Entre Clarita, Ipurúa y una idea

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Adrián Calviño vuelve a deleitarnos con uno de sus textos que entremezclan surrealismo, ficción y un amor desmedido por el Dépor. Regresa ‘Alta definición’.

¿Se parece el fútbol a la vida? ¿La vida al fútbol? “Todo en la vida tiene que ver con el sexo, salvo el sexo. El sexo se trata poder”, dice en algún momento Frank Underwood, ficticia voz satírica de la política estadounidense en House of Cards, vivero de maquiavélicas lecciones vitales, oscura moralidad entre la radiante luz del Capitolio. ¿Tiene que ver entonces el fútbol con el sexo?

Es probable que Clara, murciana renegada, de apariencia y parecer dulce, de mirada sincera y juguetona, también pensase como Underwood, pero lo disimulaba bien. No recuerda mi amigo cómo la conoció, si en mitad de la noche o en la cola del café, si la perdió al rato de verla o si jamás la había encontrado. No sabe, muchos años después, si le escuchaba cuando le hablaba de la patada de Andrade a Deco o el penalti de César del año anterior; no sabe, siquiera, si le interesaba el fútbol. Tampoco sabe por qué se acordó de ella camino del bar a ver el partido de Eibar. Solo recuerda que se había cansado de los hombres, o que la habían dejado o jodido o hecho cualquier cosa que necesitase remedio. Y entonces apareció él, aún perdido, con 19 y la vida recién puesta en el fuego, todo sin hervir, todo tan a punto de la efervescencia.

También asemeja este Deportivo, de cuando en vez, de ratito en ratito, estar a punto de la efervescencia, a tres o cuatro pasos, uno o dos meses, de encauzar una idea para la que los muebles se presuponen y la preparación no ha tenido tiempo de existir. Igual por eso se acordaba él, a las puertas de Ipurúa, de aquella época de comienzo y cambios, de aventuras con los ojos cerrados y el corazón abierto.

Por aquel entonces, Clarita –así se dejaba llamar- tenía 27 años y un plan maravilloso entre el vestido cada fin de semana. Había dejado de lado la cazadora de cuero y las pinturas de guerra, el póster de Nirvana ya no estaba en su habitación y lo de mojar las bragas por cualquier payaso se encontraba en stand by. Estudiaba psicología, vivía en una residencia de monjas, cantaba en un grupo y se había propuesto huir de los hombres, pero no de los niños. Le gustaba hablar sin decir nada, tocar la guitarra y el acento de un gallego repicando en la soledad del invierno madrileño.

Él la encontró sin saber que lo estaba buscando. Morena azabache hasta sus hombros menudos, esbelta pero curva figura, ojos entornados en cada sonrisa blanca de fingida inocencia; de buscada candidez, protectora de un jardín ya arrasado, a la caza de pedacitos de azúcar y píldoras para no dormir, para no pensar; con el corazón envuelto en metal y seda, suave pero a salvo, terciopelo al primer contacto, a cada caricia, áspero en cada nuevo rincón a conquistar. Él se perdió sin saber que ya estaba perdido.

Clarita olvidó el sexo, el poder y jugó bonito. Él lo olvidó todo. Tras tres meses de primavera para dos, lo citó en el hotel frente al que siempre, entre conversación y conversación, se metían mano para pasar la tarde y el frío. Abrió la puerta y allí estaba, desnuda, portando solo una guitarra española que exponía su coqueta menudencia, con una botella de ron entre las sábanas y la pose de maestra por enseñar. “Tu boca es agua salada”, y dejó resbalar tres acordes.

