Blanquiazul Tarragona, ventajas y ascensos

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Regresa Adrián Calviño con su columna ‘Alta definición’ bajo el brazo. Un recordatorio del último ascenso, con aquel gol de Xisco que revolucionó nuestros corazones y agitó todavía más fuerte nuestras banderas.

Estaba hecho, decían; nos decíamos, con la confianza de Tristán un sábado noche. Con la pericia de José Tojeiro para detectar “droja en el Cola Cao”. Eran tres o cuatro los que se resistían, poco más. Entre ellos, tu amigo el que pide “un mostito, jefe” cuando vais a cañas y la vecina que le da besos en la boca al perro. Besos. A un perro. En la boca. Lametazos de un perro en la boca. Raritos sois, coño. Pero, ¡qué razón tenían los condenados! Cientos de “yo ya lo dije” haciendo guardia en cada terraza. Malditos cenizos con su karma lleno de goles en contra. Siempre tiene que venir el fútbol con sus resultados a joder. Con lo que uno ama los resultados y siempre le hacen lo mismo. A mí, que venía aquí a hablar de Lugo y su fiesta y su nos quedamos hasta el día siguiente y a ver, que el hombre propone y Dios dispone y cuando todo cerró tú aún estabas abriendo. Nada, no hay manera; tarde, mal y a rastras, incluso y nunca, la historia de mi vida. Todo es más bonito así, supongo.

Sesteando entre Yuri, Renella y Viguera, forajidos de revólver rápido, movimiento certero y poca pregunta, se nos acabó la ventaja de tanto usarla. “De tanto tirarla”, apostillará ‘El Mostitos’ a la que pueda. Zozobra y viajes a Cuatro Caminos, dos puntos de nueve y ya son solo cinco de ventaja los que nos quedan para volver. Que sí, que queremos estar tranquilos, que cinco en esta Segunda es casi media vuelta y quedan cuatro fechas y cada día te quiero más. Sí, pero. Hace dos años, con siete veces más plantilla y Oltra tan desatado jugando al Carmageddon con la categoría que nadie nos podía parar, hubo de aparecer Xisco salvador en el ocaso tarraconense para cumplir una ilusión que ya tomaba el camino de la agonía y el dolor. “Quen ten cú ten medo”. Dos años más tarde la situación se repite, con la esperanza aún inmune a los cañonazos, acuciando incluso más la necesidad.

¿Quién no recuerda aquel partido? En nuestro grupo, en los últimos dos meses, sale casi tanto o más que Lendoiro o el eterno ‘depilación en zonas púbicas, ¿sí o no?’; que si lo dijésemos así, con tal finura y sutileza, hasta pareceríamos una revistita de esas que dan con el periódico. No quieran saber las respuestas que temas de tal enjundia suscitan. Tarragona era el asunto. Lo mucho que lo recordamos. Como ahora, las pocas ganas de que nos jodieran. En el bar de siempre, los tipos de siempre. El Nástic, las bufandas sobre las guitarras, el alcohol, hasta tu colega al que le tira el merengue con la blanquiazul puesta y el partido en la tele robado con una argucia de esas que permite la tecnología de cables roídos, Internet y teles planas, que en el barrio pirateamos el fútbol hasta en los bares; no iba a ser menos si sobrevivimos a la época del PPV sin RojaDirecta con aquellas tarjetitas blancas que hacían de llave maestra descodificadora de mundos sin explorar.

Nada podía salir mal aquella tarde noche, te decías; os decíais, con la confianza de Sissoko yendo al peluquero. Con la cautela de un mapache asaltando la cocina. Y sin embargo, todo parecía salir mal. Que si gol del Nástic, que si empatamos pero ya, hasta ahí; que si los minutos pasan y tienes al típico ansias que te rasga la ropa con las uñas o te tira del brazo hasta el cuarto aviso; que si esto, que si aquello, todo sufrir. Siempre sufrir.

Y como el pirateo falla cuando tiene que fallar, la nada y los nervios nos pillaron a oscuras. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Y una mierda. Tres docenas de tipos desesperados con una botella en la mano y el LiveScore en la otra. Estaba el asunto como para que justo entrara el típico listo. Había que arreglárselas de alguna forma; necesitábamos el mejor solo de guitarra, la pincelada maestra, la efectiva frialdad de un ingeniero. O cualquier alternativa viable no muy inconsciente. Sucedió lo segundo. “Vamonos de aquí, hostia”, espetó el dueño del bar largándose sin cerrar la puerta ni mirar atrás, en una decisión valiente y acertada visto el percal. Así nacen los líderes. Alguno mantiene, aún hoy en día, que iba con la cara pintada de blanquiazul como William Wallace, una espada salpicada de cerveza y poniendo gritos allí donde no alcanza la vista. Todos nos repartimos por las pantallas cercanas, agolpándonos a las puertas de los locales mientras el ‘nuestro’, cual templo sagrado deportivista, permanecía oscuro y solitario. Como si dejásemos allí abierto medio ascenso, en stand by con cuatro velas y Guns ‘n’ Roses, esperando a que volviésemos a festejar o romper con todo.

