Quince años atrás

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Con infinidad de caras nuevas que no ha visto todavía Riazor, vuelve el Teresa Herrera a recuperar parte de un protagonismo pasado, aún sin el lustre de antaño ni una plantilla de excelso nivel. Pese a todo, vuelve la ilusión.

Los recuerdos, por norma, tienden a distorsionarse con el paso del tiempo, siendo así peores los malos y extremadamente mejores y añorados los buenos. Cualquier tiempo pasado fue mejor. O así lo suele ver la memoria. Aplicando la teoría al plano futbolístico, ésta se magnifica todavía más. De ahí que quizás recuerde de sobremanera aquellos veranos de fin del pasado siglo, con el equipo por armar y el Teresa Herrera presente. No son tiempos para la lírica actualmente, con la economía en rojo y las estrellas ausentes, pero sí queda lugar para ilusión. Ilusión como la de aquellos veranos. Ilusión y nostalgia, pues quizás, tan solo quizás, fue en uno de esos veranos cuando creí ver mi particular culmen futbolístico, casi todo lo que soñaba de un equipo. Un momento que, completamente distorsionado, habita por ‘flashes’ en mi memoria.

Verano del 97. De pie en General, con la inmensa noche en lo alto y Riazor al frente, embobado como lo que era -un crío-, ante el espectáculo galaico-brasileño, ante un equipo que en sus primeros compases ya parecía dispuesto a marcar época. Sin embargo, ninguno de los aficionados éramos conscientes en aquel instante del desgarro que la marcha de Rivaldo supondría poco más tarde, pues el brasileño, todavía de azul y blanco, estaba disfrutando como nunca sobre el verde coruñés. Todo lo que había era ilusión tras un tercer puesto y la llegada de savia nueva. Nueva samba, concretamente. Un nuevo proyecto más ambicioso, utópico si cabe, puesto que esta vez Lendoiro se había propuesto reunir de nuevo a aquel ‘rombo mágico del Palmeiras’: Flavio, Djalminha, Rivaldo y Luizao. Aquella frase, aquella evocación hacia cierto desconocimiento, nos trasladaba a Brasil. Al Brasil de ritmo y talento, descaro y pasión, fútbol y títulos; a lo mejor de lo mejor de un país que no era la cuna, pero sí la máxima expresión técnica del balompié. Era, pues, un desconocimiento esperanzador y confiado, en todo caso, pues la categoría de las incorporaciones se daba por sentada.

¡El Deportivo ha juntado de nuevo al rombo mágico del Palmeiras! ¿Cómo cualquier futbolero, ante aquella frase, podría tan siquiera ofrecer un mínimo de resistencia? ¿Qué cosa podría sonar mejor para un club que había crecido con Bebeto y tenía en los brasileños y un chico de Carreira con pies cariocas su factor diferencial? Así que no solo la ciudad, sino que el país entero estaba como loco con aquel conjunto nuestro, aquel pequeño club que se adelantaba a las grandes potencias y parecía dispuesto a arrebatarles pedacitos de cielo a mordiscos. Y ese Teresa Herrera todavía lleno de prestigio era la primera prueba para calibrar la magnificencia de tal atrayente combinación. No había Twitter. Ni Facebook. Tampoco Internet desarrollaba su potencial ni la televisión inundaba la parrilla con el fútbol internacional. Incluso, a veces, poco o nada se sabía de las nuevas incorporaciones. Que yo recuerde, no podías abrir Internet y teclear en YouTube ‘Djalminha Palmeiras Higlights’ o ‘Luizao melhores golos’. Ni ver en directo los choques del Palmeiras vía Streaming. Suerte si se había conseguido coger algún partido de Brasil o una Copa América, de cuando se veía en TVG a horarios intempestivos y era un placer descubrir futbolísticamente los rostros de los cromos o las medias del PC Fútbol. Todo era tan bonito…

Porque no nos engañemos. Seguir fervientemente y al detalle todas las grandes ligas europeas está muy bien, incluso coquetear tímidamente con la Liga Rumana y ser un experto en el apasionante fútbol nórdico, pero reconocerán que 15 años atrás todo era más bonito. No había analistas ni expertos de nada, salvando al sempiterno Maldini y dos o tres similares. En el fondo, todo era más bonito. Mucho más bonito e inocente, virginal: y ahí estaba el Teresa Herrera, tan escenario y juez del prejuicio a los nuevos como saco de ilusiones y retrato de esperanza, tan para el más acérrimo seguidor como para el turista ocasional y deslavazado de la manada o el retornado que llevaba a su alejada familia. Olía a verano. A verano de cuando éstos discurrían de forma natural, sin altibajos extraños y modernos y, todavía toalla en mano, se llegaba al estadio. Olía a mar y mareas vivas, bocadillo de jamón y empanada, a gradas repletas ajenas al devenir monstruoso del feroz mercantilismo futbolísitco. Olía a equipos sudamericanos en busca de una gloria europea ahora perdida en la nostalgia, caída en la obsolescencia de un fútbol que no ya no gusta de ese romanticismo provinciano, de esa globalización a medio camino entre la decadencia y la desmesura, entrando los clubes en una Ley Bosman que, por extraños fenómenos, les forzaba a fichar jugadores de cualquier lugar alejado de las fronteras españolas.

Y en medio de toda esa melancolía, Rivaldo se marchó, dejando para el recuerdo un último partido en Riazor: un Teresa Herrera ciertamente especial ante el PSV Eindhoven, juntándose el rombo mágico con Mauro y Donato, con Fran y Martins: el equipo que pudo ser y no fue, la muestra cuál Globertrotters del balón que quedó en mi memoria, el talento expuesto a la máxima expresión vestido de azul y blanco. Quizás tampoco fuera tan especial. Quizás era un simple torneo veraniego con un equipo entero dando la despedida a uno de sus puntales. Quizás era nada y la concepción de que todo tiempo pasado fue mejor inherente a cada memoria hizo el resto. Incluso no recuerdo el resultado. De hecho, sin Rivaldo y con millones, el equipo se fracturó completamente y pasó una temporada sin pena ni gloria, dando así muestra de que no estaba realmente bien configurado. O sí. No importa. Aquel fue el más efímero de los equipos míticos, de los predispuestos a alcanzar la gloria. Un equipo de leyenda en un partido, un proyecto convertido en fiasco pero que dejó uno de los más dulces recuerdos. Al menos, ese es el poso que cubrió mi memoria. Y en mi memoria, por ahora, mando yo. Sea o no la realidad, es un gusto recordarlo así.

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