No hay hecho que no mejore con su relato y claro, así contado, parece todo tan bonito que uno, sin haber estado allí, se lo imagina cubierto de flores que sobrevuelan la habitación, velas que dejan un aroma que jamás haya existido nunca y cientos de arcoíris entrando por la ventana y pintando mil millones de colores que en armonía forman uno solo que lleva los nombres de los dos. Venía a ser el Brasil del 70 conociendo a Guardiola, vaya. Se acaba por imaginar uno que no follaron, sino que hicieron el amor o algo de eso. No sé cómo tocaba la guitarra Clarita, ni si cantaba bien, pero dice mi amigo que de la vida lo sabía todo y que ojalá fuese virgen mil veces más solo por conocer a Clarita y su control del tiempo para jugar bonito, para jugar a lo que no se juega y dejarse querer cuando no se puede querer. Cómo no quedar trastocado por algo como eso; solo así se explica que el lunes, como cada partido, me estuviese rajando de Laure, Bergantiños o Fernando Vázquez. A veces, todavía se olvida de que no siempre es primavera.

Como él, imaginaron muchos un distópico escenario en manos de Vázquez, mediocampistas de acero y guerras en la oscuridad, camino a la perdición de balones altos y esquemas de trinchera, a la batalla con sangre por cada centímetro de campo propio. Con lo apropiado que sería eso, de todas formas; con la de poesía que tendría un ejército castrofeitense con la bandera de la patria en el pecho. Incrédulos, modernos todos. Se aferraron, por el contrario, a la utopía de Víctor Fernández y sus proclamas de vistosidad, dominio desde el talento y partidos efectivos pero plásticos con el equipo del casi pero no tanto. Y no. Quería el Dépor ser Clarita y jugar bonito, que le dijeran aquello de “qué hermoso eres, Víctor Fernández”, pero incluso Clarita no jugaba igual en todas las camas, ni dejaba su corazón abierto por si a alguien se le ocurría entrar.

Lo entendió el Dépor en Ipurúa, poniendo el cerrojo para que a nadie se le ocurriese entrar y bajando al barro a pelear, a luchar cada pelota como si el espíritu de Fernando los persiguiese rasgando el césped. Lo entendió el Dépor, que dejó la guitarra, agarró el ron y se puso a follar.

Y de tan feo que fue, fue precioso. Porque el encanto no se mide en belleza, ni el fútbol en pases, posesión o florituras, sino en goles, y cada uno ve el fútbol, y la belleza, como quiere, o puede. Pero es difícil no enamorarse de Postiga, Sidnei, Lopo y la vieja guardia de Monforte batallando contra Albentosa, que parecía el malo de Rocky con la camiseta a punto de reventar, Arruabarrena, Dani García y demás feligreses de la siderurgia, una disciplinada y pegajosa horda de gregarios al servicio de Hierros Servando y la supervivencia en la A, la B o lo que se les pida.

Llegó un día y se fue, Clarita. La dulce Clarita. Sin saber muy bien por qué, como lo hacen las cosas buenas, como se fue Vázquez. Ella sabía que no siempre se puede jugar bonito, ni se debe; que al final, todo se trata de sexo, o de poder, o de que en último término todo sigue; para bien, para mal, o como sea. Él se dio cuenta después. Ahora, crecido, quiere combinar, busca follar bonito, pero con paréntesis, que no siempre se puede. Como el Dépor del regreso. Como Víctor Fernández, que en la búsqueda de una idea parece haber dado el alto, dejando paso al pragmatismo que un recién ascendido necesita para respirar. Igual no es solo un paréntesis, igual la escultura, a medias, prefiere volver a ser cemento. Ya se sabe: los discursos, para muchos, son mutables, cambiantes ante la necesidad. “Dejemos la ideología para los generales de sillón. No me sirve para nada”, podrá decir cualquier día en rueda de prensa, saliendo por Underwood ante la insistencia. Quizás es solo antes del sufrimiento, con la esperanza del éxito, cuando las ideas se imponen a todo, o tal vez es la supervivencia la que siempre acaba por imponerse. Lo que parece claro es que el sábado, frente al Madrid, no cabe otra cosa que no sea cuchillo, cantimplora y supervivencia. La idea ya se ha metido en la selva.

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