Entonces apareció Xisco y las calles respiraron a la vez, en un largo suspiro de asfalto y cristal. De repente, belleza. Pétalos de rosa y besos lacrimosos, abrazos, amor y los exiliados por ‘dañar al fútbol y a tu equipo’ (¡Ja!) de vuelta a ‘casa’ agarrados en procesión dando voces. Y juro que hasta las sillas bailaron con nosotros. ¡Qué noche aquélla! Welcome to the jungle. Sobre todo, cuánto sufrimiento. Sobre todo, cuánta alegría. Todo es más bonito así, supongo. Sin dolor no hay gloria. No es sino por estos momentos que llevamos 38 jornadas de la 13/14 sacando adelante melodías de metal y transiciones de cemento.

El fútbol está en los bares. En los estadios, los bares y los campos de tierra. De los terceros ya no hay y de los dos primeros nos quieren echar. Sofá, cerveza reserva sabor a arándanos con reducción de Pedro Ximénez, maicitos de autor (?), contrata no sé qué paquete, bájate tal aplicación con quince mil millones de estadísticas inútiles y coméntalo por Twitter. Con educación, respeto, lenguaje culto, sin gritos ni discusiones. En tu casa. Por la tele. Y no se te ocurra viajar a ver a tu equipo, a ver quién te crees que eres. Llegará el día que la Liga establezca también un horario para follar; desde las tres hasta las cinco del domingo, por ejemplo, entre una batería de partidos. Si follas fuera de hora, dañas a tu equipo. No, joder. Paremos esto. Cantemos en los estadios. Gritemos en los bares. Al menos eso.

Además, está el deportivismo dejando la transigencia en la cuneta. Desde que comemos hamburguesitas gourmet con hierbas de colores y vamos a pubs de ambiente somos tan modernetes que ya no nos vale la defensa de cinco, urdir planes para convertir líneas en muros cementosos infranqueables o morder como perros con la rabia; ya nos vale ascender por lo civil o lo criminal. Con lo bonito que es lo criminal. Queremos, parece ser, juego preciosista en modo apisonadora, también regalar flores a los rivales y hacer ochocientas combinaciones de cambios diferentes durante el partido, para que nadie se queje. Y que Tino no sé qué, y la cantera no sé cuánto, y ya casi hay más críticas a todo que chismes que venden yogulado en Coruña. Algunos a Fernando ni un Chester le dais si os lo pide, qué manera de odiar. Meritocracia coruñesa. Seguro que ahora que hace flamenquito hasta os gusta más Love of Lesbian. Seguro que hasta compráis cigarros electrónicos de esos. Menos mal que siempre sale tu amigo el animal a recordarte quién eres: “¿cómo no vamos a ir a ese pub? Si las chicas no esperan heteros y están más receptivas. ¡Fuego!”.

Es importante saber qué eres, también qué te juegas. Que la belleza, de tan subjetiva, es irreal. Que en el fútbol hay mil caminos válidos y los talibanes de una idea aburren, de cansinos y tercos, de desencantados de todo. Tiempos frágiles para la heterogeneidad, estos.

Cinco puntos, solo cuatro partidos. “Para que haya emoción, hombre”, y a tirar para adelante, que todo es más bonito así. Hace veinte años, el 14 de mayo de 1.994, se nos bendijo para perder. Desde entonces, incluso aquel día, no hemos hecho más que ganar. Una gran derrota es mejor que otra victoria más. Caer, una y otra vez; volver con el rostro más afilado, el corazón más duro. Vivir, sufrir, luchar. Nunca dejar de buscar, perseguir, soñar aunque las bombas te envuelvan; una brasa basta para derretir un frío manto de hielo. La tibieza es para los insulsos y anodinos, para los que prefieren bañarse en el Mediterráneo caldoso que en el Atlántico salvaje. Perseverancia, cánticos y bengalas. A las armas. Sangre, codazos y patadas. Fútbol si hace falta. No queda nada para repetir que “ya estamos aquí”. Arsenio, Vázquez, gente de la casa y la ciudad con el corazón pintado. Sufran, que es a lo que hemos venido, pero disfruten; que acabaremos echando de menos esta temporada. ¿Acaso no se estremecen recordando a Xisco salvador, Guadalajara conquistada o cómo el sentimiento blanquiazul volvía a crecer por toda la ciudad? ¿Acaso no recordarán como en 2.014, muchos hijos de Abegondo bajaron a la mina para cubrir Riazor de oro y diamantes? Sufran, pero confíen. Nuestro estadio, nuestros bares, nuestros campos de tierra que ya no existen. Nuestros recuerdos, nuestros miedos. Nuestra Tarragona incendiada resiste en la memoria. Nuestro Dépor. Nuestro equipo más bonito del mundo.

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