Polaquito Wilk

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Adrián Calviño analiza en su ‘Alta Definición’ y con su particular punto de vista la impresionante adaptación de Wilk al Deportivo.

El día estaba abierto y desde el avión se divisaba la Torre, radiante, bañada por el sol, imponente ante el Atlántico, orgullosa e imperturbable ante su primera mirada extraña. Él poco había oído hablar de Hércules, pero es probable que estuviera ya enamorado. Aún no había visto nada y todo era tan nuevo, tan magnífico. Apreciaba esa sensación, mezcla de frescura y desconocimiento. La nave maniobraba para encarar la pista y él se volvió a girar, esbozando una sonrisa por el ventanuco al recordar como delante de unos tragos de vodka con miel en una larga noche de agosto le explicó a sus compañeros que no se marchaba a los toros y el flamenco; que ni siquiera a los rayos de sol, aún cuando ahora brillaba, tal vez a modo de bienvenida. Emocionados, le hablaron mucho de morenas y curvas, playa, música y fiesta. Menos del Barcelona, Del Bosque, Cristiano o Iniesta. Menos aún de ese club campeón de liga al que iba. Tan prioritario como prescindible era el fútbol y los mitos en ese momento. Con la mirada perdida y achispada, negando feliz con la cabeza cada sarta de tópicos, continuaba brindando a cada ronda, participando de las canciones y los golpes en la mesa. Escapaba de su vida blanca y polaca, exitosa, por un resquicio legal, animado por el riesgo y el empaque del reto. El capitán cambiaba de rumbo y todo era celebración, meritocrática alegría y deseos de triunfo.

Entre pensamientos, recuerdos y auto convencimientos innecesarios, estaba en tierra. Antes de desembarcar y en un par de minutos, había robado tres maletas y un par de Ipads. Sin que el resto del pasaje se enterase, había apilado ya 21 bultos en la puerta delantera para cuando ésta se abrió. Se atusó el pelo, puso cara de angelote a la azafata y bajó por la escalerilla con un número de teléfono en el bolsillo y unas cuantas palabras que no entendió, pero prendado de aquellos ojos marrones. Caminó hasta la terminal, tomó un Aquarius y sus primeras Bonilla y cayó en la cuenta de que incluso el pequeño Alvedro con su escasa pista de aterrizaje le resultaba acogedor. Que ya es jodido que un aeropuerto resulte acogedor, de todas formas. Me gusta mi nueva casa, le confesaría con las comisuras de los labios rozando las orejas al tipo que lo conducía paralelo al puerto poco después. Incluso la ropa de la gente o los semáforos llamaban su atención.

Así cualquiera se viene de Erasmus, se dijo al salir del hotel y recorrer la ciudad por primera vez. El abigarramiento urbanístico, el verde moteado y el mar guardia de seguridad e hilo conductor; todo tan diferente, todo tan prometedor. A sus 26 el mundo se le abría porque él se empeñó en tirar las puertas abajo.

Al pequeño Cezary le gustaba el fútbol, como a casi todos los niños de su barrio. A él, además, se le daba bien. Tímido y siempre con un balón bajo la nieve, salía de clase para ir a entrenar con el Polonia Warszawa (Polonia Varsovia), su primer club. Creyeron por lógica en casa que la institución deportiva más antigua de la ciudad, simbólica y capital, fundada bajo el dominio ruso y aglutinadora de numerosas disciplinas, era el destino ideal para el entregado Wilk. Por si hacían falta más razones, la mítica entidad estaba de regreso en la élite tras años de vaivenes y negrura. Poco a poco, entre el instituto, las horas de entrenamiento con el Polonia y bigos y makowiec al llegar a casa, el niño se hizo hombre. Recibió una oferta del Korona e hizo las maletas. Adiós a los cuidados de mamá. Pequeño club de fundación tardía en la minera localidad de Kielce, más conocida por su equipo de balonmano que por el fútbol, el Korona se oponía a todo lo que el Polonia significaba. Además, Kielce incluía despedirse y hacerse su propio camino. Pero, ¿por qué no saltar?

