Un Dépor forjado en el barro

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Hay carreras vertiginosas. Futbolistas que pasan del barrizal de la Tercera a la élite. De Vista Alegre al Emirates. De O Couto a Riazor. Son trayectorias forjadas en silencio, con trabajo, un compromiso fuera de toda duda, y mucha ilusión. Chicos que abandonan sus casas y bailan (o no) de equipo en equipo, en busca de un futuro mejor. En busca de la consecución de un sueño. Algunos, muy pocos, lo consiguen. Otros, la mayoría, se quedan a mitad de camino. En un país con más de 900.000 licencias federativas, es normal. No todos pueden llegar.

Aterrizar en el fútbol profesional supone alcanzar las metas que de pequeño te quitaban el sueño. Aquellas que parecían complicarse con cada derrota, con cada mal pase o después de un pésimo entreno. Supone cumplir tu sueño y el de tu mejor amigo. Supone soportar las pretemporadas infernales y sus lesiones inoportunas. Pero detrás de cada figura, detrás de cada chico, más allá del juego, se esconde otro camino, una historia particular con altibajos. También en lo personal. Y si hablamos de senderos duros y de meritocracia, uno se acuerda de los Borja Valle, Raúl Albentosa o Florin Andone. Todos ellos salidos del infierno de la Segunda B.

En el caso del berciano, de 24 años, viene de firmar un contrato profesional con el Deportivo, pero, no hace tanto, se las ingeniaba para sobrevivir a los impagos de un ya difunto CD Ourense. Fichado por el club de la cidade das Burgas con apenas 19 años, vivió los últimos suspiros rojillos. Y sus consecuencias, claro.

Inmersos en una crisis institucional que derivaría en la disolución de la sociedad, en 2013, los futbolistas ourensanistas dejaron de cobrar. Y Borja se las tuvo que apañar, llegando incluso a vender botas -Nike se las suministraba de forma gratuita- entre sus compañeros. Fue subsistiendo como pudo, hasta que al verano siguiente firmó con el Oviedo, en el que sería el año del regreso de los carbayones.

Un fútbol semiprofesional por el que también pasó Rubén Martínez. El meta de Coristanco se peleó con el barro de la B, y lo hizo defendiendo las elásticas de Barça (B) y Cartagena.

Tampoco se libró Alejandro Arribas. Formado en las categorías inferiores del Rayo Majadahonda, daría el salto, en 2008, al homónimo de Vallecas, para jugar en su filial. Ya en la segunda vuelta, recalaría cedido en el Navalcarnero, también de la categoría de bronce.

Una categoría que tampoco resulta extraña para su compañero de zaga, Raúl Albentosa. Natural de Alzira, en la Ribera Alta valenciana, el corpulento central militó en Caravaca, San Roque de Lepe y Cádiz. Antes, había probado la Tercera de la mano del Elche Ilicitano y, entremedias, del Murcia Imperial.

Siguiendo con la retaguardia, llama la atención el caso de Laure. Formado en la fábrica blanca, dio el salto al Real Madrid C, de la cuarta categoría, para luego ser fichado por el Leganés (por aquel entonces en Segunda B). Un año más tarde, en 2007, y con 22 años, se incorporaría al Fabril, del mismo grupo.

Otro que tampoco se saltó ese escalón del fútbol español fue Juanfran Moreno. Primero en el Villarreal B y luego en el Castilla, selló un paso de cuatro años. Los mismos que todo un campeón de Europa como Fernando Navarro. El barcelonés disfrutó de la categoría de la mano del club en el que se crió (el Barça), desde el 2000 hasta el 2004.

También en la sala de máquinas blanquiazul se cuentan varios peloteros con recorrido por las diferentes categorías del fútbol español. Y es que los filiales de Deportivo, Real Madrid o Elche, tuvieron en sus vestuarios a los Álex Bergantiños, Pedro Mosquera y Carles Gil, respectivamente. Todos ellos, en Segunda B.

Pero, si algún caso destaca por su magnitud, ese es el de Fayçal Fajr. El marroquí llegó a disputar la quinta categoría del fútbol francés con la camiseta del Oisell. Solo un año después, el ES Fréjus le incorporaría para su equipo de cuarta. Era una época en la que “cobraba 600 euros y vivía en una habitación en el estadio. No tengo miedo a decirlo“, reconoce. Y se acuerda de Guy David, su entrenador por aquel entonces, y el mismo que le ayudó a llegar a dónde está hoy.

Una superación que tampoco está exenta en el pasado de Lucas Pérez. Antes de recalar en el Atleti C (3ª) o el Rayo B (2ªB) el ariete de Monelos tuvo que recorrer, (casi) a diario, los 40 km que separan A Coruña de Ordes. Allí despuntó en su último año de juvenil y ayudó a los locales a mantenerse en Tercera.

Más meritorio aún, si cabe, parece el pasado de Florin Andone. Vinaròs, Castellón, Villarreal C, Atlético Baleares o Córdoba B, fueron su cobijo antes de recalar en la élite. Incluso estando en el conjunto castellonenc, y sin cobrar, se planteó el volver a su país.

Pero si los jugadores no lo tienen fácil, los entrenadores tampoco. Y sino que se lo pregunten a Gaizka Garitano. Retirado en 2009 de la práctica del fútbol, el deriotarra dirigió, durante dos temporadas, al filial del Eibar, en Tercera. Previo paso a su llegada al banquillo del primer equipo, con el que acabaría ascendiendo a Segunda A y posteriormente, a Primera.

Catorce testimonios. Trece futbolistas profesionales (y un entrenador). Hoy todos viven de esto, pero hubo un día en el que no parecía tan fácil. Del barro de la Tercera, y la Segunda B, a la élite. Porque los sueños, a veces, también se cumplen.

Sobre el Autor

En Xogo (TVG) y Galicia en Goles (Radio Galega). Aquí, juntando letras sin que suenen mal. O intentándolo.