Ejercicios de memoria en clave deportivista

Una de las frases más manidas en el mundo del fútbol, es aquella en la que se asegura que el mundo del balompié no tiene memoria. Hoy estás cómodamente asentado en el cielo para al día siguiente quemarte en el infierno. Pasas de ser el mejor entrenador del mundo, a uno por el que nadie banca. Y así podríamos estar hasta que se nos hiciera de noche. Aunque realmente este no es un mal exclusivo del fútbol.

Pese a la acuciante falta de memoria existente en la sociedad actual, todos guardamos como oro en paño infinidad de recuerdos ligados al equipo que nos quita el sueño. Por mi parte, siempre me acordaré de cómo no quise mirar cuando Djukic cargó su pecho con el aire de Riazor. Con la bufanda tapándome la cara, lo siguiente que vieron mis ojos fue un portero que parecía haber ganado la Liga de Campeones. Aunque ese mal recuerdo ha sido arrinconado por el día en el que Alfredo Santaelena desafió la gravedad y nos hizo tocar el cielo, o cuando Djalminha le sacó los colores a Yago con un taconazo que se hizo eterno, aderezados por tropecientos recuerdos más, siempre con los rayas blancas y azules clamando protagonismo. Hasta el 8-3 de Mónaco merece ser recordado.

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Aquel que haya llegado hasta aquí se preguntará de qué va esta columna de opinión. Es sencillo, se trata de un simple ejercicio de memoria y reflexión. Situémonos ahora en el 2013, concretamente el 31 de julio. El directo de riazor.org, en uno de los días más complicados de los últimos veinte años, recogimos casi tres mil mensajes. Miedo, desesperación… todo tipo de estados de ánimo concentrados en unas horas, interminables, que por suerte concluyeron con lo que podríamos denominar final feliz.

Tras la tormenta, la supuesta calma. Unos días en los que abundaban los mensajes del estilo “firmo por no descender a Segunda B”, o similares. Pero una temporada después, larga, el Deportivo vuelve a estar en Primera. Sea por méritos propios o por deméritos de lo demás, lo cierto es que de la mano de Fernando Vázquez, el equipo se ha hecho con el objetivo prometido tras el descenso.

Reiteramos en que el fútbol no tiene memoria, con lo cual nadie recordará partidos infumables en los que hasta agradecíamos cuando la señal se cortaba o mirábamos desafiantes al router para que sus luces pasaran al otro lado. Es más, alguno seguramente casi ni será capaz de recordar los goles de la temporada pero sí los kilómetros que se ha recorrido para darle el aliento necesario al equipo de sus amores. También visualizará cómo celebró el ascenso en Maria Pita o en donde le hubiese tocado estar. Y eso, en un curso en el que se ha cambiado hasta el presidente, no tiene precio.

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No vamos a descubrir a estas alturas de la película, que el fútbol es debatir, apasionarse, discutir y posteriormente abrazarse hasta con un gol de Arizmendi. Nos encanta sacar a pasear ese entrenador que llevamos dentro y mostrarle al mundo que sabemos más que nadie. Que si no estamos quitándole el puesto a Guardiola en el Bayern, es por que nos gusta más poder pasear tranquilos por la calle. Pero al César, lo que es del César. La temporada 13/14 debe permanecer en nuestro recuerdo, por dificultad, sufrimiento o como diantres lo queráis llamar, pero no la apartéis al cajón desastre de vuestro cerebro. Como alguno se apresuró a inscribir en su camiseta del ascenso: “Xuntos voltamos”. Y eso, deportivistas, es para estar orgullosos y no olvidarlo ningún segundo de vuestra vida teñida del salitre de Riazor.

Víctor Losada

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