Adiós, América

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Hace dos décadas, Mauro Silva y Bebeto aterrizaron en A Coruña. Fue un flechazo. Durante estos veinte años, el Dépor se ha mantenido unido al ‘Nuevo Mundo’. Pero todo tiene un final.

Nada hubiese sido lo mismo sin aquel viaje de ese avispado ojeador cuyo nombre desconozco pero al que siempre estaré agradecido. Es algo que siempre he pensado. No se recuerda como uno de los hitos clave de la historia del Dépor, pero ninguno hubiese ocurrido sin ese punto de comienzo. Yo que sé, si no hubiera estallado el diluvio universal en aquella final de Copa, igual no teníamos ese trofeo en la vitrina. O si Jon Pérez Bolo no hubiera firmado la actuación de su vida en aquel mayo de 2000 sobre el césped del Camp Nou, pensaríamos ahora que el fútbol nos debe dos Ligas. Porque al final, lo que separa el gran éxito que supone ganar una final del desolador sentimiento de fracaso que induce al que la pierde es muchas veces un resbalón, una racha de viento, un fuera de juego de dos centímetros. Una pizca de suerte, vamos. Pero si Mauro Silva y Bebeto no hubiesen firmado por el Deportivo en verano de 1992, nuestra infancia hubiese sido una mierda.

Dicen que el Deportivo no viajó a Brasil buscando a Mauro Silva. Que el que llamaba la atención era uno de sus compañeros en el Clube Atlético Bragantino. Quién sabe si es verdad o si, como ocurre tantas veces, la realidad se exagera con el paso del tiempo para que quede más bonita cuando la contamos. El gol que metí antes de ayer en la final del único campeonato que gané como futbolista, hoy lo recuerdo como una bonita volea que entró por el lado derecho de la portería. Mañana quizá sea una chilena por la escuadra. Es lo que mola cuando no hay nada que lo demuestre. ¡Qué desilusión me llevaría si volviese a ver ese remate! Pero, en fin, que no sabemos ni cómo ni por qué, pero Mauro Silva firmó por el Dépor. Y Bebeto también. Y la historia del Dépor, de A Coruña y de Galicia cambió. Augusto César Lendoiro, cuando quiso convertir su jardín en un edén, también pensó en América.

Están a punto de cumplirse veinte años de ese punto de inflexión. Pero con mayúsculas. No fue un cambio de tendencia. No era un punto y aparte. Era el comienzo del Libro Dorado. Cuando Mauro Silva y Bebeto aterrizan en tierras gallegas, el Deportivo acababa de sortear evitando el descenso una recordada promoción ante el Betis. Un año después de su llegada, el Dépor cerraba el año como indiscutible equipo revelación de la temporada tras concluir tercero, solo por detrás del Barça y del Madrid. A cuatro puntos del campeón. Bebeto se hartó a meter goles. Veintinueve. A Mauro Silva, me dijo mi abuelo, una vez le quitaron un balón. Incluso me decía que una vez perdió la posición. Y que un día metió un gol. Pero no termino de creérmelo.

En los meses estivales de 1993, el fax de Plaza de Pontevedra no dejó de funcionar. De España, Inglaterra, Portugal, Francia e Italia. Llegaron ofertas de todos los lados. “¿Quién es ese Bebeto y por qué no me lo has traído? ¿Qué coño hiciste en tu último viaje a Brasil que no viste a Mauro Silva?”, eran las preguntas de moda de los presidentes de los grandes equipos del fútbol europeo a sus ojeadores. Pero de aquellas no existía YouTube. Lendoiro se cansó de decir que no. Ni miraba los ceros de la oferta. Ni se planteaba la opción de pasar el resto de su vida preguntándose qué hubiese pasado si no los hubiese dejado marchar. Bebeto y Mauro Silva tampoco presionaron. Lo suyo con la grada de Riazor fue mucho más que un flechazo.

No hace falta describir todo lo que ocurrió a partir de ahí. Cualquier deportivista se lo sabe de memoria. No es preciso recordar que en la segunda temporada, el Dépor estuvo a once metros y once maletines que descendieron por el Mediterráneo de ganar la Liga. No hay necesidad de decir que en el tercer año de Mauro Silva y Bebeto en A Coruña, el Dépor conquistó su primer título, la Copa. Ni tengo ganas de recordar que al final de la cuarta, Bebeto decidió marcharse. ¡Qué pena! Pero el mandamás herculino ya había encontrado su camino hacia el éxito. Brasil.

No tardaron mucho tiempo en llegar otras joyas del país del Orden y Progreso. El orden siempre lo aportó Mauro Silva. Durante quince años de servicio ininterrumpido. También sería de justicia mencionar a Donato. El progreso procedía del salto cualitativo que suponía a un equipo el disponer de un atacante de primerísimo nivel mundial, como Bebeto. O como Rivaldo, un poquito más tarde. En este caso, Lendoiro cometió un error que nunca volvería a cometer. La cláusula de rescisión. Después llegó Djalminha y convirtió Riazor en un circo donde todo podía ocurrir. Flavio Conceiçao, Luizao, incluso hasta Renaldo. Y más.

Pero no se cerró Lendoiro en Brasil y también exploró Argentina. Había algo en el carácter de los albicelestes que podía enganchar con la hinchada herculina. Leo Scaloni fue el máximo exponente, pero no el único. Duscher, Schürrer y, por supuesto, Óscar Flores. Cerca de Argentina, y con una filosofía similar, está Uruguay. De allí llegó Walter Pandiani. También Gustavo Munúa y el ‘Loco’ Abreu. En cada épica herculina, hay algún argentino o uruguayo por medio. Desde el gol con los ojos cerrados de Scaloni hasta la remontada al PSG basada en la raza del ‘Rifle’. Y qué decir de los derbis del ‘Turu’. Nadie como un argentino o uruguayo para encender a una afición.

Y pasó el tiempo, cambiaron las guerras y el dinero se acabó. Pero el club trató de mantener la filosofía y su fructífero enlace con los terrenos americanos. Llegaron Coloccini, primero, y Diego Colotto, después, para liderar la zaga. Y Filipe, para cabalgar la banda izquierda con la clase que solo tienen los brasileños. También Juca, para que la afición volviese a ver a un jugador de ese país con el número 6 en la espalda. Un poquito más arriba, pero también en ese continente, Lendoiro fue a buscar a un jugador sobre el que construir un nuevo proyecto: el mexicano Andrés Guardado.

En verano de 2012, veinte años después de que Mauro Silva y Bebeto aterrizasen en Riazor y cambiasen nuestra historia, parece que el vínculo se termina. Cuatro futbolistas americanos -aunque ya ninguno brasileño- formaron parte de la plantilla que esta recién finalizada campaña consiguieron devolver al Deportivo a la máxima categoría del fútbol nacional. El referente de la zaga, Diego Colotto, ya se ha despedido, una vez logrado el objetivo, para jugar en el Espanyol. Finaliza contrato. El estilete ofensivo más importante, Andrés Guardado, ya dejó claro en la mitad de la temporada que no tenía pensado seguir. Subió al equipo y se despidió. También acababa su vinculación con el Dépor. Lo mismo ocurre con Germán Lux y Claudio Morel, que no tienen previsto renovar su contrato. Adiós, América. Ha sido un placer.

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