Fue quizás allí, con 19 años y 200 kilómetros lejos de casa, un estadio de 15,000 y una coqueta ciudad entre montañas, el verde y la nada, entre mineros y tranquilas calles, donde forjó su carácter e hizo un máster en adaptación. No existía el miedo para el aventurero Wilk, jornalero de mediocampo, atleta de ambición con pausa y cabeza siempre sobre su cuadrada figura. La vida fluía tranquila en Kielce, formativa y jovial, suave y de progresivas pretensiones. No jugó mucho en el modesto club hasta que descendieron a la segunda división polaca, que debe ser aquello como un desierto con nieve repleto de hachas y zombies, bengalas y golpes. Corrió y corrió Wilk, volvieron a la Ekstraklasa (Primera División) y el rubio siguió corriendo, ya imprescindible y figura. Se despidió de la estatua de Miles Davis -¡una estatua de Miles Davis en la Polonia profunda!, vaya genialidad- y cambió la tranquilidad por el Wisla, el club más laureado del país, y la selección nacional. Al chico ya nada le decía su cuñado cuando volvía a Varsovia por Navidad. El chico era hombre, ídolo y capitán en Cracovia poco después. Pero, ¿por qué no saltar más lejos? Trabajador exiliado, siempre lejos del hogar, auspiciado por su representante y cautivado por Vázquez y Lendoiro, decidió preparar una maleta más grande, empacar con más fuerza. Convencido y dispuesto, decidió Coruña. El Deportivo de La Coruña.

Cogiendo a Perogrullo por el pescuezo, nos sale que Cezary Wilk no es Mauro Silva; ni siquiera Duscher tras la dieta caparrosiana. Pero tampoco el Dépor está en Primera ni pelea la Champions. Ahora hay un equipo hecho con más imaginación que ideas y más fé que dinero; un equipo comandado por alguien que soñaba con entrenar al grande de Galicia y lo hizo en la peor época de los últimos 25 años. Un equipo que va a luchar en Segunda con canteranos y retales, en el que cualquier rédito será un título. Si vas a pelear en el fango, rodéate de ciertos tipos que sepan lo que hacen, se habrá dicho Vázquez antes de arrancar esto. Y se fijó en Wilk, que no es un prodigio pero sabe lo que tiene y puede hacer, algo que no pueden ni deben decir André Santos o Rubén Pérez, mediocentros –o, matizando, mediocampistas- que llegaron a Coruña en los últimos años previo o precipitado redoble de tambores y algarabía colectiva. Pero Wilk es de la estirpe de Álex o Borja: jugadores alejados del ruido, conscientes de sus limitaciones, exaltadores de sus virtudes; trabajadores inteligentes en constante progresión.

Guapo y sonriente, camisa de cuadros por dentro, perfecto pelo rubio, gesto noble, sereno y honesto, tras un primer vistazo se asemeja alguno de los aplicados y sacrificados remeros de Harvard que inundan las películas americanas. Cómo si en esa crew remase, rítmico y acompasado, su juego intenta acoplarse al resto, a cada movimiento del engranaje. Polaquito Wilk –prefiero llamarlo así que ‘Wilkileaks’, como hace el tipo del asiento de arriba en Preferencia- no es, por ejemplo, Busquets. Ni se le parece tampoco. Pero es nuestro Busquets. Fluye entre el sistema pertrechado por Vázquez con sobriedad y el empaque de un veterano, se derrocha físicamente y no cesa en su rol de ladrón y guardaespaldas del que porta la 10. Además, ofrece una primera sencilla salida y a medida que pasan los partidos comienza a atreverse a desplazar más en largo o asomar por el balcón el área. El domingo, contra el Zaragoza, Wilk no fue el Señor Lobo –como anuncia su apellido- solucionando problemas. No. Simplemente, no permitió que los hubiera. Con Juan Domínguez escoltado, Wilk tenía más espacio y, con ello, más campo que abarcar, más metros que correr, más maños que desayunar. Y ahí es dónde más cómodo se siente. En un partido de mediocentro de categoría, ganó la práctica totalidad de los duelos y no erró entregas, haciendo suyo el mediocampo. Juro que alrededor del minuto 35 lo vi presionar a 4 rivales a la vez. Despliegue, presión, posicionamiento y robo; muerte y destrucción polacas.

Ahora llega el invierno, empiezan las lluvias y el barro, el frío y la desaparición de los volubles. Llega el invierno y entra ‘Diésel’ Wilk, que solo calentaba. Fuerte y decidido, amable y ambicioso, de porte y garra; luchador tenaz, incansable y percutor, solo le queda crecer. Como cuando se fue al Wisla. Como cuando desembarcó en la pequeña y acogedora Kielce. Pausado, callado, parece que siempre termina por imponerse. Wilk buscaba nuevo campo de batalla, nuevo hogar lejos de casa. Por suerte, lo ha encontrado en Riazor. Y lo ha hecho llevándose la adaptación por delante.

*Aunque parezca evidente, esta sección de opinión y, especialmente este texto, mezcla realidad –poca- y ficción –mucha-.

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