otro muy hundido, tan solo hay un camino para anotar: generar ventajas, a través de la asociación o de manera individual, en ataque posicional.
Sin embargo, al ir a buscar muy arriba a un equipo de juego eminentemente directo, el Dépor planteaba un escenario de partido más abierto. Le ponía al Tarazona la zanahoria para que saliese a por ella, a costa de que la cazase. Pero si no lo lograba, le podía devolver el ataque con un palo: el contragolpe. Porque ya había espacios.

De este modo, el Deportivo basó buena parte de su producción ofensiva en el contraataque. Con Mella en el campo, la capacidad para estirarse y la velocidad para hacerlo han crecido exponencialmente. El extremo santiagués -esté bien, mal o regular- es un sistema ofensivo en sí mismo que condiciona los partidos. Y ha contagiado al resto. Porque no fue casualidad que el 1-0 llegase a la contra, que la falta del 3-1 llegase tras una recuperación tras pérdida y una agresiva conducción y que el 4-1 surgiese de un nuevo ataque a la carrera.
El siempre fructífero recurso del balón parado complementó al contragolpe. Pero el contragolpe fue el método por el que el Deportivo liquidó a un rival poderoso defensivamente, pero que cayó en la trampa blanquiazul. Una trampa en la que también estuvo a punto de autolesionarse el equipo coruñés. No siempre el correcalles es la mejor opción y bien estuvo a punto de grabárselo a fuego el Dépor. Porque en ese afán por encontrar el vértigo nunca tuvo el control. No lo consiguió con el 1-0. Tampoco con el 1-1. E incluso le costó bajar las revoluciones 2-1. Sin embargo, a falta de la necesaria pausa, arrolla por velocidad y potencia. Por eso ahora tiene mil maneras de matar.